Reflexiones sobre el Tesoro Verdadero, la Responsabilidad Cristiana en Todos los Ámbitos de la Vida
Como hombre de fe arraigado en las verdades eternas que han guiado a generaciones, no puedo sino profundizar en la meditación del Evangelio según San Lucas, capítulo 12, versos 32 al 48, especialmente en estos días de agosto de 2025, donde el mundo parece acelerarse hacia un futuro incierto, lleno de desafíos económicos, morales y sociales que ponen a prueba nuestra fidelidad, “No temas, pequeño Rebaño, porque el Padre de ustedes ha querido darles el Reino”, nos asegura el Señor, estas palabras me llenan de una esperanza inquebrantable, recordándome que, en medio de las crisis globales –como las tensiones geopolíticas que vemos en las noticias o la creciente desigualdad que afecta a tantas familias–, nuestro Padre celestial nos ha destinado a una herencia que trasciende todo lo temporal, es un llamado a confiar en su providencia, a no dejarnos paralizar por el miedo que el mundo siembra, sino a abrazar esa promesa con la serenidad de quien sabe que el Reino no es de este mundo, sino un don divino que se construye día a día en el corazón.
En mi vida cotidiana, he experimentado cómo este pasaje nos impulsa a un desapego radical de las posesiones materiales, “Vendan sus bienes y dénlos como limosna, háganse bolsas que no se desgasten y acumulen un tesoro inagotable en el cielo, donde no se acerca el ladrón ni carcome la polilla”, continúa el texto, aquí veo una invitación profunda a priorizar la generosidad sobre la acumulación egoísta, pienso en las familias conservadoras como la mía, donde hemos aprendido a compartir con los necesitados no como un acto ocasional, sino como un estilo de vida que fortalece la comunidad, en estos tiempos, con la inflación que azota a muchos hogares y la precariedad laboral que deja a tantos al margen, esta enseñanza resuena con fuerza: el verdadero tesoro no está en cuentas bancarias o propiedades que pueden perderse en un instante, sino en las obras de caridad que perduran eternamente, he visto en mi propia parroquia cómo donar tiempo y recursos a los pobres, no solo alivia el sufrimiento ajeno, sino que purifica el alma propia, alineándola con un orden moral que valora la solidaridad por encima del individualismo rampante de la sociedad moderna, ¿dónde ponemos nuestro corazón?, si lo depositamos en el cielo, estaremos libres de las ansiedades que devoran a quienes confían solo en lo visible, recordándonos que la verdadera riqueza se mide en la capacidad de amar y servir.
Pero el Evangelio va más allá del desapego, nos exhorta a una vigilancia activa y constante, como si fuéramos siervos esperando el regreso de su señor, “Estén preparados, ceñidos y con las lámparas encendidas, como hombres que esperan a su señor cuando vuelve de la boda, para abrirle en cuanto llegue y llame”, nos dice, en mi reflexión personal, esto evoca la necesidad de vivir en un estado perpetuo de alerta espiritual, siempre dispuestos para el encuentro con Cristo, en un mundo que promueve la comodidad y el relativismo –donde las distracciones digitales y el hedonismo diluyen los valores tradicionales–, esta advertencia es un baluarte conservador contra la apatía, recuerdo las noches de oración en familia, donde inculcamos a los hijos la disciplina de la vigilia interior, preparándonos no solo para el juicio personal, sino para ser testigos en una sociedad que parece olvidar sus raíces, el Señor vendrá “a la hora menos pensada” y ¡felices aquellos siervos a quienes encuentre velando!, imagino a las comunidades fieles que, en medio de las tormentas culturales de 2025 –como los debates sobre la familia y la vida–, mantienen encendidas sus lámparas mediante la oración diaria, el ayuno y el cumplimiento de los deberes cotidianos, esta vigilancia no es un miedo paralizante, sino una alegría expectante, que nos hace vivir cada momento con propósito, sabiendo que el regreso del Señor transformará todo.
La parábola del administrador fiel amplía esta enseñanza, invitándonos a una responsabilidad que se extiende a todos los ámbitos de la vida, “¿Quién es el administrador fiel y previsor, a quien el señor pondrá al frente de su personal para darles la ración de trigo en el momento oportuno?”, pregunta el Señor, para mí, esto habla de la custodia responsable que se nos confía: en el hogar, como padres que educan en la virtud, en el trabajo, como empleados honestos que rechazan la corrupción, en la sociedad, como ciudadanos que defienden el bien común, al que se le dio mucho, mucho se le pedirá, esta verdad inmutable nos obliga a actuar con integridad, especialmente aquellos que hemos recibido la gracia de conocer la voluntad divina, en mi experiencia, he observado cómo, en tiempos de crisis como los actuales –con escándalos éticos en la política y la economía–, los fieles administradores se convierten en ejemplos vivientes: el padre de familia que sacrifica por sus hijos, el empresario que prioriza el empleo digno sobre el lucro desmedido o el voluntario que cuida de los ancianos abandonados, por el contrario, el siervo negligente –aquel que golpea a los compañeros, come y bebe en exceso o descuida sus deberes– enfrentará un juicio severo, cortado en pedazos y puesto entre los infieles, incluso aquellos que actúan en ignorancia reciben corrección, pero con una misericordia que nos enseña a guiar con paciencia a los extraviados, educándolos en el camino recto sin condenarlos prematuramente, como hombre de fe que valora el orden justo y la responsabilidad en todos los niveles de la sociedad, no puedo dejar de aplicar la figura del administrador fiel de este Evangelio a la esfera del gobierno, donde los líderes son llamados a ser custodios de los bienes comunes que pertenecen al pueblo, en mi experiencia, he visto cómo los gobernantes que actúan con fidelidad –dando la ración de trigo en el momento oportuno, como dice el Señor– se convierten en verdaderos servidores, priorizando el bien de las familias, la protección de la vida y la estabilidad social por encima de intereses personales o ideologías pasajeras, pienso en aquellos funcionarios que administran los recursos públicos con integridad, rechazando la corrupción que tanto daño hace a las naciones y enfocándose en políticas que fomenten la prosperidad compartida, como reducir impuestos para que las familias conserven lo que ganan con su esfuerzo o promover leyes que defiendan los valores tradicionales que sostienen la sociedad, al que se le dio mucho, mucho se le pedirá y en el gobierno esto significa que los elegidos para liderar deben rendir cuentas no solo ante el pueblo, sino ante una autoridad superior que juzga con justicia eterna, he observado en tiempos como estos de 2025, con crisis económicas y morales acechando, cómo los administradores negligentes –aquellos que despilfarran el erario en proyectos ideológicos o que golpean a los más débiles con regulaciones opresivas– terminan dividiendo la nación, poniéndose entre los infieles que no merecen la confianza depositada en ellos, por el contrario, el líder fiel vela por el bien común, asegurando que la educación forme ciudadanos virtuosos, que la economía respete la dignidad del trabajo y que la justicia se aplique con equidad, sin favoritismos, en mi vida, uniéndome a comunidades conservadoras, hemos apoyado a gobernantes que viven esta fidelidad, viendo cómo sus decisiones construyen un orden social piadoso, donde la subsidiariedad permite que las familias y las localidades resuelvan sus asuntos sin interferencias excesivas del estado y la solidaridad asegura que nadie quede atrás, pero siempre con la disciplina de la responsabilidad personal, este pasaje me inspira a orar por nuestros líderes, para que sean como ese administrador previsor, listos para el regreso del Señor, administrando no para gloria propia, sino para el Reino que se manifiesta en una gobernanza recta y humilde.
Profundizando aún más, este pasaje me inspira a considerar las implicaciones sociales de estas palabras, en un mundo donde la desigualdad crece y los débiles son marginados, el llamado a la limosna y la vigilancia se traduce en una defensa activa de la justicia: apoyar políticas que protejan la vida desde la concepción hasta la muerte natural, promover la educación integral que forme caracteres sólidos y fomentar economías que respeten la dignidad humana, he vivido momentos en los que, uniéndome a movimientos conservadores, hemos abogado por estas causas, viendo cómo la fe no es solo privada, sino un fermento para una sociedad ordenada y piadosa, el Reino que el Padre nos da no es abstracto, se construye en lo concreto, en la caridad que alivia el hambre, en la vigilancia que denuncia la injusticia, y en la responsabilidad que edifica comunidades estables.
En última instancia, este Evangelio me llena de un deseo ardiente por Cristo, ese amor que da sentido a toda existencia y nos impulsa a vivir con el corazón orientado al cielo, que ejemplos como los de los santos –aquellos que siguieron a Cristo en la pobreza voluntaria, la vigilancia constante y la administración fiel– nos guíen en nuestro caminar, así, cuando llegue la hora inesperada, estaremos listos para abrir la puerta al Señor, recibiendo con gozo la herencia eterna que nos ha prometido y contribuyendo a un mundo que refleje, aunque imperfectamente, la gloria de su Reino, así contribuyendo a una sociedad que refleja la gloria divina, aunque imperfectamente, en el aquí y ahora.