La Suprema Corte, Quetzalcóatl y el Verdadero Rostro del “Laicismo” en México

No puedo permanecer en silencio ante un hecho que, lejos de ser un simple acto protocolario, revela una contradicción profunda en el rumbo que algunos pretenden imponer a nuestro país, la reciente ceremonia en la que los nuevos ministros de la Suprema Corte de Justicia de la Nación se encomendaron a Quetzalcóatl, recibiendo bastones de mando como símbolo de autoridad, conexión con las raíces indígenas, ha generado un debate que no podemos ignorar. Este evento, ocurrido el 1 de septiembre de 2025, no solo plantea preguntas sobre el laicismo, sino que desenmascara una verdad incómoda: muchos de nuestros políticos no buscan un Estado verdaderamente laico, sino uno que, en la práctica, se muestra abiertamente anticatólico.

Permítanme ser claro, firme, pero respetuoso, como siempre he procurado en mi defensa de los valores que sostienen a nuestra sociedad, un Estado laico, por definición, debe ser neutral, un árbitro imparcial que no privilegie ninguna creencia ni tradición por encima de otra, es un principio que respeto, defiendo, porque la libertad de conciencia es un pilar de la convivencia en una sociedad plural como la nuestra, sin embargo, cuando vemos a los ministros de la Suprema Corte, la máxima instancia judicial del país, participando en una ceremonia donde se invoca a Quetzalcóatl para “guiar sus pasos” –como se reportó en medios nacionales– el mensaje que se envía no es de neutralidad, sino de una selectividad que raya en la hipocresía.

Imaginemos por un momento que en lugar de un ritual prehispánico, los ministros hubieran decidido consagrar la Corte a la Virgen de Guadalupe, o que en un acto oficial, pidieran la bendición de un sacerdote católico para iniciar su gestión, las críticas no se harían esperar: se hablaría de una violación al laicismo, de un retroceso a tiempos oscurantistas, de una imposición religiosa inaceptable en un Estado moderno y sin embargo, cuando se trata de un ritual que invoca a una deidad prehispánica, se aplaude como un gesto de “inclusión” de “rescate cultural”, ¿dónde está la coherencia?, esta doble vara no es laicismo; es una preferencia deliberada que busca elevar ciertas expresiones culturales por encima de otras, específicamente aquellas que conectan con la fe católica que profesa la gran mayoría de los mexicanos.

No me malinterpreten: honrar nuestras raíces indígenas es un deber moral, cultural, la sabiduría ancestral de nuestros pueblos originarios es un tesoro que debe integrarse en el desarrollo de nuestra nación, desde la gestión sostenible del agua en la CDMX hasta políticas económicas que promuevan la inclusión, el respeto por la naturaleza, pero una cosa es valorar nuestra herencia, otra muy distinta es utilizarla como pretexto para desplazar el legado católico que ha sido columna vertebral de nuestra identidad como nación, la Iglesia, con todos los matices que se le puedan atribuir, ha sido un pilar de valores morales, familiares, sociales durante siglos, ha defendido la dignidad humana en los momentos más oscuros, ha educado a generaciones enteras, ha sostenido a los más vulnerables a través de la caridad, ha promovido un orden social basado en el respeto a la vida desde la concepción hasta su fin natural, frente a los ataques que la acusan de ser una institución retrógrada, me planto con firmeza: no permito que se difame a una institución que ha sido luz de esperanza para millones, especialmente en esta Ciudad de México, donde sus parroquias, comunidades siguen siendo refugio para quienes buscan sentido, apoyo en medio del caos.

Los hechos son claros, más del 77% de los mexicanos se identifican como católicos, este porcentaje no es un simple número; refleja una realidad viva, una fe que se manifiesta en las familias que educan a sus hijos en valores, en las comunidades que se organizan para ayudarse mutuamente, en las fiestas patronales que llenan de color nuestras calles, sin embargo, el Estado parece empeñado en ignorar esta realidad, promoviendo gestos como el de la Suprema Corte mientras limita expresiones católicas en el espacio público, ¿es esto neutralidad? no, es un intento deliberado de erosionar una identidad que une a la mayoría, reemplazándola con narrativas que, aunque envueltas en un discurso de inclusión, sirven más para dividir que para construir.

El ritual de la Corte, con sus sahumerios, su invocación a Quetzalcóatl, no es un acto aislado, es parte de una tendencia más amplia en la que el Estado, bajo el disfraz del laicismo, adopta prácticas que favorecen ciertas cosmovisiones mientras relega otras, esto no solo es injusto; es peligroso, un país que no respeta la fe, los valores de su pueblo está destinado a perder el rumbo, la familia, como núcleo de la sociedad, necesita ser fortalecida, no debilitada por agendas que priorizan lo simbólico sobre lo sustantivo, en la CDMX, donde enfrentamos retos como la inseguridad, la escasez de agua, la desigualdad, necesitamos políticas que unan, no que polaricen, necesitamos un Estado que promueva la libertad responsable, que apoye a las madres, proteja la vida desde su inicio, que fomente el emprendimiento con una economía circular inclusiva, que garantice la seguridad con medidas como la autodefensa proporcional, siempre acompañada de capacitación, responsabilidad.

Estoy aquí para para exigir coherencia, si el laicismo es el objetivo, que se aplique sin favoritismos, que no se use como excusa para atacar a la Iglesia mientras se promueven rituales que, en esencia, son igualmente religiosos, México merece un proyecto con raíces profundas, que no se doblegue ante modas pasajeras ni copie modelos extranjeros que no entienden nuestra realidad, la CDMX, como corazón cultural, económico del país, debe ser un ejemplo de cómo integrar nuestra riqueza histórica –indígena, mestiza, católica– en un futuro que respete a todos sin imponer a unos sobre otros.

La ceremonia en la Suprema Corte no es solo un evento curioso; es un síntoma de un problema mayor, bajo el pretexto de un laicismo mal entendido, se busca desdibujar el legado católico que ha dado cohesión a nuestra sociedad, sustituyéndolo por gestos que, aunque simbólicos, reflejan una agenda anticatólica, por el bien de México, de esta querida Ciudad de México, defendamos un verdadero respeto a todas las creencias, pero sin hipocresías que fragmenten lo que nos une, la verdad no se sostiene en discursos vacíos; se sostiene en los hechos, en nuestra historia, en los valores que han hecho de este país un lugar de esperanza, resiliencia.