El amor sostenido por la Fe

Reflexiones de una celebración católica

Ayer tuve el privilegio de ser testigo de una celebración que marcó los 50 años de vida de Vivi, un momento que no solo honró su vida, sino que iluminó el poder transformador de la fe en un matrimonio católico tejido con amor inquebrantable, no fue en una iglesia, sino en un espacio sencillo y cálido, donde la presencia de los seres queridos y la fuerza de un vínculo compartido lo llenaron todo, Vivi, radiante a sus 50 años y su esposo, Beto, hicieron de ese festejo un testimonio vivo de cómo la fe puede sostener y engrandecer el amor, pero más allá de su historia, lo que resonó profundamente en mí fue cómo cada palabra y cada gesto me hizo pensar en mi propia relación con mi esposa, en la fe que nos une y en el amor que construimos día a día.

El momento central fue el discurso de Beto, que habló con una sinceridad que tocó el alma de todos, se puso de pie, con la voz firme pero cargada de emoción y dijo, mirándola con una ternura que no necesitaba adornos: “Estar a tu lado, Vivi, ha sido mi mayor regalo, elegirte fue mi mejor decisión y cada día sigo eligiéndote, porque el amor no es solo un momento, sino una promesa que se renueva con cada prueba, con cada risa, con cada silencio compartido”, hizo una pausa, como si las palabras llevaran el peso de tantos años, y continuó: “Tu fe, tu fuerza, tu forma de hacer que todo sea mejor, me han enseñado lo que significa vivir para algo más grande, contigo he aprendido a confiar, a perdonar, a construir”, habló de cómo la fe de Vivi fue el ancla en los momentos más duros —las pérdidas, las dudas, los días en que la vida parecía un peso imposible— y cómo esa fe compartida les dio la fortaleza para seguir adelante, “No somos perfectos”, dijo, con una sonrisa cómplice, “pero juntos somos más fuertes, porque siempre hemos sabido que no estamos solos”, el culmen llegó cuando, con los ojos brillando de emoción, le dijo: “Estar a tu lado, Vivi, es el mejor camino para llegar al cielo”, esas palabras, cargadas de una verdad profunda, fueron más que un discurso, fueron un compromiso renovado, frente a todos, de seguir caminando juntos, guiados por su fe.

Mientras lo escuchaba, no pude evitar volverme hacia mi esposa, que estaba frente a mí a mi, la miré fijamente y en ese instante, sentí que cada una de esas palabras podía decírselas yo a ella, especialmente esa última, porque su fe, vivida con una constancia silenciosa, ha sido el cimiento de nuestra relación, en los días en que las cosas se han puesto difíciles —cuando las preocupaciones del trabajo, las tensiones del día a día o las incertezas del futuro han intentado robarnos la paz—, su confianza en un propósito mayor me ha sostenido, como Vivi, mi esposa tiene esa capacidad de transformar lo ordinario en algo extraordinario, de encontrar sentido en los momentos de prueba, de recordarme que nuestro amor no es solo nuestro, sino parte de algo más grande, su fe me ha enseñado a ser más paciente, a perdonar con más facilidad, a construir con esperanza, incluso cuando el camino no es claro y como Beto, yo también siento que estar a su lado es mi mejor camino para llegar al cielo, porque su amor y su fe me acercan cada día a lo eterno.

El impacto de la fe en la vida de Vivi y Beto era evidente, pero también me hizo reflexionar sobre cómo la fe ha moldeado mi propia relación, con mi esposa, hemos enfrentado nuestras propias tormentas y en cada una, su fe ha sido como un faro, recuerdo noches en las que, frente a decisiones difíciles, ella me tomaba de la mano y me decía que confiáramos, que no estábamos solos, esa certeza, que viene de su fe profunda, nos ha permitido no solo superar los retos, sino crecer a través de ellos, como Beto yo también puedo decir que elegirla cada día es mi mejor decisión, porque su fe me hace mejor, me acerca a lo que realmente importa y me guía, como un sendero luminoso, hacia un propósito mayor.

Los presentes, desde los hijos hasta los amigos, escuchábamos en un silencio reverente, como si las palabras de Beto y la vida de Vivi nos recordaran lo que el amor verdadero, sostenido por la fe, puede lograr, no había flores ni fotos, pero no hacían falta, su discurso, tan honesto y profundo, pintó una imagen más vívida que cualquier adorno, era el retrato de un amor y una fe entrelazados, anclados en la certeza de un propósito eterno y mientras lo escuchaba, no podía dejar de pensar en cómo mi esposa y yo, a nuestra manera, también caminamos ese sendero, guiados por la misma fe que nos une en los días buenos y en los difíciles.

Me fui de esa celebración con el corazón lleno, no solo por el testimonio de Vivi y Beto, sino por la certeza renovada de lo que la fe significa en mi propia vida con mi esposa, la fe de Vivi, celebrada en sus 50 años, y la de Beto, es un reflejo de lo que veo en mi esposa: una fuerza que no solo sostiene un matrimonio, sino que lo eleva, que le da sentido, que lo hace eterno, mirarla ayer, mientras escuchábamos ese discurso, fue como renovar mi propio compromiso de seguir construyendo nuestro amor, día tras día, con la fe como nuestra guía y con la certeza de que, al igual que Beto con Vivi, estar a su lado es mi mejor camino para llegar al cielo, ojalá todos pudiéramos aprender de un ejemplo como el de Vivi y Beto, donde la fe no es solo una creencia, sino el corazón de un amor que no se desgasta, sino que se fortalece, en la promesa de lo eterno.