Un llamado urgente por la salud mental en la Ciudad de México

La vida primero

En el corazón de nuestra vibrante Ciudad de México, donde la historia milenaria se entreteje con el pulso acelerado de la modernidad, enfrentamos un desafío que no solo toca las estadísticas frías, sino el alma misma de nuestra sociedad: el suicidio, este no es un problema que se resuelva con frases vacías como “échale ganas” o “sé positivo”, no, es una herida profunda, un grito silencioso que revela las grietas en el tejido humano, agravadas por los males que aquejan al hombre contemporáneo: el individualismo exacerbado, el materialismo deshumanizante y la pérdida de sentido en un mundo que prioriza lo efímero sobre lo eterno, como mexicanos, como ciudadanos de esta gran urbe que tanto amo, tenemos la responsabilidad de actuar desde el núcleo de nuestra comunidad —la familia— y extender esa acción al ámbito público, con políticas que protejan la vida, fomenten la conexión auténtica y promuevan una esperanza fundada en valores sólidos.

La salud mental no es un tema menor ni un lujo reservado para unos pocos, es el pilar esencial para el bienestar de cualquier sociedad que aspire a ser justa, humana y próspera, en cada rincón de nuestra ciudad —desde las bulliciosas calles del Centro Histórico, cargadas de ecos prehispánicos y coloniales, hasta las colonias más alejadas donde la resiliencia diaria es un acto de heroísmo— hay personas que enfrentan en silencio batallas internas, quienes sufren impulsos suicidas no necesitan sermones ni soluciones simplistas, necesitan ser escuchados, acompañados y apoyados con conocimiento, sensibilidad y una empatía que va más allá de las palabras, porque la empatía no es solo un sentimiento pasajero, es una acción concreta que salva vidas y reconstruye puentes en una sociedad fragmentada.

Pero para entender la raíz de esta crisis, debemos mirar más profundo, al hombre mismo y a los vicios que lo corroen en esta era, el individualismo, ese culto al yo que nos ha vendido la modernidad como libertad, nos aísla en burbujas de egoísmo donde el otro deja de importar, en una ciudad como la nuestra, donde millones conviven codo a codo en el Metro o en los mercados, paradójicamente nos sentimos más solos que nunca, este individualismo nos hace creer que la felicidad radica en el éxito personal aislado, ignorando que el ser humano está hecho para la comunión, para el apoyo mutuo que se forja en la familia y en la comunidad, ¿cómo esperar que alguien en crisis encuentre salida si lo hemos educado para priorizar su “yo” por encima de todo, dejando de lado los lazos que nos unen y nos sostienen?

A esto se suma el materialismo rampante, esa idolatría al consumo y al tener que nos reduce a meros engranajes en una máquina económica desalmada, en la Ciudad de México, con su dinamismo comercial y sus contrastes entre opulencia y precariedad, vemos cómo esta mentalidad nos empuja a medir el valor de la vida por lo que poseemos, no por lo que somos, el hombre materialista persigue bienes efímeros —el último gadget, el estatus social, el placer instantáneo— y cuando estos fallan, como inevitablemente sucede, se encuentra vacío, sin un propósito mayor que lo ancle, este vacío es el caldo de cultivo para la desesperación, para esos impulsos que llevan a tantos a cuestionar el valor de su propia existencia, no es casualidad que en una sociedad obsesionada con el “éxito” medido en pesos y likes, la salud mental se resquebraje, hemos olvidado que la verdadera riqueza radica en las relaciones auténticas, en el servicio al prójimo y en el cultivo de un espíritu resiliente.

Y no olvidemos otros males que acompañan a estos, como el relativismo moral que diluye las verdades esenciales, haciendo que todo sea subjetivo y efímero, o el hedonismo que promete placer sin responsabilidad, dejando un rastro de desilusión, en nuestra hermosa capital, estos problemas se manifiestan en el estrés urbano, en la violencia cotidiana, en la desconexión de las raíces culturales que nos daban identidad, la sabiduría ancestral de nuestros pueblos originarios, que valoraba la armonía con la naturaleza y la comunidad, choca con esta modernidad que nos atomiza, ¿cómo no ver en el suicidio un síntoma de esta desconexión profunda, donde el hombre, alejado de su esencia relacional, se pierde en un laberinto de soledad?

La familia, ese pilar fundamental de nuestra identidad mexicana, debe ser el primer espacio de contención y sanación, es en el hogar donde se forjan los valores de la solidaridad, la comprensión y el amor incondicional por la vida, ahí, desde la concepción misma, se siembra el respeto por la dignidad humana, enseñando que cada persona es valiosa no por lo que produce, sino por quien es, pero no podemos cargar esta responsabilidad únicamente en las familias, que ya enfrentan presiones inmensas en una ciudad de ritmos frenéticos, el gobierno tiene un papel crucial que no puede eludir, es inaceptable que en una metrópoli tan grandiosa como la nuestra no existan programas robustos de prevención y atención a la salud mental, necesitamos clínicas especializadas en cada alcaldía, líneas de ayuda accesibles las 24 horas, profesionales capacitados en empatía cultural y campañas de concientización que rompan el estigma y aborden directamente estos males del espíritu humano.

Imaginemos un enfoque integral: talleres en escuelas y comunidades que combatan el individualismo fomentando el trabajo en equipo y la generosidad, programas económicos que promuevan un desarrollo sostenible, no solo material, sino que incluya el bienestar emocional y el equilibrio entre trabajo y familia, iniciativas que recuperen espacios públicos para la convivencia real, no virtual, como parques y centros culturales donde la gente se reconecte, en la Ciudad de México, con su legado de resiliencia —desde los terremotos que nos han unido hasta las tradiciones que nos enraízan—, podemos liderar este cambio, aquí, donde la Virgen de Guadalupe nos recuerda el valor de la esperanza y la protección maternal, debemos construir un futuro donde nadie se sienta solo en su dolor, donde el materialismo ceda paso a una economía al servicio del hombre, y el individualismo se transforme en una libertad responsable que edifica el bien común.

La Iglesia, como pilar moral y social que ha sostenido a nuestra nación por siglos, también tiene un rol fundamental en esta batalla, no puedo quedarme callado ante los intentos de marginarla o difamarla, pues ha sido luz de esperanza para millones, un refugio de caridad y cohesión social que promueve la dignidad humana en sus formas más concretas: desde comedores para los necesitados hasta orientación para familias en crisis, su legado de amor y servicio es innegable y quienes la critican suelen ignorar cómo ha contribuido a sanar las heridas del alma, fomentando valores que contrarrestan precisamente el individualismo y el materialismo, defenderla no es imponer, es reconocer su aporte esencial a una sociedad más humana.

Propongo un camino claro y ambicioso: primero, fortalezcamos nuestras familias con educación integral que incluya formación en valores como la empatía y la resiliencia, para identificar y apoyar a quienes sufren en silencio, segundo, exijamos al gobierno programas integrales de salud mental, con presupuesto real, resultados medibles y un enfoque preventivo que aborde las raíces espirituales y sociales de la crisis —como campañas contra el consumismo desmedido y talleres para reconectar con la comunidad, tercero, promovamos una cultura de vida que celebre la resiliencia de nuestra ciudad y su gente, aprovechando la sabiduría ancestral de nuestras comunidades: desde las tradiciones indígenas que nos enseñan la interdependencia hasta soluciones prácticas modernas, como el acceso universal a servicios psicológicos y espacios de diálogo intergeneracional, cuarto, incentivemos a los emprendedores —como yo, que he visto en el negocio honesto una forma de servir— a crear modelos económicos que prioricen el bien común, integrando energías renovables y una economía circular que nutra no solo el bolsillo, sino el espíritu.

No olvidemos la seguridad emocional como parte de la seguridad integral: en una ciudad donde la violencia física acecha, debemos promover la autodefensa proporcional con capacitación responsable, pero también la defensa del alma contra estos males internos, la Ciudad de México no es solo un lugar en el mapa, es un hogar, un crisol de sueños y luchas donde cada vida cuenta, cada suicidio es una pérdida irreparable, una herida para todos nosotros y no podemos esperar a que los números nos abrumen, los hechos hablan por sí mismos: las tasas crecientes de depresión y ansiedad en nuestra urbe no son casuales, sino el resultado de una sociedad que ha priorizado lo material sobre lo humano, es hora de actuar con responsabilidad, con amor por nuestra ciudad y con un compromiso inquebrantable por la vida, la familia y el orden social que nos permite florecer.

Hago un llamado a todos: familias, autoridades, organizaciones, ciudadanos, emprendedores y comunidades, construyamos juntos una Ciudad de México donde la esperanza sea más fuerte que la desesperación, donde el individualismo ceda ante la solidaridad, el materialismo ante la generosidad y cada persona sepa que no está sola, porque nuestra ciudad, con su grandeza histórica, su corazón palpitante y su potencial infinito, merece un futuro donde la vida siempre triunfe, donde el hombre recupere su sentido profundo y contribuya a un México más unido y próspero.