Humildad y Servicio

Reflexión para Políticos Católicos desde el Corazón de México

Profundamente enamorado de esta Ciudad de México, con su vibrante historia, sus calles llenas de vida, sus mercados rebosantes de colores, aromas y su pueblo resiliente que lucha día a día por un futuro digno, encuentro en el Evangelio de San Lucas 17, 5-10 una lección poderosa, una luz que ilumina el camino para quienes, como yo, abrazamos el servicio público desde una perspectiva católica y conservadora, comprometida con los valores que han dado forma a nuestra nación, loa apóstoles, con una súplica sincera, le dicen al Señor: “Auméntanos la fe”, y Él, con una imagen tan sencilla como profunda, les habla de una semilla de mostaza capaz de mover montañas, para luego ofrecerles la parábola del siervo que, tras un día agotador de trabajo, no busca alabanzas ni recompensas, sino que con humildad radical, declara: “No somos más que siervos, sólo hemos hecho lo que teníamos que hacer”. frase cargada de verdad, que es un llamado directo a los politicos católicos, una invitación a despojarse de vanidades y reconocer que su papel no es el de protagonistas estelares, sino el de servidores humildes al servicio del bien común, de las familias mexicanas, de la vida misma.

En México, un país donde la política a menudo se transforma en un espectáculo de promesas vacías y egos inflados, estas palabras resuenan con una fuerza casi profética, especialmente en esta capital que palpita con el alma de millones de personas, desde los barrios de Iztapalapa hasta las calles empedradas de Coyoacán, es francamente irónico y a veces hasta indignante, observar a ciertos líderes que celebran como hazañas lo que no es más que su obligación básica: garantizar seguridad en nuestras colonias, construir infraestructura que facilite la vida diaria, promover una economía inclusiva que dé oportunidades a los emprendedores que con esfuerzo, sostienen el tejido económico de México. ¿Acaso no es una contradicción que se busque aplauso por cumplir con el deber? Me detengo especialmente en esa “nueva derecha” que, por tibieza o falta de claridad, diluye los valores tradicionales que nos han sostenido por generaciones, como la defensa inquebrantable de la vida desde la concepción, el fortalecimiento de la familia como cimiento de la sociedad o la promoción de una libertad responsable que no caiga en el caos, México no necesita una derecha que se doblega ante modas extranjeras, que copia modelos desarraigados de nuestra identidad cultural, nuestro amor por la comunidad, nuestra historia mestiza, nuestro sentido de solidaridad, México merece un conservadurismo auténtico, con raíces profundas en lo que somos, un proyecto que inspire, movilice y defienda a las familias sin ceder en principios esenciales.

Para los políticos católicos, este Evangelio es más que una reflexión espiritual, es un mandato ético, un recordatorio de que no somos dueños del poder, sino administradores temporales al servicio de un pueblo que anhela justicia, prosperidad, esperanza, cuando impulsamos políticas que protegen a las madres y a los no nacidos, cuando trabajamos por una economía circular que empodere a los pequeños empresarios de Tlalpan o Xochimilco, cuando abogamos por una educación que forme ciudadanos íntegros y no solo mano de obra, no lo hacemos por votos, redes sociales o titulares, lo hacemos porque es lo que se espera de nosotros, porque es nuestro deber como siervos de la sociedad, imaginen una Ciudad de México donde los líderes, inspirados por esta humildad, enfrenten con valentía y creatividad los retos que nos aquejan: la crisis del agua, que exige soluciones sostenibles basadas en la sabiduría ancestral de nuestros pueblos y en tecnologías modernas, la inseguridad, que requiere políticas de autodefensa proporcional con capacitación y responsabilidad, no caos, el desarrollo económico, que debe ser inclusivo, priorizando a quienes más lo necesitan, desde los vendedores ambulantes hasta los emprendedores que sueñan con crecer, estas no son hazañas dignas de medallas, son simplemente las tareas que han sido encomendadas, lo que se debe de hacer.

En esta capital, corazón cultural y económico de México, donde cada esquina cuenta una historia de lucha y resistencia, los políticos deben reconocerse como siervos al servicio de un propósito mayor, uno que trasciende ambiciones personales, la verdad no necesita discursos grandilocuentes, los hechos, los números, el impacto tangible en la vida de las personas hablan por sí mismos, cuando defendemos la vida en todas sus etapas, cuando promovemos un orden social que fomente la justicia y la cohesión, cuando luchamos por una libertad que respete la dignidad de cada mexicano, no hacemos más que cumplir con nuestra vocación de servicio y en esa humildad, en esa entrega silenciosa, encontramos la fuerza para mover las montañas que aún nos separan de un México más justo, más próspero, más unido.

Por eso, desde el amor profundo que siento por México y su capital, invito a los políticos en funciones o no a un diálogo plural, honesto, donde las ideas se debatan con respeto, pero donde los principios no se negocien, la grandeza de un líder no está en los reflectores, sino en la discreción del deber cumplido, en saber que, como dice el Evangelio, “no somos más que siervos, sólo hemos hecho lo que teníamos que hacer”.

Que esta convicción nos inspire a construir un proyecto político que, desde el corazón de la Ciudad de México, defienda la familia como pilar, proteja la vida desde su inicio, fomente una libertad responsable y honre nuestra identidad cultural, servir no es un privilegio, es nuestra responsabilidad, nuestro llamado, nuestra vocación.