Entre el Diálogo y la Preservación de la Identidad

La Promoción del Islam en Espacios Públicos de Europa

Desde mi perspectiva como empresario, político y mexicano profundamente enamorado de la Ciudad de México, observo con una mezcla de respeto y preocupación el fenómeno que se está desarrollando en las calles de Europa, en plazas emblemáticas de ciudades como París, Londres, Berlín o Madrid, se ha vuelto común encontrar iniciativas que promueven activamente el Islam: stands donde se invita a los transeúntes a conocer sus enseñanzas, se regalan ejemplares del Corán, se organizan charlas para fomentar el diálogo interreligioso, este movimiento, presentado como un esfuerzo por construir puentes en sociedades cada vez más diversas, plantea preguntas fundamentales sobre el equilibrio entre apertura cultural y la preservación de las raíces históricas de un continente, como mexicano, reflexiono sobre lo que esto implica, no solo para Europa, sino para nuestra propia identidad en un mundo globalizado.

En México, especialmente en la CDMX, hemos aprendido a convivir con una riqueza cultural que abarca desde las tradiciones prehispánicas hasta la modernidad global, el Zócalo, corazón de nuestra capital, es un espacio donde se entrelazan danzas indígenas, celebraciones católicas, eventos internacionales, siempre con un respeto por el orden social que nos une como nación, esta experiencia me lleva a valorar la importancia de la libertad responsable: aquella que permite a cada persona explorar ideas, creencias, culturas sin imposiciones, pero también sin perder de vista los valores que sostienen una sociedad, en este sentido, la promoción del Islam en Europa podría ser una oportunidad para fomentar el entendimiento mutuo, combatir prejuicios, construir comunidades más inclusivas, sin embargo, no puedo evitar notar una ironía que resuena con fuerza: mientras se regalan Coranes, se invita a conocer el Islam en espacios públicos, las expresiones de la herencia cristiana —que ha sido la columna vertebral de Europa durante siglos— enfrentan restricciones, críticas, incluso censura en nombre de la laicidad.

No me malinterpreten: no estoy en contra de conocer otras religiones o culturas, creo firmemente en el diálogo plural, en aprender del otro para crecer como sociedad, pero ese diálogo debe ser equitativo, recíproco, si en las plazas de Europa se promueve una fe con entusiasmo, ¿por qué no se permite la misma libertad para celebrar las tradiciones cristianas que han dado forma a su arte, su arquitectura, su moral, su sentido de comunidad?, ¿por qué se cuestionan los belenes navideños o los crucifijos en escuelas, mientras se aplaude la distribución de textos religiosos de una sola tradición?, esta asimetría no solo genera desconcierto, sino que alimenta una percepción de que las raíces culturales de Europa están siendo relegadas en favor de una modernidad que, en su afán por ser inclusiva, termina siendo selectiva.

Como conservador, defiendo valores esenciales como la familia, la vida desde la concepción, el orden social que nos permite prosperar sin perder nuestra identidad, en México, estos valores han sido el pegamento que ha mantenido unida a una nación diversa a pesar de los retos históricos, la familia en particular, es el núcleo donde se transmiten las tradiciones, la ética, el amor por la comunidad, en Europa donde la baja natalidad, la fragmentación social son desafíos reales, la promoción de cualquier ideología o creencia debe ir acompañada de un esfuerzo por fortalecer estos cimientos, no por debilitarlos, me preocupa que al priorizar una narrativa de diversidad sin un marco claro de integración, se arriesgue diluir los valores que han sostenido al continente, llevando a un relativismo que no fortalece a nadie.

Aquí entra mi crítica a lo que en México llamamos la “Nueva Derecha”, esa corriente que, en su afán por parecer moderna, diluye los principios que deberían guiarnos, partidos como el PAN a veces caen en la trampa de adoptar discursos globalizados que no responden a la realidad de nuestras familias, nuestras comunidades, nuestra historia, en lugar de copiar modelos extranjeros México necesita un conservadurismo auténtico, con raíces profundas en nuestra cultura, un compromiso con el bien común, lo mismo diría de Europa: en lugar de ceder ante presiones externas o internas que desdibujan su identidad, debería apostar por políticas que equilibren el respeto a todas las creencias con la defensa de su legado cultural, por ejemplo, programas de educación cívica que enseñen sobre todas las religiones sin privilegiar a ninguna, leyes que garanticen la libertad de expresión cultural sin permitir que una domine sobre las demás.

En la CDMX, hemos enfrentado retos similares, nuestra ciudad es un crisol de culturas, pero también un lugar donde el agua, la seguridad, el desarrollo económico son prioridades urgentes, hemos aprendido que el progreso verdadero respeta la sabiduría ancestral, promueve una economía circular que incluya a todos: desde los artesanos de Coyoacán hasta los emprendedores de Santa Fe, Europa podría inspirarse en esta capacidad de integrar sin perder la esencia, por ejemplo, en lugar de solo regalar Coranes, se podrían organizar foros donde se dialogue sobre los valores compartidos de todas las tradiciones, incluyendo el cristianismo, que ha sido pilar de la caridad, la dignidad humana, la cohesión social en el continente, cuando la Iglesia por ejemplo, es atacada como un símbolo de opresión, me veo obligado a defenderla con firmeza: ha sido luz de esperanza para millones, construyendo hospitales, escuelas, refugios su legado de amor, servicio no puede ser ignorado por narrativas que buscan deslegitimarla.

La pregunta central es: ¿está Europa abriendo puertas al conocimiento o está cediendo terreno a cambios que podrían erosionar lo que la define?, la verdad no depende de discursos; los hechos hablan por sí mismos, las estadísticas muestran que la inmigración, la diversidad religiosa están transformando el continente: en 2023, países como Alemania, Francia reportaron un aumento significativo en comunidades musulmanas, lo cual es una realidad que debe gestionarse con inteligencia, respeto, pero también muestran una disminución en la práctica religiosa cristiana, un creciente sentimiento de desconexión cultural entre los jóvenes, esto no es un llamado a la confrontación, sino a la reflexión: la libertad de culto es un derecho innegociable, pero debe ir acompañada de un compromiso para preservar los valores que han hecho de Europa un faro de civilización.

Un camino claro: diálogo sí, pero con principios firmes, políticas que fomenten la integración sin sacrificar la identidad, que promuevan la educación sobre todas las religiones en igualdad de condiciones, que refuercen la seguridad, el orden social para que la diversidad sea una fortaleza, no una fuente de división, en México sabemos que la unidad no se logra negando nuestras raíces, sino celebrándolas mientras abrazamos el futuro, Europa con su historia milenaria, tiene la oportunidad de hacer lo mismo, nosotros desde la CDMX, debemos aprender de este ejemplo para fortalecer nuestro propio proyecto de nación: uno que defienda la vida, la familia, la libertad responsable, sin ceder ante modas que nos alejen de lo que somos.

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