Templos del Saber que Inspiran Nuestro Futuro
Queridos lectores, escribo estas líneas con el corazón encendido por una experiencia que me marcó profundamente: mi visita a la Sala Oval de la Biblioteca Richelieu en París. Como mexicano, empresario y defensor apasionado de la familia, la vida y el orden social que nos da raíces, ese lugar me maravilló no solo por su grandeza, sino por lo que representa: un faro de conocimiento que ilumina lo que podemos lograr en nuestra amada Ciudad de México y en todo el país. Pero esta reflexión no se queda en París; me lleva a mirar con orgullo las bibliotecas emblemáticas de México, verdaderos santuarios del saber que, como la Richelieu, nos recuerdan que el progreso verdadero se construye con paciencia, honrando nuestra herencia para fortalecer a nuestras comunidades. Permítanme unir estas historias en un solo canto de amor por el conocimiento y por nuestra tierra.
La Sala Oval de Richelieu: Una Maravilla que Me Habló al Alma
Cuando pisé la Sala Oval —43 metros de largo, 32 de ancho, con su cúpula de 18 metros que parece rozar el cielo—, sentí que el tiempo se detenía. La luz se filtraba por 16 óculos, bañando 20,000 volúmenes de arte, historia, teatro y hasta la mayor colección francesa de cómics (9,000 títulos desde 1830), un detalle que me arrancó una sonrisa por su capacidad de abrazar lo elevado y lo cotidiano. Las hojas de acanto doradas en el techo, los mosaicos, el silencio casi sagrado… todo me envolvió como un abrazo de la humanidad. Diseñada por Jean-Louis Pascal en 1897, inaugurada en 1936 por el presidente Albert Lebrun y renovada entre 2011 y 2022 por Bruno Gaudin y Virginie Bréal a un costo de 261 millones de euros, esta sala es un testimonio de paciencia y visión. Hoy, abierta a todos sin costo, me mostró que el conocimiento no es un lujo, sino un derecho que une, como la familia une un hogar.
La Biblioteca Richelieu, en el corazón del II arrondissement de París, es un palacio renacentista de 58,000 metros cuadrados que abarca siglos de historia. Nacida como el Hôtel Tubeuf del cardenal Mazarin en 1643, se convirtió en 1721 en la Bibliothèque du Roi, albergando 1,200 manuscritos desde la época de Carlos V. Sobrevivió la Revolución Francesa, creciendo a 300,000 volúmenes en 1795, y hoy, como parte de la Bibliothèque nationale de France (BnF), custodia colecciones únicas: desde la vajilla de plata de Berthouville hasta manuscritos reales, monedas, grabados y partituras. La Salle Labrouste (1860-1868), con su estructura de hierro y vidrio, y el jardín “Hortus Papyrifer” de Gilles Clément, con moreras y papiros, evocan la historia del saber. El Museo BnF, con 900 obras en rotación, y espacios como la Galería Mazarin, hacen de este lugar un modelo de cómo democratizar el conocimiento sin diluir su rigor.
Estar allí, rodeado de esa luz y esos libros, me robó el aliento. Fue la paz del lugar, sí, pero también la certeza de que el saber, bien custodiado, eleva la dignidad humana. Y aquí un toque de ironía: qué absurdo que algunos critiquen instituciones como la Iglesia —que, como la Richelieu, ha sido faro de valores por siglos— mientras ignoran espacios que custodian el alma del intelecto. No permito que se difame ese legado, porque es el mismo que defiendo cuando hablo de proteger la vida, la familia y el orden social.
Las Bibliotecas de México: Nuestros Propios Templos del Saber
Esa maravilla en París me llevó a mirar con nuevos ojos las bibliotecas emblemáticas de México, que no solo rivalizan en grandeza, sino que llevan en su esencia el alma de nuestra tierra. En Puebla, la Biblioteca Palafoxiana, fundada en 1646 por Juan de Palafox y Mendoza, es la primera biblioteca pública de América. Sus estanterías de madera tallada, bajo una fachada barroca, custodian más de 40,000 volúmenes, muchos del siglo XVI, reconocidos por la UNESCO como “Memoria del Mundo”. Caminar por ella es sentir el peso de nuestra historia novohispana, un recordatorio de que el saber fortalece a las familias y preserva nuestra identidad.
En la Ciudad de México, la Biblioteca Central de la UNAM, inaugurada en 1952 en Ciudad Universitaria, es un ícono patrimonial. El mosaico de Juan O’Gorman, el más grande del mundo con 1,400 paneles, narra nuestra historia desde Tláloc hasta la modernidad, mientras sus 500,000 volúmenes en 16,000 metros cuadrados son un refugio para los jóvenes que buscan innovar con raíces firmes. La Biblioteca José Vasconcelos, abierta en 2006 en el Centro Histórico, es otra joya: sus 35,000 metros cuadrados de vidrio y acero, con libreros suspendidos y un esqueleto de ballena, integran un jardín botánico que invita a la lectura inclusiva para casi 500,000 ejemplares y no olvidemos la Biblioteca de México en La Ciudadela, fundada por Benito Juárez en 1867, un antiguo palacio que hoy alberga 155,000 obras y fondos de intelectuales como Vasconcelos, renovada en 2011 como “Ciudad de los Libros”.
La Biblioteca Nacional de México, en el Centro Cultural Universitario de la UNAM desde 1979, custodia nuestro patrimonio bibliográfico con manuscritos coloniales y exposiciones que mantienen viva nuestra memoria. Y en Monterrey, la Biblioteca Central, inaugurada en 2007, con sus 24,000 metros cuadrados junto a un lago, es un hub de innovación que une el saber con el paisaje.
Un Llamado a Construir en México
La Sala Oval y estas bibliotecas mexicanas no son reliquias; son motores de nuestra identidad. En un mundo obsesionado con lo inmediato, nos enseñan que el progreso sostenible se siembra con paciencia, haciendo el conocimiento accesible sin perder su profundidad. En la CDMX, con sus mercados vibrantes y plazas llenas de vida, sueño con más espacios así: lugares donde las familias se reúnan, donde los jóvenes encuentren propósito y las madres inspiren a sus hijos. Como empresario que promueve economías inclusivas, veo en estas bibliotecas un modelo de cómo invertir en el bien común eleva a todos.
La Richelieu me robó el aliento, pero las bibliotecas de México me llenan de orgullo. Son templos donde el saber fortalece el orden social, como la familia fortalece el alma. Visítenlas, léanlas, defiéndanlas. Porque, como aprendí de mi familia y de esta tierra que amo, lo que vale no se improvisa; se forja con amor y esfuerzo. Que la Sala Oval y nuestras bibliotecas nos inspiren a edificar un México donde el conocimiento sea el cimiento de un futuro sólido, inclusivo y humano.
Con pasión por México y gratitud por estas maravillas.
