La indiferencia en México, la educación en valores como respuesta
Como mexicano que lleva en el corazón la grandeza de esta nación, sus tierras fértiles, sus mares infinitos, sus pueblos que resuenan con historia, sus tradiciones que unen generaciones, su pueblo que no se rinde, me duele profundamente hacerme una pregunta que resuena como un eco doloroso: ¿cuándo perdimos nuestra capacidad de amar al prójimo, de verlo como un hermano, como parte de nuestra propia familia? En cada rincón de México, desde las sierras de Chihuahua hasta las selvas de Quintana Roo, desde los mercados de Oaxaca hasta las fábricas de Nuevo León, enfrentamos una crisis que va más allá de lo material, la indiferencia que se ha colado en nuestras instituciones, en nuestros corazones, se hace evidente en el colapso de nuestro sistema de salud, donde hombres, mujeres, niños, ancianos mueren en las salas de espera, abandonados no solo por la falta de recursos, sino por la ausencia de empatía, de amor, de humanidad, pero esta crisis no es nuestro destino, podemos revertirla, la educación en valores es la clave para recuperar nuestra esencia solidaria, construir un México que cuide a los suyos.
Pienso en las madres que llegan con sus hijos enfermos a un hospital en Chiapas, en los trabajadores que sostienen nuestra economía en las maquiladoras de Tijuana, en los abuelos que han tejido con su esfuerzo el alma de comunidades en Michoacán, Yucatán, ¿cómo hemos permitido que la burocracia, la ineficiencia, la indiferencia pesen más que la dignidad humana? Es una ironía lacerante, vivimos en una era de avances tecnológicos, de redes que conectan el mundo, de promesas políticas grandilocuentes, pero fallamos en lo más elemental, garantizar que nadie muera solo, esperando una atención que nunca llega, la crisis del sistema de salud no es solo un problema de camas, medicamentos, personal, es el reflejo de una sociedad que ha perdido el rumbo, que ha olvidado que el verdadero desarrollo se mide en cómo tratamos a los más vulnerables, México, con su diversidad cultural, su riqueza natural, su potencial humano, merece un sistema que no solo cure cuerpos, sino que honre la dignidad de cada persona, que fomente la seguridad, que fortalezca a las familias, que promueva un orden social basado en el respeto por la vida.
Las raíces de la indiferencia
Para sanar esta herida, debemos entender las causas de la indiferencia que nos aqueja, la primera es el individualismo que ha permeado nuestra sociedad, México es una nación forjada en la comunidad, donde la familia, los amigos, los vecinos han sido el refugio en tiempos de crisis, historias de nuestros abuelos nos recuerdan cómo, en tiempos de escasez, se compartía el último pedazo de pan, se abría la puerta al necesitado, sin embargo, la modernidad, con su ritmo frenético, su culto al éxito personal, su consumismo desenfrenado, ha erosionado estos lazos, nos hemos encerrado en burbujas individuales, donde lo mío importa más que lo nuestro, cuando un enfermo espera en un hospital, ya no lo vemos como parte de nuestra comunidad, sino como un extraño que no nos concierne, este egoísmo silencioso es una de las raíces más profundas de la indiferencia.
La deshumanización de nuestras instituciones, particularmente en el sistema de salud, es otra causa, los hospitales, creados para salvar vidas, se han convertido en laberintos de trámites, estadísticas, números, la falta de recursos es innegable, camas insuficientes, medicamentos escasos, personal médico agotado, pero más grave aún es la mentalidad que reduce a las personas a expedientes, médicos, enfermeras, héroes que trabajan bajo presión extrema, a menudo se ven atrapados en un sistema que les impide ejercer su vocación con la empatía que quisieran, la burocracia, con su frialdad, apaga la chispa humana que debería guiar el cuidado de la salud, no es solo una cuestión de presupuesto, es una falla estructural que olvida que curar es, ante todo, un acto de amor.
La polarización social, política, también ha jugado un papel crucial, en un México donde los discursos dividen entre “nosotros”, “ellos”, hemos perdido de vista que el dolor no distingue colores, partidos, clases sociales, las promesas vacías de los políticos, que priorizan el poder sobre el servicio, han alimentado la desconfianza entre nosotros, esta fractura nos lleva a mirar con indiferencia el sufrimiento ajeno, como si no fuera nuestro problema, pero cada vida perdida en una sala de espera es una derrota colectiva, un recordatorio de que hemos olvidado que el bien común nos incluye a todos.
Hemos descuidado los valores que nos han sostenido por siglos, la familia, pilar de nuestra sociedad, enfrenta presiones que limitan su rol como la primera escuela de solidaridad, la educación, que debería formar corazones generosos, se ha centrado en habilidades técnicas, descuidando la formación humana, hemos olvidado que el respeto por la vida, la libertad responsable, el compromiso con el bien común no son ideas abstractas, sino principios que se viven día a día, sin ellos, la indiferencia se convierte en la norma, el sufrimiento de los demás deja de tocarnos el alma.
La tecnología, aunque valiosa, nos ha alejado del contacto humano, vivimos conectados a pantallas, pero desconectados de las historias reales de quienes nos rodean, las redes sociales nos muestran el sufrimiento en titulares fugaces, pero no nos enseñan a sentirlo ni a actuar para aliviarlo, esta distancia emocional nos desensibiliza, nos hace olvidar que el amor se construye en el encuentro, en la mirada, en el gesto concreto de ayuda, cuando el dolor se reduce a una notificación, perdemos la capacidad de empatizar.
La educación en valores: un camino de esperanza
No todo está perdido, México tiene una historia de resiliencia, de comunidades que se levantan ante la adversidad, de familias que se sostienen en la fe, la esperanza, podemos recuperar nuestra capacidad de amar, la educación en valores es el antídoto contra la indiferencia, no es un lujo, sino el cimiento de una sociedad fuerte, en nuestra tradición mexicana, la familia ha sido la primera escuela de vida, donde se aprendía a respetar la dignidad de cada persona, a compartir en la escasez, a poner el bienestar colectivo por encima del egoísmo, necesitamos fortalecer a la familia como el espacio donde los niños aprendan, desde pequeños, que el amor al prójimo se demuestra con acciones, ayudar al vecino, escuchar al que sufre, defender al vulnerable.
En las escuelas, la educación en valores debe ser un pilar fundamental, no una asignatura secundaria, no basta con enseñar matemáticas, ciencias, historia, necesitamos que la empatía, la justicia, el compromiso con el bien común impregnen cada aspecto del aprendizaje, un estudiante que aprende estadística, por ejemplo, puede reflexionar sobre cómo usar esos conocimientos para mejorar la distribución de recursos en el sistema de salud, un joven que estudia literatura puede descubrir en las historias de nuestros héroes nacionales la inspiración para actuar con generosidad, los maestros, verdaderos héroes de nuestra sociedad, deben ser apoyados con formación, recursos, reconocimiento para que inspiren a sus alumnos a ser no solo profesionales competentes, sino personas con un sentido ético profundo.
La educación en valores también debe fomentar el diálogo, combatir la polarización, en un país tan diverso como México, las aulas deben ser espacios donde se valore la pluralidad, pero también se refuercen los principios que nos unen, el respeto por la vida, la importancia de la familia, la responsabilidad de construir un orden social justo, enseñemos a los jóvenes a debatir con respeto, a escuchar con empatía, a buscar soluciones que beneficien a todos, la tecnología, aunque no puede reemplazar el contacto humano, puede ser una aliada si se usa para inspirar, para mostrar ejemplos de solidaridad, para conectar a las comunidades en la búsqueda del bien común.
Un México que ama con hechos
Como empresario, ciudadano, creo en un México donde el desarrollo económico, social sea inclusivo, donde la vida se defienda en todas sus etapas, donde la seguridad permita a las familias prosperar, donde la empatía sea nuestra mayor fortaleza, la indiferencia no es nuestro destino, es un desvío que podemos corregir, pero requiere un compromiso colectivo, hagamos un examen de conciencia, ¿qué podemos hacer, cada uno de nosotros, para romper con la indiferencia? Fortalezcamos a las familias como escuelas de humanidad, apoyemos a los maestros para que sean guías éticos, invirtamos en un sistema educativo que forme ciudadanos solidarios, exijamos un sistema de salud que ponga a la persona en el centro, no a la burocracia, promovamos una economía que no deje a nadie atrás, que apoye al emprendedor, también al trabajador más humilde, recuperemos la solidaridad que nos define como mexicanos, esa que hemos demostrado en terremotos, inundaciones, crisis, cuando nos unimos sin importar nuestras diferencias.
Invito a un diálogo amplio, honesto, donde los hechos hablen más que las palabras, no se trata de culpar, sino de construir, un joven formado en valores no verá al enfermo en una sala de espera como un extraño, sino como alguien que merece su cuidado, un México educado en valores será un México donde nadie muera solo, donde las instituciones reflejen la dignidad humana, donde la solidaridad sea la fuerza que nos impulse hacia adelante, porque una sociedad que cuida a sus débiles, que ama con hechos, no solo sobrevive, sino que florece, México, con su historia de lucha, su riqueza cultural, su pueblo resiliente, tiene todo para lograrlo, ¿estamos listos para volver a amar?
