Abascal, Fox y el olvido de las raíces sinarquistas
Como un mexicano que lleva en el corazón la defensa de un orden social justo, donde la dignidad de cada persona y el bien común prevalezcan sobre el caos individualista o el materialismo opresor, siento un fuego que no se extingue al reflexionar sobre Carlos María Abascal Carranza y su respaldo a Vicente Fox en 2000, pero más allá de su trayectoria, lo que me lacera el alma es la gran infidelidad del Partido Acción Nacional (PAN): el abandono intencional de sus raíces sinarquistas, un error que ha allanado el camino a su ruina, culminando en el desastre electoral de 2024, permíteme adentrarme en esta tragedia, entretejiendo la vida de Abascal con la caída del PAN, desde la perspectiva de quien ve en estos ideales no solo política, sino un llamado a construir una sociedad armónica, donde el trabajo dignifique al hombre, la familia sea el pilar y la nación refleje un orden superior.
Crecí en un México donde el PRI reinaba como un tirano inamovible y el sinarquismo, aunque silenciado en las plazas, seguía siendo un faro: una visión de patria donde la autoridad sirva al bien de todos, protegiendo la propiedad como fruto del esfuerzo humano y rechazando tanto el egoísmo liberal como la tiranía colectivista que despoja al trabajador de su dignidad, Carlos Abascal, nacido en 1949, fue heredero directo de Salvador Abascal, el visionario que en 1937 creó la Unión Nacional Sinarquista (UNS) para combatir el secularismo de Lázaro Cárdenas y sus reformas que sembraban división, priorizando un orden donde la colaboración entre clases eleve a la sociedad entera, la UNS, con cientos de miles de almas movilizadas en los 40, anhelaba una estructura jerárquica que honrara la ley natural, inspirada en modelos que unían fe y nación contra el desorden, Carlos absorbió esa esencia: su tesis de 1973 en la Escuela Libre de Derecho denunciaba la democracia como una ilusión manipuladora, un eco de su padre que veía en el materialismo –sea capitalista o comunista– una amenaza a la integridad del hombre.
Sin embargo, el Abascal que apoyó a Fox había evolucionado, no por debilidad, sino por una comprensión práctica de cómo servir al bien común en un mundo caído, de humilde mensajero en Afianzadora Insurgentes ascendió a director, aprendiendo que el trabajo no es solo ganancia, sino un medio para el desarrollo integral de la persona y presidente de la COPARMEX en los 90, promovió una “Nueva Cultura Laboral” que buscaba reconciliar a empresarios y obreros en un marco de solidaridad, donde el salario justo y el respeto mutuo prevalezcan sobre la explotación, reconociendo que la economía debe servir al hombre, no al revés, cuando Fox, el ranchero pragmático del PAN, surgió en 2000 ofreciendo romper las cadenas del PRI tras siete décadas de dominio, Abascal vio una oportunidad para avanzar un México donde la subsidiariedad –la acción desde lo local y lo personal– derrote al centralismo opresor, Fox, con su discurso de cambio, prometía defender la familia y la propiedad, valores que resuenan con un orden donde cada uno contribuya al todo sin perder su libertad.
¿Por qué respaldó a Fox? Creo que fue un acto de esperanza en una sociedad más justa, donde el poder se ejerza con responsabilidad moral, influido por pensadores panistas como Rafael Preciado Hernández, que armonizaban la fe con la participación cívica, Abascal entendió que la vía electoral era un medio legítimo para restaurar la dignidad nacional, la UNS, aplastada por la represión en los 50 y dividida internamente, ya no podía unir a las masas como antaño, el PAN al incorporar a exsinarquistas, parecía el puente, como Secretario del Trabajo (2000-2005), Abascal impulsó la “Ley Abascal”, una reforma que, pese a las críticas sindicales por supuestamente favorecer a los patrones, buscaba un equilibrio donde el trabajo sea visto como vocación humana, protegiendo al débil sin asfixiar la iniciativa, en Gobernación (2005-2006), navegó la crisis de 2006 con firmeza, defendiendo un proceso electoral que honrara la voluntad popular, mientras combatía amenazas al orden moral como el aborto y el relativismo cultural –su controversia con Aura de Carlos Fuentes, que rechazó para su hija por su inmoralidad, muestra su compromiso con la educación en valores eternos, apoyo a Fox porque veía en el PAN un instrumento para promover una solidaridad auténtica, donde el gobierno sirva al pueblo sin usurpar su rol, su biografía, retratada por María Luisa Aspe, lo muestra como un hombre que integraba fe y acción, sirviendo al bien común con coherencia.
Pero aquí radica el pecado mortal: el PAN, al asimilar el sinarquismo, lo desvirtuó, este olvido deliberado de sus raíces –un rechazo a la visión de una sociedad orgánica, donde la autoridad defienda la dignidad y el bien común contra el individualismo y el estatismo– ha sido el veneno de su debacle, fundado en 1939 por Manuel Gómez Morín, el PAN emergió como refugio conservador católico, atrayendo a sinarquistas desencantados en los 50, cuando la UNS sucumbió a la persecución y las divisiones, no obstante, desde los 80 con figuras como Manuel Clouthier, el partido viró al neoliberalismo, priorizando el mercado libre y tratados como el TLCAN que subordinan la soberanía al lucro, olvidando que la economía debe subordinarse al hombre y a la justicia social, cambios eclesiales como el Concilio Vaticano II abrieron puertas al diálogo con el mundo, pero también sin quererlo diluyeron el catolicismo combativo, empujando al PAN a un conservadurismo tibio, atractivo para élites pero ajeno al pueblo, al triunfar Fox en 2000, el PAN ya no encarnaba los ideales sinarquistas de un orden jerárquico que proteja la familia y la nación, sino un pragmatismo que coquetea con el globalismo y el secularismo, ignorando la solidaridad con los marginados.
La ruina del PAN, sellada en 2024, es el fruto amargo de esta infidelidad, en esas elecciones, la alianza “Fuerza y Corazón por México” (PAN, PRI, PRD) fue aniquilada por Morena, que con Claudia Sheinbaum capturó el 59% de los votos presidenciales, 7 de 9 gubernaturas y mayorías legislativas, el PAN solo conservó reductos, perdiendo incluso en feudos conservadores, ¿Por qué esta caída? porque aliándose con el PRI –símbolo de corrupción y anticlericalismo, antagonista histórico de los sinarquistas– traicionó su misión de defender un orden moral, porque tolerando agendas “moderadas” (como posturas ambiguas sobre temas que erosionan la familia o priorizando el mercado sobre la comunidad) alejó a sus bases, herederas del fervor sinarquista que buscaba un bien común inclusivo, porque, como alertó Luis H. Álvarez en los 80, se tornó elitista y burocrático, desconectado del pueblo que la UNS movilizó en pos de justicia, un examen histórico lo expone: el sinarquismo rechazaba tanto el capitalismo deshumanizado como el marxismo, que el PAN diluyó en un conservadurismo vacío, incapaz de rivalizar con el populismo de Morena.
Abascal, al unirse a Fox, fue testigo y partícipe de esta deriva, creyó inyectar al PAN un sentido de solidaridad y dignidad laboral, pero el partido usó su integridad como fachada mientras abrazaba el neoliberalismo, su “Ley Abascal” fue tildada de proempresarial y su defensa moral chocó con un México cada vez más relativista, al morir en 2008, dejó un legado de coherencia, pero no de transformación radical, hoy en 2025, el PAN es un fantasma: sin la pasión de la UNS, sin un compromiso firme con el bien común, reducido a una oposición inerte, la debacle de 2024 no es meramente política; es una crisis del espíritu, al descartar deliberadamente el sinarquismo –su rechazo al desorden moderno, a su anhelo de una patria donde la fe guíe la justicia–, el PAN extravió su vocación.
Y ahora en este 2025 que nos encuentra aún lamiendo las heridas de las elecciones judiciales de junio –un proceso inédito y controvertido que Morena impulsó para reformar el Poder Judicial, donde el PAN rechazó las iniciativas y advirtió riesgos para la estabilidad, pero sin lograr frenar el dominio oficialista–, reflexiono sobre el hoy del PAN y cómo enfrentará las próximas elecciones si su cúpula directiva ha dejado afuera toda reminiscencia sinarquista, el partido, debilitado y fragmentado tras el triunfo avasallador de Morena en 2024, se encuentra en una oposición minoritaria, con líderes como Jorge Romero anunciando “ofensivas” contra el oficialismo y adelantando proselitismo para las intermedias de 2027, donde se renovará la Cámara de Diputados, pero sin esas raíces que enfatizaban la solidaridad orgánica, la defensa de la dignidad humana en todos los estratos y un orden que prioriza el bien común sobre el pragmatismo elitista, el PAN enfrentará estos retos como un barco a la deriva, su cúpula, cada vez más desconectada de las bases conservadoras que anhelan un México donde la autoridad sirva al pueblo y no al poder efímero, repetirá errores: alianzas oportunistas que diluyen su identidad, campañas vacías de pasión moral y una incapacidad para movilizar a los marginados por el centralismo morenista, si no recupera ese espíritu de colaboración jerárquica y rechazo al desorden, las elecciones de 2027 –y peor aún, las presidenciales de 2030– lo verán aún más marginado, incapaz de ofrecer una alternativa que eleve la sociedad entera en lugar de dividirla, es un camino hacia la irrelevancia, a menos que regrese a honrar la dignidad de cada mexicano en un marco de justicia verdadera.
Me duele evocar a Abascal, un hombre que buscó servir a México con rectitud, atrapado en un partido que deshonró su herencia, ojalá en sus postreros días recibiendo un doctorado honoris causa en la universidad Anáhuac, haya hallado paz en su esfuerzo, pero yo, desde mi convicción, lo afirmo: sin esas raíces –fe, orden, nación al servicio del hombre– el PAN es un susurro efímero yen poco tiempo la oscuridad sera completa.