¿Informalidad o Ilegalidad?

En la vasta y tumultuosa jungla urbana de la Ciudad de México, la lucha cotidiana por la subsistencia se convierte en una batalla ardua para millones de personas que, por diversas circunstancias, ven la informalidad como su única opción. Con más del 52% de la población económicamente activa atrapada en esta situación, no se trata solo de un número en un informe; es una manifestación palpable de familias que diariamente se desvelan, buscando sobrevivir en un sistema que, a menudo, parece estar diseñado para mantenerles en la sombra.
Para muchos, el changarro en la banqueta se transforma en su única vía para ganarse la vida. Aquí, los aromas de los tacos al pastor se mezclan con las fragancias de las carnitas, tortas, jugos, ropa y una plétora de artículos que abarcan desde enseres domésticos hasta accesorios para celulares. Cada puesto es un reflejo de esfuerzo y creatividad en medio de un entorno altamente adverso. Sin embargo, esta informalidad, lejos de ser una solución sencilla, es un complejo entramado de problemas que se entrelazan.
Uno de los problemas más graves es la competencia desleal. Los espacios ocupados por vendedores informales suelen estar frente a negocios establecidos que hacen frente a obligaciones fiscales, como pagar impuestos, rentas, luz y sueldos. Esto crea una dinámica perjudicial para las empresas que operan “en regla”, mientras que quienes venden de manera informal, en muchas ocasiones, no contribuyen al sistema fiscal ni cumplen con las normativas. Esta competencia desigual no solo afecta las finanzas de los negocios formales, sino que también desvirtúa el valor del trabajo honesto, alimentando un ciclo de resentimiento y frustración entre quienes intentan cumplir con todas las exigencias de la ley.
La insalubridad es otro enemigo que acecha a quienes viven y trabajan en esta realidad. Las calles, a menudo colmadas de basura y desechos, se convierten en espacios donde las condiciones de vida son críticas. La falta de servicios básicos, sumada a la saturación del espacio público, crea un ambiente social y de salud que resulta insostenible. En este contexto, la apropiación de áreas comunes se transforma en un problema aún más acuciante. Las banquetas deberían ser espacios de tránsito, pero muchas veces se convierten en terrenos de disputa donde la competencia por un lugar se intensifica, provocando tensiones no solo entre los vendedores, sino también entre ellos y la comunidad.
El efecto de la informalidad se siente como un cáncer que afecta la economía y el tejido social de millones de chilangos. Operar en la sombra significa que las contribuciones de estos trabajadores tan dedicados, a menudo, pasan desapercibidas. Sin embargo, el problema no termina ahí; la corrupción se infiltra en el sistema. Las Alcaldías y la policía, en muchas ocasiones, actúan como cómplices de la inestabilidad. Grandes “dueños” de puntos estratégicos utilizan sus conexiones para exigir cuotas a vendedores, aumentando la carga de quienes solo buscan un lugar para trabajar y sobrevivir. Esta corrupción no solo despoja a la gente de sus derechos, sino que también deslegitima sus esfuerzos.
A medida que se profundiza la crisis, la criminalidad comienza a aprovechar el caos. La informalidad se vuelve terreno fértil para el delito, y en este panorama, quienes operan sin regulaciones son especialmente vulnerables a la extorsión. Delincuentes aprovechan la falta de supervisión y protección, creando un ambiente donde el miedo es la norma, y no la excepción. Los líderes de algunos grupos de vendedores, lejos de proteger a sus agremiados, a menudo recurren a tácticas de intimidación y violencia para imponer un orden que debería ser respaldado por la ley. En lugar de trabajar en colaboración, estos líderes se convierten en figuras autoritarias que utilizan el miedo como herramienta de control, perpetuando el ciclo de abuso y explotación que muchos buscan erradicar.
Mientras tanto, en tiempos electorales, muchos políticos ven en este contexto una oportunidad para manipular a la gente. A través de la otorgación de dádivas y promesas vacías a líderes de barrio o grupos de vendedores, intentan ganar simpatías, alimentando un sistema que perpetúa la dependencia y el clientelismo. La estrategia se convierte en una práctica deshonrosa que se aprovecha de la vulnerabilidad de la comunidad en lugar de empoderarla. Una vez más, los verdaderos beneficiarios de esta manipulación son los mismos políticos, que, a expensas de las necesidades de su base electoral, buscan su propio beneficio.
La falta de organización y la manipulación política propician un ciclo que desvirtúa cualquier posibilidad de cambio positivo. En lugar de ver a su vecino como un aliado en la lucha por condiciones de trabajo dignas, los vendedores se ven atrapados en un sistema de opresión que les obliga a luchar entre ellos. En este ambiente de competencia desmedida, la solidaridad y la cooperación suelen quedar relegadas, dando paso a una mentalidad de supervivencia que socava el tejido social.
Esto transforma las calles de la CDMX en un espacio donde la comunidad, en lugar de unirse por causa común, se fragmenta. Las banquetas, que deberían ser refugios de encuentro y convivialidad, se convierten en campos de batalla donde los intereses individuales superan la posibilidad de construir algo mayor. En este contexto, la voz de la comunidad se vuelve una murmullo ahogado por la cacofonía de la lucha diaria, donde la dignidad se convierte en un lujo que pocos pueden permitirse.
Frente a esta dura realidad, es imperativo que tomemos acción. La informalidad, la violencia y la corrupción no pueden seguir definiendo nuestras vidas y nuestras comunidades. Es hora de alzar la voz, de unir esfuerzos, y de comprometernos a transformar nuestro entorno. La CDMX tiene un potencial inmenso, y es necesario que cada uno de nosotros tenga un lugar en esta historia. Debemos demandar un futuro donde la informalidad no sea la norma, donde cada vendedor en la banqueta pueda formalizar su negocio y ser parte de un sistema que los valore y respete.
Hagamos un llamado a nuestros vecinos y compañeros: no más injusticias, no más manipulación ni corrupción que se aproveche de nuestra vulnerabilidad. La dignidad y el respeto que todos merecemos deben prevalecer en cada rincón de nuestra ciudad. La lucha por nuestros derechos es un camino que necesitamos recorrer juntos, donde la CDMX no sea solo un lugar para sobrevivir, sino un lugar donde todos tengan la oportunidad de prosperar.
Así que, carnal, llegó el momento de decir basta. Cada paso que demos hacia adelante es un paso hacia la dignidad y el respeto que cada uno merece. La ciudad es nuestra, y es tiempo de que la reclamemos, no solo para nosotros, sino para las futuras generaciones que merecen vivir en un ambiente justo, seguro y equitativo. La dignidad que anhelamos debe ser el empuje que nos guíe hacia un cambio significativo, donde cada uno pueda vivir y trabajar en paz, sin miedo y con esperanza. ¡Es tiempo de hacer del cambio una realidad liberadora y transformadora!