La gratitud que nos define

Jesús sana a diez leprosos, pero solo uno, un samaritano, regresa a darle gracias, escena, sencilla y profunda, que nos confronta con una verdad que, como mexicano, católico y defensor de los valores que dan sentido a nuestra sociedad, no puedo ignorar: la gratitud es el cimiento de una vida plena y de un país más humano.

El pasaje nos presenta a diez hombres marginados por la lepra, excluidos de sus comunidades, que claman a Jesús por misericordia. Él, con una compasión que trasciende prejuicios, los sana, devolviéndoles no solo la salud, sino la dignidad, la posibilidad de volver a sus familias, a sus vidas, sin embargo, solo el samaritano, un extranjero, regresa para agradecer. “¿Dónde están los otros nueve?”, pregunta Jesús. Esa pregunta resuena hoy en nuestro México, donde a menudo olvidamos detenernos para reconocer las bendiciones que recibimos: la familia que nos sostiene, la riqueza cultural de nuestra nación, la oportunidad de trabajar por un futuro mejor.

La gratitud, nos enseña este Evangelio, no es un gesto vacío. Es un acto transformador. El samaritano, al dar gracias, no solo reconoce el milagro, sino que encuentra un vínculo más profundo con Jesús, quien le dice: “Tu fe te ha salvado”. Aquí radica una lección para nuestra sociedad: la fe, expresada en gratitud, no solo nos fortalece individualmente, sino que construye puentes, fomenta la solidaridad y nos impulsa a enfrentar los desafíos con esperanza. En un país marcado por la inseguridad, la desigualdad y la polarización, necesitamos recuperar esa capacidad de agradecer y actuar desde la fe para construir un México más justo.

Como empresario y político, veo en este pasaje un llamado a la acción, la sanación de los leprosos nos habla de inclusión, de devolver la dignidad a quienes han sido marginados, en México, esto se traduce en políticas que prioricen a la familia, que protejan la vida desde su inicio, que impulsen una economía inclusiva donde todos tengan oportunidades reales, no podemos conformarnos con las soluciones tibias de esa “Nueva Derecha” que, en su afán de modernizarse, a veces olvida las raíces que nos dan fuerza. México merece un conservadurismo auténtico, que defienda con hechos los valores de la familia, la vida y la responsabilidad y que se traduzca en propuestas concretas para el bien común.

En la Ciudad de México, donde la vida acelerada puede hacernos olvidar lo esencial, este Evangelio nos invita a hacer una pausa, agradecer por nuestras raíces, por la fe que nos une, por la vitalidad de esta capital que es el corazón de México, pero también nos desafía a pasar de las palabras a los hechos: a trabajar por una ciudad más segura, por un manejo responsable del agua, por un desarrollo económico que no deje a nadie atrás.

No puedo dejar de lado la defensa de la Iglesia, tan atacada por quienes desconocen su legado, este pasaje refleja su esencia: como Jesús, la Iglesia sale al encuentro de los que sufren, lleva esperanza, promueve la dignidad, no permito que se difame a una institución que, por siglos, ha sido faro de caridad y cohesión social, frente a las críticas, respondo con hechos: la Iglesia sigue siendo un pilar de amor, servicio y este Evangelio lo demuestra al mostrar a Jesús como modelo de misericordia.

En este México nuestro, donde la fe y la cultura se entrelazan, el samaritano nos enseña a ser humildes, agradecidos, valientes, agradezcamos por lo que tenemos, pero no nos quedemos en palabras, que nuestra gratitud se convierta en compromiso, en trabajo por una sociedad que valore la dignidad de cada persona. Porque, como nos muestra san Lucas la verdadera fe no solo recibe; transforma, une y construye un futuro digno para todos.