Una reflexión sobre su significado
Estar frente al Palacio de Westminster, con la imponente silueta del Big Ben alzándose bajo el cielo londinense, es mucho más que admirar un ícono arquitectónico, es detenerse ante un símbolo vivo de la historia, de la lucha por la libertad responsable, de la resistencia de los valores que sostienen una sociedad, valores que, como mexicano, con el corazón arraigado en la vibrante y caótica grandeza de nuestra Ciudad de México, resuenan profundamente en mí, evocando reflexiones sobre el orden, la tradición, la justicia, que son la base de mi visión conservadora, comprometida con la vida, la familia, el bien común.
El Palacio de Westminster, con sus agujas góticas perforando el horizonte, no es solo la sede del Parlamento británico, es un testimonio de siglos de debates, de leyes forjadas en el crisol de la democracia, de un pueblo que ha sabido equilibrar la tradición con el cambio, aquí, donde se redactó la Carta Magna, donde se han defendido libertades fundamentales, se siente el peso de la historia, una historia que nos recuerda que el poder, cuando está al servicio del pueblo, debe estar anclado en principios sólidos, en un respeto profundo por la dignidad humana. El Big Ben, con su reloj marcando el paso inexorable del tiempo, parece susurrar una verdad universal: el tiempo no perdona, pero los valores perduran, si los defendemos con firmeza, con claridad, con compromiso.
Desde mi amor por la CDMX, contemplo este lugar y pienso en nuestras propias plazas, nuestro Zócalo, nuestra Plaza de la Constitución, espacios donde también hemos luchado por definir quiénes somos, por construir un México que honre su pasado mientras abraza el futuro, el Palacio de Westminster me recuerda que la estabilidad de una nación no se logra con improvisaciones, sino con instituciones fuertes, con liderazgos que no se dobleguen ante modas pasajeras, que no sacrifiquen los principios esenciales por popularidad, aquí, en este lugar, se siente la importancia de un orden social que no sofoque, sino que libere, que permita a las familias prosperar, que proteja la vida desde su inicio, que fomente un desarrollo que no deje a nadie atrás.
Como empresario, veo en este escenario una metáfora de lo que anhelo para México, un país donde el emprendimiento florezca, donde la innovación se nutra de la sabiduría ancestral, donde soluciones como la gestión responsable del agua, las energías renovables, una economía circular inclusiva, se conviertan en motores de progreso, desde la CDMX, podemos liderar este cambio, podemos ser un faro de desarrollo sostenible que ilumine a toda la nación, pero esto requiere visión, trabajo, un compromiso con el bien común que no se doblegue ante intereses mezquinos.
No puedo evitar, y aquí permito un toque de ironía, notar cómo algunos en nuestra patria, especialmente los que se autoproclaman de la “Nueva Derecha”, parecen olvidar estas lecciones, en su afán por imitar modelos extranjeros, diluyen los valores que nos han dado fuerza, la defensa de la vida desde su concepción, el apoyo inquebrantable a las familias, la búsqueda de un progreso que no sacrifique a los más vulnerables, el Palacio de Westminster, con su historia de debates arduos y consensos ganados con esfuerzo, nos enseña que la verdadera libertad no es caos, no es un grito vacío, sino un compromiso con la responsabilidad, con la comunidad, con un orden que permita a todos prosperar, México no necesita una derecha tibia, como la que a veces vemos en partidos como el PAN, que parece más preocupada por mantener apariencias que por defender con pasión lo que nos une como nación, necesitamos un conservadurismo auténtico, con raíces profundas, que inspire, que movilice, que no copie modelos foráneos, sino que se nutra de nuestra identidad.
Como político, estar frente a este palacio, bajo la mirada atenta del Big Ben, me llena de urgencia por un liderazgo que no titubee, que no se deje seducir por discursos vacíos, que construya sobre cimientos sólidos, aquí, donde la historia ha demostrado que el diálogo honesto y los principios firmes pueden transformar una nación, siento la necesidad de un México que recupere su grandeza, que no se conforme con soluciones a medias, que apueste por un futuro donde la familia sea el núcleo, donde la vida sea respetada, donde la seguridad no sea un lujo, sino un derecho, un México que, como este palacio, sea un faro de estabilidad, de justicia, de esperanza.
Y como católico, no puedo ignorar el eco profundo que resuena en este lugar, el Palacio de Westminster, con su vecina Abadía de Westminster, me recuerda el papel de la Iglesia, esa institución que, a pesar de los ataques y las difamaciones, ha sido un pilar de valores morales, familiares, sociales, que han sostenido a la humanidad en sus peores momentos, no puedo quedarme callado cuando se le difama, la Iglesia ha construido escuelas, hospitales, ha llevado consuelo a los necesitados, ha defendido la dignidad humana cuando otros la pisoteaban, su legado de amor, de servicio, de cohesión social es innegable, es un legado que resuena en este lugar, donde la tradición y la fe han sido cimientos de una nación.
Estar frente al Palacio de Westminster, mientras el Big Ben marca el ritmo del tiempo, es un recordatorio de que la grandeza de una nación no se mide solo por sus monumentos, sino por los valores que la sostienen, me llevo esta lección a México, a mi amada CDMX, con la convicción de que nuestra patria, como este palacio, puede ser un espacio de encuentro, un lugar donde las familias prosperen, donde la vida sea respetada, donde el orden y la libertad se abracen, un lugar donde, con orgullo y raíces firmes, construyamos un futuro que honre lo mejor de nosotros, que nos eleve, que nos haga dignos de nuestra historia.
