La Fe: Mi Refugio, Mi Fuerza, Mi Camino
“La fe es la forma de poseer, ya desde ahora, lo que se espera, y de conocer las realidades que no se ven”, cada vez que escucho estas palabras, siento que algo en mi interior se enciende, como si una chispa se avivara en medio de la penumbra, no son solo una frase que resuena en mi alma, son un recordatorio constante de quién soy, de por qué sigo adelante, de cómo encuentro sentido en un mundo que a veces parece desmoronarse, mi fe no es un concepto abstracto ni una idea que guardo en un rincón de mi mente, es mi ancla, mi brújula, mi fuerza para levantarme cada mañana y caminar hacia lo que aún no veo, pero que siento con una certeza más profunda que cualquier prueba tangible.
Poseer lo que Espero
Cuando pienso en “poseer, ya desde ahora, lo que se espera”, me veo a mí mismo en esos momentos en los que la vida me ha puesto a prueba, recuerdo noches largas, sentado en la penumbra de mi cuarto, con el peso de decisiones que parecían imposibles, hace unos años, cuando perdí un trabajo que amaba, sentí que el suelo se abría bajo mis pies, no había garantías, no había un plan claro, solo una voz interior que me decía: “Confía, sigue adelante”, mi fe me permitió aferrarme a la esperanza de un nuevo comienzo, aunque no podía verlo, cada currículum que envié, cada conversación que tuve, cada oración que susurré fue un acto de posesión: estaba reclamando un futuro que aún no existía, pero que sentía mío.
Esa certeza no era ciega, no era una negación de la realidad, sino una manera de transformarla, mi fe me enseñó a vivir como si la luz ya estuviera al final del túnel, incluso cuando todo a mi alrededor era oscuridad y poco a poco, la vida respondió, encontré un nuevo camino, no porque todo se resolviera mágicamente, sino porque mi fe me dio la fuerza para construirlo, cada paso fue un acto de confianza, un modo de poseer esa esperanza antes de que se materializara, hoy cuando miro atrás, entiendo que mi fe no solo me sostuvo, me permitió ser co-creador de mi propio destino, guiado por una certeza que iba más allá de lo que mis ojos podían ver.
Conocer lo Invisible
La idea de “conocer las realidades que no se ven” me ha cambiado la forma de mirar el mundo, no siempre he sido bueno para confiar en lo que no puedo tocar o medir, como muchos, he caído en la trampa de buscar pruebas, de querer controlar cada detalle, pero mi fe me ha abierto los ojos a lo que realmente importa: esas verdades que no se ven en una pantalla o en un balance financiero, pero que siento en lo más profundo de mi ser, el amor de mi familia, la bondad de un desconocido, la certeza de que cada persona lleva en sí una chispa sagrada –esas son las realidades que mi fe me ha enseñado a conocer.
Recuerdo una vez, en un mercado abarrotado de mi ciudad, cuando vi a una anciana vendiendo flores, sus manos temblorosas y su sonrisa cansada me hablaron de una vida de lucha, pero también de una fuerza que no se veía a simple vista, me detuve, compré unas flores, hablamos un rato, no resolví sus problemas, pero en ese instante sentí que compartíamos algo más grande: una conexión humana, una certeza de que, a pesar de todo, la bondad sigue viva, mi fe me llevó a ese momento, me ayudó a ver más allá de lo evidente, a reconocer la dignidad de esa mujer como un reflejo de algo eterno.
Esa misma fe me ha empujado a comprometerme con los demás, creo que todos estamos llamados a cuidar el mundo que compartimos, a proteger a los más vulnerables, a trabajar por un lugar donde nadie sea olvidado, no siempre veo los frutos de mis esfuerzos –las noticias a veces me abruman con historias de injusticia– pero mi fe me asegura que cada pequeño gesto cuenta, cada vez que ayudo a un vecino, que participo en una causa justa, que planto un árbol o simplemente escucho a alguien que lo necesita, estoy conociendo esas realidades invisibles: el amor, la justicia, la esperanza que sostienen la vida.
La Valentía de Creer
Mi fe no es una escapatoria, es mi mayor acto de valentía, creer en lo que no veo me ha obligado a enfrentar mis miedos, a caminar por senderos inciertos, a desafiar las voces que me dicen que no vale la pena, hubo un tiempo en que dudé de todo: de mí mismo, de los demás, incluso de esa presencia amorosa que siempre he sentido a mi lado, pero en esos momentos de duda, mi fe se convirtió en mi refugio, no porque me diera respuestas fáciles, sino porque me dio el coraje para seguir preguntando, para seguir buscando, para seguir caminando.
Hace poco, tomé una decisión que muchos consideraron arriesgada: dejar la comodidad de lo conocido para seguir un sueño que sentía como un llamado, no tenía un mapa claro, solo una certeza interior de que ese era mi camino, cada paso fue un salto al vacío, pero mi fe me sostuvo, oré, reflexioné, hablé con personas que amo y poco a poco el camino se fue aclarando, no fue fácil y aún hay días en los que me pregunto si tomé la decisión correcta, pero mi fe me recuerda que no estoy solo, que hay una fuerza mayor que me guía, que cada esfuerzo, por pequeño que parezca, es parte de un plan más grande que Dios tiene para mi.
Esta valentía también se refleja en cómo trato de vivir para los demás, creo que mi fe me llama a ser un instrumento de paz, a construir un mundo donde todos tengan un lugar, esto significa defender la dignidad de cada persona, cuidar la tierra que nos sostiene, trabajar por una comunidad donde el amor y la justicia sean la base, no siempre veo resultados inmediatos, pero mi fe me asegura que cada acción, cada palabra, cada gesto de bondad es una semilla que germinará, aunque yo no esté ahí para verlo.
Mi Fe en un Mundo Roto
Vivo en un mundo que a veces parece roto, las noticias están llenas de división, de dolor, de promesas vacías, es fácil caer en la desesperanza, en la tentación de cerrar el corazón y enfocarme solo en mí mismo, pero mi fe no me lo permite, me recuerda que estoy llamado a algo más grande, a vivir con un propósito que trasciende las modas y los titulares, me enseña a buscar la paz verdadera, no la que ofrece el mundo con sus soluciones rápidas, sino la que nace del amor, de la verdad, de la entrega, de Dios.
Mi fe me ha ayudado a resistir la tiranía de lo inmediato, en un mundo que me empuja a buscar gratificación instantánea, me invita a cultivar la paciencia, a confiar en que lo mejor lleva tiempo, me ha enseñado a valorar lo que no se ve: la sonrisa de un niño, la gratitud de un amigo, la belleza de un amanecer, me ha mostrado que el verdadero éxito no está en lo que acumulo, sino en lo que comparto, en cómo amo, en cómo sirvo.
Mi Puente hacia lo Eterno
Para mí, la fe es un puente que me conecta con algo más grande, es el lazo que une mi presente con el futuro, mis limitaciones con lo infinito, cada día, cuando me levanto, siento que mi fe me llama a construir ese puente, a dar un paso más hacia lo que espero, hacia lo que sé que es real aunque no lo vea, ese puente no está libre de tormentas, hay días en los que el viento sopla fuerte, en los que la duda me hace tambalear, pero mi fe me sostiene, me recuerda que no camino solo, que hay una presencia amorosa que me guía, que me llama a ser luz en la oscuridad.
Creo que esta fe no es solo mía, es un regalo que comparto con todos los que buscan sentido, con los que sueñan con un mundo mejor, es una invitación a vivir con el corazón abierto, a confiar en que el amor, la justicia y la bondad son más fuertes que cualquier oscuridad, mi fe no me promete un camino sin espinas, pero me da la certeza de que, incluso en la noche más oscura, hay una luz que nunca se apaga y mientras sigo caminando, con mi fe como compañera, sé que lo que espero ya es mío y lo que no veo es más real de lo que jamás imaginé.