Cada año, las lluvias intensas regresan a la Ciudad de México como un recordatorio inexorable de la negligencia crónica de nuestras autoridades, parecen condenadas a repetir los mismos errores en un ciclo de ineptitud, desinterés por el bien común, en este agosto de 2025, la capital se ahoga en el caos habitual –calles transformadas en ríos turbulentos, familias atrapadas en sus hogares inundados, el aeropuerto internacional colapsado, vidas cotidianas trastornadas–, el problema se agrava con una intensidad que revela décadas de abandono institucional, como ciudadano conservador de esta urbe, me indigna profundamente ver cómo quienes deberían velar por nuestra seguridad, prosperidad actúan como si estas tormentas fueran una anomalía impredecible, en realidad son una constante anual que exige una respuesta responsable, previsora, inspirada en el respeto por la creación, la solidaridad con los más vulnerables, pero lo que más me enfurece es cómo esta catástrofe anual expone el fracaso rotundo de los 28 años de gestión supuestamente social de la izquierda, que desde 1997 ha prometido justicia para los pobres mientras deja a la ciudad vulnerable, ahogada en promesas vacías, corrupción disfrazada de progresismo.
Tomemos los hechos más recientes para ilustrar esta debacle, el domingo 10 de agosto, una tormenta histórica –catalogada como la más intensa de la temporada– activó alertas púrpuras en alcaldías como Cuauhtémoc, dejó el Aeropuerto Internacional de la Ciudad de México con operaciones paralizadas temporalmente, vialidades clave como el Circuito Interior, Avenida Oceanía, Francisco del Paso y Troncoso se convirtieron en lagunas urbanas intransitables, rescates de conductores atrapados en sus vehículos, edificios inundados por lodo, agua, pintan un panorama de desolación que se extendió al Metro, a viviendas en alcaldías como Venustiano Carranza, donde el desbordamiento del Gran Canal afectó calles, hogares, hoy mismo, 11 de agosto, las alertas continúan con naranja activada en alcaldías como Iztapalapa, Álvaro Obregón, Azcapotzalco, Gustavo A. Madero, otras, pronosticando más lluvias fuertes, granizo, vientos, las autoridades realizan censos para cuantificar daños, activar seguros, siempre de manera reactiva, desde mayo, las alertas amarillas, naranjas, rojas, púrpuras han sido la norma en demarcaciones como Iztapalapa, Coyoacán, Azcapotzalco, Milpa Alta, Tláhuac, Xochimilco, con pronósticos de granizo, vientos que se cumplen con precisión quirúrgica, acumulaciones que ya superan el promedio histórico en solo la mitad de la temporada, los puntos críticos de inundación se han multiplicado, evidencian una planificación inexistente, un drenaje obsoleto que colapsa ante el menor desafío, todo esto bajo el mando de gobiernos izquierdistas que han tenido casi tres décadas para invertir en infraestructura real, en lugar de derrochar en proyectos clientelares, populistas que benefician a unos pocos mientras los más humildes pagan el precio con su sufrimiento.
Esta crisis no es un fenómeno aislado de 2025, es el resultado de décadas de mala gestión urbana, falta de mantenimiento, abandono de la infraestructura hidráulica, convierten a la ciudad en un escenario constante de caos cada temporada de lluvias, recordemos cómo en años anteriores, eventos similares han paralizado la capital, inundaciones masivas afectaron miles de hogares, generaron daños millonarios, sin que se haya avanzado en soluciones estructurales como la modernización del sistema de drenaje, la contención de escurrimientos desde las sierras circundantes, los escurrimientos desde las montañas saturadas, como los que colapsaron la autopista México-Cuernavaca recientemente, no son un misterio divino, son una consecuencia previsible de suelos sobrecargados, ríos desbordados que nadie se esfuerza en mitigar con antelación, protocolos como el Tlaloque 2025, operativos de megadesazolve son esfuerzos loables en teoría, resultan parches tardíos, el mantenimiento preventivo de drenajes, coladeras, vialidades se ignora durante los meses secos, permite que la basura, el descuido obstruyan el flujo natural del agua, y esto es el legado vergonzoso de 28 años de izquierda al poder, que se jacta de ser “social” pero ha fallado estrepitosamente en proteger a los vulnerables, priorizando ideologías divisivas sobre el bien común, dejando que la corrupción, la ineficiencia burocrática devoren los recursos que deberían destinarse a obras duraderas, a una verdadera solidaridad que eleve la dignidad de todos.
Esta inacción no es un mero descuido administrativo, es una traición flagrante al bienestar colectivo, golpea con mayor dureza a los más humildes, vulnerables –aquellos en zonas bajas como Iztapalapa, Venustiano Carranza, donde las inundaciones no solo destruyen bienes materiales, ponen en riesgo la salud con aguas contaminadas que propagan enfermedades, interrumpen el acceso a servicios básicos, generan pérdidas económicas incalculables para familias que viven al día, imaginen el impacto en la economía local, comercios cerrados, trabajadores varados, transporte público colapsado, un aeropuerto que frena vuelos, afecta el turismo, el comercio en una ciudad que debería ser motor de prosperidad, ¿y las autoridades?, se limitan a emitir alertas de última hora –amarillas, naranjas, rojas, púrpuras–, a prometer censos, ayudas reactivas, ignoran la necesidad de una visión integral que incluya obras hidráulicas a largo plazo, sistemas de contención, incluso propuestas sensatas de la sociedad, como hacer obligatorio el home office en días de alerta torrencial para descongestionar las calles, proteger vidas, caen en oídos sordos, esta hipocresía de la izquierda, que durante 28 años ha monopolizado el poder con discursos de equidad, ha resultado en un abandono sistemático de los pobres, violando el principio de que el gobierno debe servir al pueblo con prudencia, fomentando en cambio una dependencia clientelar que no resuelve problemas de fondo, sino que perpetúa la miseria bajo un velo de falsa compasión.
Como conservador que valora la tradición, la prudencia, la responsabilidad personal, creo firmemente en un gobierno eficiente que fomente la iniciativa local, la rendición de cuentas, sin despilfarrar recursos en soluciones improvisadas que solo benefician a burocracias hinchadas, las lluvias no son un castigo inevitable, son un desafío que nos invita a demostrar sabiduría en el manejo de los recursos naturales, priorizando la protección de la vida, la dignidad de cada persona, el bien de las comunidades más necesitadas, ¿dónde está la visión de largo plazo que respete el orden natural, promoviendo una planificación urbana sostenible con inversión en infraestructuras resilientes, educación ciudadana para evitar obstrucciones, colaboración entre autoridades, vecinos, organizaciones locales?, en una sociedad que aspira a la verdadera justicia, deberíamos exigir que las autoridades actúen como buenos administradores, inviertan en prevención durante la sequía para evitar el sufrimiento en la tormenta, fomenten la solidaridad colectiva donde cada uno contribuya a mantener limpios los espacios comunes, en contraste con la izquierda que ha gobernado estos 28 años con un enfoque centralizador, estatista, que asfixia la iniciativa privada, comunitaria, dejando a la ciudad en ruinas hidráulicas mientras se enriquecen con contratos opacos, traicionando los ideales de un progreso auténtico basado en el esfuerzo compartido, el respeto mutuo.
Es inaceptable que las autoridades sigan escondiéndose detrás de excusas, comunicados vacíos, promesas de “meses más difíciles” por venir, sin un plan concreto para romper este ciclo vicioso, necesitamos un cambio radical, reforzar el drenaje profundo, promover reforestación en las sierras para reducir escurrimientos, involucrar a las comunidades en programas de mantenimiento local, exigir transparencia en el uso de fondos públicos para estas obras, si no actuamos ahora, demandando accountability, acciones preventivas que honren el legado de una capital resiliente, el próximo agosto –y los que sigan– nos encontrarán, como siempre, con los pies en el agua, la frustración en el alma, el peso de lo evitable sobre nuestras conciencias, basta de negligencia, es hora de que las autoridades dejen de jugar con el sufrimiento de la gente, actúen como verdaderos guardianes del bien común, guiados por principios eternos de responsabilidad, cuidado mutuo, y que la izquierda reconozca su fracaso abismal después de 28 años de poder absoluto, abriendo paso a un enfoque conservador que realmente priorice la familia, la comunidad, la prosperidad sostenible para todos.