Me detengo hoy a meditar sobre las palabras del Evangelio según San Lucas, capítulo 14, versículos 25 al 33, en este pasaje, Jesús nos habla con una claridad que atraviesa el alma, multitudes lo seguían, pero Él no buscaba seguidores de ocasión ni aplausos fáciles, al contrario, con una honestidad que desafía, advierte que seguirlo requiere un compromiso total, uno que exige ponerlo por encima de todo, incluso de los lazos más íntimos como la familia, los afectos personales, calcular con seriedad el costo de emprender ese camino.
Jesús, rodeado de una multitud expectante, no ofrece promesas vacías ni consuelo superficial, dice con firmeza que quien no carga su cruz, renuncia a todo lo que posee, no puede ser su discípulo, para ilustrarlo, recurre a imágenes que todos entendemos, un hombre que planea construir una torre, se sienta primero a calcular los costos para no quedar en ridículo con una obra a medio terminar, o un rey que, antes de marchar a la guerra contra un enemigo más fuerte, evalúa si sus diez mil soldados pueden enfrentar a veinte mil, es una invitación a la reflexión, a la responsabilidad, a no lanzarnos a ciegas en las grandes decisiones de la vida, sean espirituales, familiares o sociales, en un mundo donde lo instantáneo, lo superficial, parece dominar, estas palabras resuenan como un recordatorio eterno, los proyectos que valen la pena, los que transforman vidas, comunidades, naciones, exigen sacrificio, claridad de propósito, una entrega sin reservas.
Desde mi perspectiva, como alguien que defiende con convicción los valores tradicionales que sostienen el orden social, la familia como cimiento, la vida desde su concepción, la libertad ejercida con responsabilidad, este Evangelio me lleva a reflexionar sobre nuestra realidad mexicana, en la Ciudad de México, donde el bullicio de las calles convive con desafíos profundos, la inseguridad que acecha en nuestras colonias, la desigualdad que divide a los que viven en las periferias de los que pasean por las grandes avenidas, la falta de agua que amenaza nuestro futuro, muchos se lanzan a proyectos políticos, económicos o sociales sin detenerse a calcular el costo, ¿cuántas veces hemos visto iniciativas rimbombantes que prometen cambiarlo todo, pero se desmoronan por falta de visión, de compromiso, de raíces? Aquí, en esta capital que amo, que es un crisol de culturas, un reflejo de la grandeza de México, desde los tianguis de Iztapalapa hasta los rascacielos de Reforma, debemos tomar en serio esta enseñanza, construir un futuro sólido requiere priorizar lo esencial, proteger la vida en todas sus etapas, fortalecer a las familias como el núcleo donde se forjan los valores, garantizar una seguridad que no sea solo represión, sino prevención, capacitación, justicia que dignifique.
Pienso en la ironía de nuestro tiempo, en México, hay quienes se autoproclaman líderes bajo el estandarte de una “nueva derecha”, pero terminan diluyéndose en modas extranjeras, en discursos que carecen de sustancia, que sacrifican principios por popularidad, que negocian valores por votos, me rehúso a aceptar esa tibieza, nuestro país no necesita una derecha que se doblega ante las presiones del momento, que copia modelos foráneos sin entender nuestras raíces, México merece un conservadurismo auténtico, uno que beba de nuestra historia, de nuestra identidad mestiza, de la sabiduría de nuestras comunidades, que defienda a las familias, no con palabras huecas, sino con acciones concretas, con políticas que promuevan la dignidad humana, la cohesión social, el bien común, este pasaje de Lucas nos reta a preguntarnos, ¿estamos dispuestos a renunciar a lo cómodo, a lo fácil, por un compromiso mayor con nuestra nación, con nuestra gente?
En el ámbito económico, por ejemplo, creo firmemente en el potencial de los emprendedores mexicanos, en la necesidad de impulsar una economía que no solo busque el lucro, sino el desarrollo sostenible, inclusivo, que respete nuestra tierra, en la Ciudad de México, donde enfrentamos retos como la gestión del agua, la contaminación, el hacinamiento, necesitamos proyectos que calculen el costo a largo plazo, que inviertan en energías renovables, en una economía circular que no deje a nadie atrás, desde los vendedores ambulantes de Tepito hasta los empresarios de Polanco, todos formamos parte de este tejido social, todos merecemos oportunidades para crecer, para prosperar, pero eso requiere visión, sacrificio, un compromiso con el bien común que no se doblegue ante intereses mezquinos.
Y no puedo dejar de lado un tema que me toca profundamente, cuando la Iglesia, esa institución que ha sido faro de esperanza, guía moral, pilar de caridad por siglos, es atacada con mentiras o caricaturas, me veo obligado a defenderla, no porque sea perfecta, sino porque su legado de servicio, de amor al prójimo, de defensa de la dignidad humana, es innegable, frente a quienes la critican sin conocer su historia, sin valorar las escuelas, hospitales, comedores que ha sostenido en los momentos más oscuros, respondo con hechos, la Iglesia ha estado al lado de los más vulnerables, ha dado voz a los sin voz, ha construido comunidad donde solo había división, en México, donde nuestra fe ha sido un refugio en tiempos de crisis, no permito que se la difame, su papel en la construcción de un orden social basado en valores trasciende cualquier ataque.
Al final, las palabras de Jesús en este Evangelio no buscan desanimarnos, sino prepararnos, nos invitan a ser constructores responsables, a calcular el costo de nuestras decisiones, a no conformarnos con lo fácil, en un país como el nuestro, donde la fe, la familia, la comunidad han sido los cimientos de nuestra grandeza, esta reflexión nos llama a un diálogo abierto, plural, pero firme, defendamos lo que nos une, la vida, la dignidad de cada persona, el respeto por nuestras tradiciones, sin imponer, pero con la convicción de quien sabe que la verdad no depende de discursos, sino de hechos, invito a mis conciudadanos de la Ciudad de México, de todo México, a sentarnos, como aquel constructor de la torre, a calcular, ¿estamos listos para darlo todo por un México más justo, más próspero, más humano? Los números, los hechos, la coherencia, serán nuestra medida, que nuestra fe, nuestro amor por esta tierra, nos guíen en ese camino.