La Hipocresía de la Nueva Derecha

La Profanación de lo Sagrado:

El espectáculo de la reunión de oración en la alcaldía de Cuauhtémoc, protagonizado por Alessandra Rojo de la Vega y Raúl Tortolero, entre otros, quien se autoproclama líder del Consejo Nacional de la Nueva Derecha –un ente que, en esencia, no existe más allá de su retórica hueca y que actúa como un Alcibíades Moderno, es una prueba irrefutable de por qué siempre he estado en contra de esta Nueva Derecha hipócrita y oportunista, como defensor de los valores tradicionales, la coherencia moral y la defensa inquebrantable de la vida, la familia y la fe auténtica, me indigna profundamente ver cómo algo tan sagrado como la oración se convierte en un instrumento vulgar para ambiciones políticas mezquinas, despojándola de su propósito de unirnos en humildad ante lo eterno y guiarnos hacia un bien común que trasciende los cálculos electorales, este evento, orquestado bajo la sombra del Partido Acción Nacional (PAN), no es un acto de devoción, sino un montaje propagandístico que utiliza a estos personajes como peones para avanzar agendas partidistas, reforzando mi oposición absoluta a estas prácticas que profanan lo más profundo de nuestra identidad.

Lo más indignante y revelador de esta farsa es el pañuelo morado que Alessandra Rojo de la Vega sostiene con descaro mientras estrecha la mano de Tortolero durante la oración, este pañuelo, símbolo mundialmente reconocido de la lucha por el aborto legal y la interrupción voluntaria de la vida en formación, es una afrenta directa a los valores que Tortolero y su supuesto Consejo Nacional de la Nueva Derecha dicen defender: la inviolabilidad de la vida desde la concepción, la protección de los más vulnerables y los principios cristianos que nos llaman a custodiar la creación con responsabilidad y amor, la contradicción se agrava al considerar las recientes declaraciones de Rojo de la Vega, quien afirmó públicamente que le tiene más miedo a quienes rezan el Rosario que a los delincuentes, una postura que demoniza a los fieles y que generó una oleada de críticas en redes sociales por su tono divisivo y su aparente desprecio hacia la fe católica, ahora, de manera conveniente y sospechosa, aparece rezando junto a Tortolero, en un acto que parece una maniobra desesperada para reparar el daño causado por sus palabras, este giro oportunista no busca una conexión espiritual genuina, sino rescatar la imagen de una alcaldesa cuestionada por su gestión en temas como la inseguridad en las calles de Cuauhtémoc y por su propia retórica divisiva, mientras sirve como plataforma para que Tortolero alimente su autoproclamado liderazgo de un movimiento que no es más que un espejismo, en un país donde la violencia, la pobreza y la desintegración social claman por líderes que promuevan la paz y la justicia verdadera, este acto reduce la fe a un truco mediático, diseñado para cosechar likes y votos en lugar de fomentar un compromiso real con el bienestar de todos, especialmente de los más débiles.

Raúl Tortolero, quien se autoproclama líder de este Consejo Nacional de la Nueva Derecha –una entidad que carece de existencia tangible más allá de sus propios comunicados–, emerge como el epítome de la hipocresía que define a este movimiento, se presenta como un cruzado de los valores cristianos, autor de libros que hablan de un “retorno de Dios a la cultura” y defensor acérrimo de la familia y la vida, sin embargo, al compartir escenario con Rojo de la Vega, quien porta un pañuelo verde y ha expresado temor hacia quienes rezan el Rosario, Tortolero traiciona esos mismos ideales, revelando que su Nueva Derecha no es una renovación auténtica del conservadurismo, sino una plataforma vacía para alianzas estratégicas que priorizan el poder sobre la verdad, ¿dónde queda su supuesta integridad cuando ignora flagrantemente un símbolo que promueve lo opuesto a la protección de la vida inocente y se alía con alguien que ha atacado verbalmente la fe que él dice defender?, este consejo, que no es más que una construcción retórica, no ofrece soluciones concretas a los males que aquejan a México, como la violencia que desgarra comunidades, la pobreza que deshumaniza o la erosión de los valores familiares, en lugar de promover una sociedad donde cada persona sea valorada desde su concepción hasta su fin natural, Tortolero se presta a un espectáculo que diluye estos principios en favor de un oportunismo que huele a desesperación electoral, en redes sociales, los usuarios han sido implacables en desenmascarar esta hipocresía, señalando cómo la oración se transforma en propaganda barata para encubrir agendas ocultas, siempre he estado en contra de esta clase de líderes falsos, porque creo que la auténtica guía moral debe impulsar acciones que construyan comunidades solidarias, no divisiones facciosas.

El PAN, con su largo historial de instrumentalizar causas morales y religiosas para fines electorales, actúa como el titiritero maestro detrás de esta maniobra, utiliza a figuras como Rojo de la Vega y Tortolero, con su ficticio Consejo Nacional, como peones en un tablero donde la religión es un arma para contrarrestar la narrativa de la 4T, sin importar si eso implica contradicciones éticas que socavan la credibilidad de todo el movimiento, el PAN, que alguna vez se presentó como baluarte de valores conservadores, ahora reduce a estos personajes a herramientas desechables para proyectar una falsa unidad moral que se desmorona ante el menor escrutinio, esta Nueva Derecha no es más que una fachada conveniente para el PAN, un intento de reempaquetar viejos vicios bajo un nombre “nuevo” para atraer a votantes desencantados, pero actos como esta oración falsa, con el pañuelo verde y la contradicción de Rojo de la Vega rezando tras haber demonizado a quienes lo hacen, revelan la verdad: es un uso faccioso de lo sagrado que divide en lugar de unir, que prioriza el triunfo partidista sobre el respeto a la dignidad humana y la búsqueda de un orden social justo, debemos rechazar esta manipulación, porque la fe verdadera nos llama a actuar con integridad, promoviendo un mundo donde la vida sea sagrada, la familia el núcleo de la sociedad y la política sirva al bien de todos, no a los intereses de unos pocos.

La oración, en su esencia más profunda, es un acto de humildad absoluta, un diálogo íntimo con lo trascendente que nos conecta con una voluntad superior, guiándonos hacia la justicia, la paz y el respeto por cada ser humano como parte de una creación ordenada, no es un espectáculo para cámaras ni un medio para pulir imágenes públicas, es un momento de entrega desinteresada que debe inspirar acciones coherentes con valores eternos, como la defensa inquebrantable de los vulnerables y la construcción de comunidades donde prevalezca el amor sobre el egoísmo, cuando se usa como en este caso –para forjar alianzas incongruentes, encubrir declaraciones ofensivas contra los fieles y rescatar reputaciones maltrechas–, se profana su significado, convirtiéndola en un vacío ritual que ofende a quienes la practicamos con sinceridad, este circo burdo erosiona la confianza en instituciones y líderes, profundizando el desencanto en un México que anhela autenticidad.

Hemos sido testigos de un evento no solo expone las grietas de Rojo de la Vega, Tortolero y su inexistente Consejo Nacional de la Nueva Derecha, sino que refuerza la convicción de que México necesita un conservadurismo genuino, uno que honre la fe como fuente de renovación social, no como herramienta de manipulación, mi oposición a esta hipocresía es absoluta y constante, porque creo en un camino donde la política se inspire en principios inmutables que promuevan la vida, la familia y la justicia para todos, urge rechazar estas farsas y exigir líderes que actúen con la coherencia que nuestra nación merece, antes de que lo sagrado se pierda por completo en el ruido de la ambición.