Subo las escaleras Daru del Louvre con el corazón latiendo con fuerza, cada peldaño un paso hacia un encuentro que he imaginado desde que era joven, un sueño que lleva el peso de mi amor por el arte, por la historia, por la grandeza humana, al llegar a la cima, la Victoria de Samotracia se alza ante mí, majestuosa, con sus alas de mármol desplegadas como si aún desafiara los vientos del Egeo, su túnica, esculpida con una precisión que parece desafiar las leyes del tiempo, vibra con un movimiento que me roba el aliento, su presencia es un golpe al alma, una belleza que me detiene en seco, estoy solo, a pesar de las centenas de personas que me rodean, sus voces, sus cámaras, sus pasos apresurados se desvanecen en un silencio interior que me envuelve, siento que la Niké me habla, no solo de triunfo, sino de los sacrificios que lo forjan, en mi mente su imagen se entrelaza con la de nuestra Victoria alada, la figura dorada que corona la columna de la Independencia, ambas creadas para honrar victorias y recordar las luchas que las hicieron posibles, ambas un testimonio del espíritu humano que se eleva a través del sacrificio.
La Victoria de Samotracia, creada en el siglo II a.C., es una obra maestra del arte helenístico, un monumento erigido para celebrar una victoria naval, probablemente en Rodas, en honor a un pueblo que conquistó los mares contra todo pronóstico, Niké, la diosa alada del triunfo, se alza con una presencia que trasciende su mármol roto, sus alas, aunque quebradas por el paso de los siglos, parecen listas para alzar el vuelo, su túnica, adherida a su cuerpo como si el viento la esculpiera en este preciso instante, captura un momento de eternidad, esta escultura no solo exalta la gloria de una batalla ganada, sino que rinde homenaje a los sacrificios de quienes la hicieron posible: marineros que enfrentaron tormentas implacables, guerreros que dieron su vida por su pueblo, familias que cargaron con el peso de la pérdida, cada pliegue de su ropaje, cada curva de su figura, cuenta una historia de lucha, de esfuerzo colectivo, de un ideal que costó sangre y coraje.
Aquí, en el Louvre, rodeado de un bullicio que no logra alcanzarme, la Niké me envuelve en una soledad profunda, no es tristeza, sino un silencio sagrado que me permite contemplarla, su dinamismo, esa sensación de que está descendiendo de los cielos o enfrentando un vendaval invisible, me llena de asombro, es como si los griegos hubieran capturado el alma misma del triunfo, no como un trofeo vacío, sino como el fruto de un sacrificio inmenso, de una entrega total, pienso en los valores que guían mi vida: la familia como el núcleo de la sociedad, la vida como un don innegociable, la libertad como una responsabilidad que nos une, la Niké parece resonar con estos principios, recordándome que la victoria verdadera no es un fin en sí mismo, sino un reflejo del compromiso, de la lucha, del amor por algo más grande que uno mismo, en su presencia, siento el peso de la historia, pero también la ligereza de la esperanza, como si la Niké me invitara a mirar más allá, a soñar con un mundo donde el sacrificio siempre lleve a la redención.
En mi corazón, la Niké se encuentra con nuestra Victoria alada, la figura dorada que brilla en el corazón de la Ciudad de México, inaugurada en 1910 para conmemorar el Centenario de la Independencia, esta escultura fue creada para honrar la victoria de un pueblo que rompió las cadenas del dominio, pero como Niké, no solo celebra el triunfo, es un testimonio de los sacrificios de quienes lo hicieron posible: los hombres y mujeres que con su lucha y entrega, forjaron la libertad de México, aquellos que dejaron sus hogares, sus familias, sus vidas, para construir un país soberano, su corona de laurel, su postura sólida aunque alada, evocan la fuerza de una nación que pagó un precio alto por su independencia, una nación que a través del sacrificio, encontró su voz.
La Victoria alada no vive confinada en un museo, está viva en las calles de la CDMX, mi ciudad, donde la historia se encuentra con la modernidad vibrante de un pueblo que no se rinde, cada vez que paso por el Paseo de la Reforma, su brillo dorado ilumina mi camino, recordándome que nuestra independencia no fue un regalo, sino un logro conquistado con el sacrificio de generaciones, nuestra Victoria honra a quienes dieron todo por un ideal, pero lo hace con un arraigo profundo en nuestra identidad mexicana, en nuestro amor por la familia, por la comunidad, por una tierra que sigue buscando su grandeza, en su presencia, siento el pulso de la CDMX, una ciudad que es el corazón cultural y espiritual de México, un lugar donde el pasado y el futuro se abrazan, donde cada lucha, cada sacrificio, se convierte en un paso hacia un mañana mejor.
Ambas esculturas, son monumentos al triunfo y al sacrificio, la Victoria de Samotracia, con su movimiento etéreo, canta la gloria de un pueblo antiguo que desafió los mares y conquistó la victoria a un costo inmenso, sus alas rotas, su túnica ondeante, son un grito de triunfo, pero también un lamento por los caídos, por los que dieron todo, nuestra Victoria alada, con su solidez terrenal, proclama el triunfo de un México que se alzó contra la opresión, pagando con el sacrificio de sus hijos el precio de la libertad, su brillo dorado, su corona de laurel, son un homenaje a los que lucharon, a los que cayeron, a los que soñaron con un país libre, ambas fueron creadas para inmortalizar no solo el momento del triunfo, sino las luchas que lo precedieron, Niké me conmueve por su universalidad, por su capacidad de hablar a toda la humanidad, nuestra Victoria me llena de orgullo por su particularidad, por ser un reflejo de nuestra historia, de nuestra resiliencia.
Niké, con su presencia celestial, parece susurrar que el triunfo es un ideal que trasciende el tiempo, que conecta a todos los pueblos que han luchado por algo mayor, nuestra Victoria alada, anclada en el corazón de la CDMX, me recuerda que el triunfo es también un compromiso con el presente, con un México que debe seguir luchando por la dignidad, por la familia, por un orden social que nos una, ambas esculturas, aunque separadas por siglos y océanos, comparten un mismo espíritu: el de honrar no solo la victoria, sino el sacrificio que la hace posible, en Niké veo la grandeza de la humanidad, en nuestra Victoria veo la grandeza de México y en ambas veo un llamado a no olvidar que el triunfo verdadero siempre lleva el peso de la lucha.
Esta soledad que siento frente a Niké no es vacío, sino un espacio de introspección, en medio del bullicio del Louvre, estoy solo con ella y su presencia me conecta con la humanidad, pero también con mi México, la Victoria de Samotracia me recuerda que las victorias, sean griegas o mexicanas, nacen del sacrificio, de la lucha incansable por un ideal, me inspira a volver a la CDMX con un compromiso renovado: trabajar por un México que honre a quienes dieron todo por nuestra libertad, que defienda la dignidad de cada persona, que construya un futuro donde los valores tradicionales sean la brújula, Niké me ha regalado un momento de eternidad, un instante en el que siento el peso y la belleza de la historia humana, la Victoria alada me espera en casa para recordarme que nuestro triunfo es un legado que debemos proteger, que nuestra lucha no termina, que nuestro amor por México debe ser tan sólido como nuestro “ángel dorado”
