No puedo evitar una risa sarcástica sobre el tema del Premio Nobel de la Paz, lo que Alfred Nobel soñó como un faro de esperanza para los que forjan la hermandad entre pueblos, apagan conflictos y siembran reconciliación se ha convertido en un circo de vanidades, un trofeo que premia egos en lugar de hechos concretos, este 2025, otorgar este galardón a quien sea –da igual el nombre, como a María Corina Machado por su defensa de derechos democráticos en Venezuela– no es un reconocimiento, sino una descalificación egoísta que traiciona su esencia y el colmo del ridículo, el remate de la comedia, es ver a nominados y descartados enzarzados en pleitos de bajo nivel, disputándose quién “lo merece más” en un premio que ya perdió todo su brillo. ¡Qué farsa tan patética!
Su origen se remonta al testamento de Nobel en 1896, un industrial sueco atormentado por su legado como “mercader de la muerte” gracias a la dinamita, lego su fortuna para premios que beneficiaran a la humanidad, incluyendo la paz, influido tal vez por la activista Bertha von Suttner (galardonada en 1905), administrado por un comité noruego desde 1901, el premio –medalla, diploma y unos 11 millones de coronas suecas– ha recaído en 143 laureados hasta 2025, desde Frédéric Passy y Jean Henry Dunant en su estreno hasta figuras como Martin Luther King Jr. (1964), el Dalai Lama (1989) o Barack Obama (2009), se suspendió en guerras mundiales y hay omisiones escandalosas como la de Gandhi, su “mayor falla”.
Pero su carga política ha generado críticas por sesgos ideológicos, por ser prematuro o aspiracional, lejos de premios por logros palpables, ejemplos claros: Henry Kissinger y Lê Đức Thọ (1973), que provocó renuncias y burlas –Thọ lo rechazó–; Obama (2009), visto como un “premio de aliento” sin impacto duradero; Abiy Ahmed (2019), seguido de guerra en Etiopía; o la Unión Europea (2012), por diluir su valor, críticos como Michael Nobel y Christopher Hitchens argumentan que el comité desvía el testamento original, lo politiciza y carece de diversidad.
Esta evolución respalda la crítica inicial: Nobel imaginó un premio para reducir guerras, fomentar diálogos y exaltar la humanidad, sin embargo, el Comité Noruego, con su olfato para la pose, ha convertido esa visión en un desfile de modas ideológicas, cada año, las nominaciones parecen sacadas de redes sociales: figuras que en el mejor caso, son íconos vacíos de causas pasajeras y en el peor, promotores de divisiones disfrazados de salvadores. ¿Paz verdadera?, más bien un aplauso selectivo para quienes encajan en el molde progresista de Oslo, ignorando a los que construyen paz desde valores tradicionales –familia, comunidad, soberanía– que no dan likes y el toque final: nominados y no nominados se lanzan al ruedo, comparando méritos como en un reality show. “¡Yo hice más por la paz!”, claman unos. “¡Tú no mereces ni estar nominado!”, replican otros. ¿En serio?, un premio que debería unir termina en un circo donde los egos compiten por una medalla de cartón.
La paz auténtica se mide en comunidades seguras, familias que prosperan sin miedo, un mundo que respira orgullo en lugar de caos, el Nobel prefiere premiar a quienes, con sonrisas de portada, promueven agendas que a veces erosionan esos cimientos, es una burla: un galardón por la paz que aplaude a quienes siembran discordia cultural o imponen visiones ajenas a la realidad de las naciones y cuando nominados y rivales se pelean –“mi activismo es más puro”, “tú solo buscas reflectores”–, el Nobel se desnuda como lo que es: un club exclusivo que descalifica no solo a los que no encajan, sino también a los que, en su propio juego, se revuelcan en la envidia.
Hablo desde un conservadurismo firme, no el de una “nueva derecha” sin rumbo que se arrastra por aplausos en línea, de un conservadurismo que defiende la vida, la responsabilidad colectiva y una paz forjada con hechos: educación que forme valores, economías que empoderen sin destruir, seguridad nacida de comunidades fuertes, el Nobel podría inspirar si premiara a quienes enfrentan problemas reales –la violencia, la desigualdad– en lugar de ser un escenario para egos en disputa.
La ironía suprema es que el Nobel de la Paz, en su afán de ser “relevante”, se ha vuelto un chiste, no es un faro; es un espejo donde los egos de nominados y rivales se miran mientras se apuñalan por la espalda, quizás para salvarlo, que el comité abra las puertas a voces diversas, no solo a las que brillan en cenas de gala, hasta entonces, este premio no es un honor; es una farsa que se mofa de la humanidad que dice representar.
Los hechos, como siempre, gritan más que las nominaciones.
