No puedo quedarme callado ante el espectáculo tragicómico que representa este “complejo de soberanía nacional”, es un fantasma ideológico que se agita en discursos inflamados, como si fuera el último bastión contra un mundo hostil, pero en realidad no es más que un grillete que nos ata al subdesarrollo, disfrazado de orgullo patrio, ¿soberanía?, la verdadera soberanía se mide en la capacidad de nuestras familias para prosperar, en la seguridad de nuestras comunidades y en la libertad responsable que permite a cada mexicano forjar su destino con dignidad, este complejo absurdo nos ha costado caro: oportunidades perdidas, empleos evaporados y un futuro hipotecado por dogmas obsoletos, hoy dedico estas letras de verdades incómodas, desmantelando este mito con argumentos irrefutables, datos frescos que duelen por su crudeza y una visión inspirada en nuestros héroes fundadores, como Agustín de Iturbide, quien nos enseñó que la unión y la apertura son las verdaderas armas de una nación fuerte, defiendo un conservadurismo genuino que pone a la familia en el centro, protege la vida en todas sus etapas y fomenta un orden social donde la prosperidad sea para todos, no para unos pocos ideólogos, amo México y su CDMX con pasión, por eso, exijo que rompamos estas cadenas y construyamos un mañana sólido, sin excusas ni complejos.
Este complejo no es solo un error intelectual, es una traición a las aspiraciones de millones de familias mexicanas que luchan día a día por un techo digno, educación de calidad y empleos que honren su esfuerzo, en un país donde el agua se convierte en lujo en barrios como Iztapalapa, ¿cómo podemos permitir que narrativas vacías nos alejen de alianzas que podrían resolver crisis reales?, ironía pura: clamamos soberanía mientras dependemos de importaciones para lo básico y rechazamos inversiones que generarían riqueza local, los hechos gritan: nuestro PIB crecerá apenas un 0.7% en 2025 según proyecciones de analistas económicos, cifras que palidecen ante el potencial si abrazáramos la interdependencia responsable, ¿absurdo?, absolutamente, cuando naciones vecinas prosperan sin tales neurosis, reflexionemos juntos, con respeto y firmeza, porque el diálogo plural es el camino, pero sin ceder en principios que nos unen como pueblo.
Para desentrañar este absurdo, volvamos a nuestras raíces, esas que forjaron México no como una isla aislada, sino como una nación destinada a brillar en el concierto global, la independencia no fue un cierre de puertas, fue una apertura a la libertad responsable, Agustín de Iturbide, el consumador de nuestra libertad en 1821, encarna esta visión equilibrada y visionaria, en el Plan de Iguala, proclamado el 24 de febrero de ese año, Iturbide no dibujó un México receloso y atrincherado, al contrario, propuso una soberanía que se nutriera de unión interna y puentes externos, sus “Tres Garantías” –independencia de España, unión entre todos los habitantes sin distinción de origen y la preservación de valores morales como pilar– eran un llamado a la reconciliación que evitara divisiones y fomentara el progreso compartido.
Imaginemos el caos de aquella época: una década de guerras devastadoras, con el país desangrándose por facciones, Iturbide, con astucia y coraje, unió a insurgentes como Vicente Guerrero y a realistas moderados bajo un proyecto común, no era un aislacionista, su plan contemplaba incluso una monarquía constitucional, reconociendo que la estabilidad podía beneficiarse de alianzas externas sin perder el control, esto reflejaba un pragmatismo profundo: soberanía no como muro, sino como base para interacciones que fortalecieran a las familias mexicanas, historiadores destacan cómo Iturbide priorizó la igualdad –criollos, mestizos, indígenas y peninsulares en pie de igualdad–, promoviendo una economía inclusiva que no rechazara el mundo, su imperio fue breve, derrocado por intrigas, pero su legado vive en el Acta de Independencia y en nuestra Bandera, símbolos de unión y apertura.
Contrasten esto con el complejo contemporáneo: hoy, invocamos “soberanía” para oponernos a tratados o inversiones, ignorando que Iturbide nos legó una lección de integración responsable, en el siglo XX, la Revolución Mexicana –con sus nobles ideales de justicia– derivó en un nacionalismo rígido bajo regímenes que usaron la soberanía como excusa para monopolios ineficientes, la expropiación petrolera de 1938 por Lázaro Cárdenas fue un acto valiente, pero se petrificó en dogma que rechaza colaboraciones beneficiosas, Pemex, ese ícono “soberano”, arrastra hoy una deuda financiera colosal, más un pasivo laboral abrumador y se proyecta un déficit neto significativo para los próximos años, ¿soberanía?, es como un padre que presume autosuficiencia pero endeuda a sus hijos por generaciones, naciones como Noruega han prosperado aliándose con multinacionales para tecnología de punta, mientras nosotros nos hundimos en burocracia.
En la CDMX, cuna de nuestra identidad –con la l templo mayor recordándonos sabiduría ancestral y sus avenidas modernas pulsando innovación–, este complejo se siente en crisis como la del agua, a pesar de lluvias intensas que marcan récords en décadas, colonias en Álvaro Obregón protestan por desabasto crónico, bloqueando calles por agua que llega sucia o intermitente, el Sistema Cutzamala colapsa no por invasores extranjeros, sino por rechazo ideológico a inversiones en desalinización o infraestructura verde, Iturbide nos recordaría: unión para el bien común, no aislamiento que condena a familias a la precariedad, ¿cuánto más toleraremos este absurdo histórico?
Pasemos a lo económico, donde el complejo revela su hipocresía más cruda, como un boxeador que rehúsa entrenar con rivales por “orgullo” pero pierde por falta de preparación, predicamos soberanía mientras importamos el 90% de electrónicos y dependemos de insumos extranjeros para medicinas esenciales, los números no mienten: nuestras exportaciones totales muestran crecimiento modesto, mayormente gracias al USMCA, ese tratado tildado de “traición” por nacionalistas, proyecciones indican un aumento en exportaciones, pero ¿cuánto más si superáramos el complejo y profundizáramos acuerdos con Europa o Asia?
La inversión extranjera directa es otro golpe: captamos cifras récord, consolidando una tendencia alcista con incrementos notables en los primeros seis meses, esto genera empleos y tecnología, pero el complejo ideológico lo ve como amenaza, ahuyentando oportunidades en sectores clave, en energía renovable, mi pasión como empresario, México tiene un potencial solar envidiable –el desierto de Sonora podría abastecer al país–, pero rechazamos alianzas por “soberanía energética”, Chile atrae miles de millones para eólicos, nosotros, con solo un 2% de matriz eólica, nos rezagamos mientras usamos tech china en turbinas “nacionales”, ironía: dependemos de lo extranjero mientras lo demonizamos.
En la CDMX, esto se traduce en caos: contaminación asfixiante y un metro colapsado que podría modernizarse con inversión global, propongo una economía circular inclusiva: reciclar agua con tech avanzada, fomentando emprendedores locales que se asocien con capital externo bajo reglas claras, eso es soberanía responsable –proteger familias con prosperidad real, no con discursos vacíos.
El daño no se detiene en lo económico, penetra en lo social, donde familias –el corazón de nuestra sociedad– pagan el precio más alto, este complejo perpetúa desigualdad al bloquear empleos de calidad: el sector maquilador, criticado como “explotador”, eleva salarios 30% sobre el mínimo, sacando millones de la pobreza, ¿rechazarlo por soberanía?, absurdo, cuando datos muestran informalidad rampante en la economía.
En temas de vida y dignidad, el complejo ignora la interdependencia: en la pandemia, retrasamos vacunas por orgullo, costando vidas preciosas, hoy, en seguridad, clamamos soberanía pero dependemos de tech estadounidense para drones, un conservadurismo auténtico defiende autodefensa proporcional con capacitación, protegiendo comunidades sin aislamiento.
La CDMX ejemplifica esto: gentrificación no por extranjeros, sino por políticas internas fallidas, en Xochimilco, chinampas ancestrales podrían adaptarse a hidroponía moderna con know-how global, preservando sabiduría indígena mientras generan empleos, pero el complejo bloquea, condenando a familias a precariedad, en agua, el “Día Cero” acecha en años cercanos, con fugas perdiendo la mitad del recurso, ¿soberanía?, es negligencia que atenta contra la vida.
Políticamente, este complejo es un arma para dividir, no unir, algunos sectores de la derecha mexicana, con incoherencia, diluyen valores tradicionales al ceder a narrativas tibias por votos, proponiendo “soberanía” sin sustancia, no necesitamos eso, México merece un proyecto con raíces profundas que defienda familias y orden social, Morena eleva el complejo a dogma, con reformas que ahuyentan inversión y amagan expropiaciones.
En redes, voces denuncian intervenciones, pero México responde con firmeza, defendiendo soberanía real sin aislamiento.
Basta de lamentos, hora de acción, primero, reformar la Constitución para inversión extranjera en agua y energía con mayoría mexicana, segundo, educación dual para jóvenes, tercero, economía circular: reciclaje en capital con tech global, en seguridad, inteligencia compartida con ejecución soberana, para familias, subsidios a exportadores, la CDMX como hub verde, atrayendo startups sin vender identidad.
Este complejo es un yugo absurdo que nos roba futuro, sigamos a Iturbide: unión y apertura para prosperidad, amo México y hermosa y bella Ciudad de México, construyamos un legado sólido para generaciones, los hechos demandan cambio, actuemos con responsabilidad.
