La Verdadera Revolución Democrática que México Merece
Arraigado en los valores que nos han sostenido a lo largo de la historia, la dignidad de cada persona, el respeto por la familia, la comunidad y el compromiso con el bien común, veo con claridad que nuestro país clama por una transformación profunda. No se trata de parches o reformas superficiales que perpetúen los mismos vicios, sino de una revolución democrática auténtica, pacífica y radical, que honre la capacidad de cada ciudadano para contribuir al destino colectivo. Hemos soportado demasiado tiempo un sistema que, en lugar de servir al pueblo, lo somete a estructuras que priorizan el poder centralizado y los intereses egoístas, es hora de reconocer que México necesita un renacimiento total, un inicio desde cero que ponga al ciudadano en el corazón de todo, reconociendo su rol insustituible en la construcción de una sociedad justa y solidaria.
Permítanme ser claro, para evitar cualquier malentendido: no propongo simplemente “quitar” los órganos electorales o los partidos políticos como un acto de destrucción caprichosa, eso sería irresponsable y contrario a la prudencia que nos enseña la experiencia humana, lo que defiendo es una refundación completa, un desmantelamiento ordenado y deliberado del sistema actual para edificar uno nuevo sobre cimientos firmes y puros, imaginemos este proceso como el de un agricultor que, al ver su campo infestado de maleza que ahoga las raíces sanas, decide arar la tierra entera, remover lo que impide el crecimiento y sembrar de nuevo con semillas vigorosas, no se elimina por eliminar, sino para permitir que brote algo mejor, algo que respete la naturaleza orgánica de nuestra sociedad: comunidades vivas, familias unidas y personas responsables que se ayudan mutuamente.
El sistema electoral vigente, con sus instituciones burocráticas y partidos dominantes, ha fallado en su esencia, ha convertido la democracia en un espectáculo de divisiones artificiales, donde el dinero y las alianzas ocultas dictan el curso, en detrimento de las necesidades reales de la gente. ¿Cuántas veces hemos visto cómo los órganos electorales, en teoría independientes, se ven atrapados en redes de influencia que socavan la confianza pública? ¿O cómo los partidos, que deberían ser vehículos de ideas nobles, se transforman en maquinarias clientelares que premian la lealtad por encima de la virtud y el servicio? Esta estructura centralizada aleja las decisiones del nivel más cercano a la vida cotidiana, violando el principio de que el poder debe fluir desde la base, desde las personas que conocen de primera mano los desafíos de sus barrios, pueblos y regiones, en lugar de fomentar la participación genuina, genera apatía y cinismo, dividiendo a la sociedad en facciones que olvidan el bien mayor.
Por eso, la reforma debe partir de la eliminación total de este marco obsoleto, no como un fin en sí mismo, sino como el primer paso hacia una refundación inspirada en el ciudadano común, iniciar desde cero significa volver a las raíces: reconocer que cada hombre y mujer, creados con una dignidad inherente, tiene el derecho y el deber de involucrarse directamente en la gobernanza, sin intermediarios que diluyan su voz, en este nuevo sistema, el punto de partida sería la persona en su contexto más inmediato, la familia, la comunidad local, donde las decisiones se toman con proximidad y responsabilidad, estableciendo asambleas de base, en cada colonia, municipio o ejido, donde los ciudadanos elijan a sus representantes de manera directa, basada en el conocimiento personal de su integridad, su dedicación al trabajo honesto y su compromiso con el bienestar colectivo, estos delegados serían revocables en cualquier momento si fallan en su misión, asegurando que el poder permanezca siempre bajo la responsabilidad del pueblo.
Imaginemos los detalles de esta refundación: nada de listas cerradas o cuotas partidistas que imponen candidatos desconectados de la realidad, en su lugar, mecanismos que promuevan la subsidiariedad natural, donde los problemas se resuelvan lo más cerca posible de quienes los viven, consultas vinculantes en temas locales, como la educación de los hijos, la seguridad de las calles o el cuidado del medio ambiente, permitirían que cada voz cuente sin filtrarse a través de agendas nacionales impersonales, la tecnología podría ayudar, con plataformas seguras y transparentes para votaciones digitales, pero siempre complementadas por encuentros presenciales que fortalezcan los lazos humanos y eviten la frialdad de lo virtual y en el ámbito nacional, las elecciones se estructurarían como una pirámide ascendente: representantes locales eligen a los regionales y estos a los federales, asegurando que el flujo de autoridad nazca de abajo hacia arriba, reflejando la solidaridad orgánica de nuestra nación.
Esta aproximación no ignora los riesgos, al contrario, los anticipa con sabiduría, habrá quienes teman que, sin las instituciones actuales, surja el desorden o la manipulación externa, pero respondo que el verdadero orden surge de comunidades fuertes y virtuosas, no de torres burocráticas distantes, al refundar desde cero, fomentaríamos una cultura de responsabilidad personal y mutua, donde la educación cívica, inspirada en valores perennes como la honestidad, el respeto y el servicio, prepare a cada ciudadano para su rol, esto fortalecería la familia como núcleo de la sociedad, promoviendo una democracia que no solo elija líderes, sino que cultive líderes en cada hogar, además, al eliminar las barreras partidistas, abriríamos espacio para que emergan voces diversas pero unidas en el bien común, reduciendo las polarizaciones que tanto daño nos han causado.
En este contexto, no puedo dejar de pensar en el liderazgo actual de nuestra nación, si verdaderamente la presidenta Claudia Sheinbaum tiene una vocación democrática profunda, este es el camino a seguir: no reformas parciales que ajusten el sistema existente, sino una refundación audaz que empodere directamente al ciudadano y reconstruya desde las bases, su compromiso con consultar a la ciudadanía es un paso en la dirección correcta, pero para honrar una auténtica vocación democrática, debe ir más allá, abrazando la eliminación total del marco actual y fundando uno nuevo que priorice la dignidad y la participación directa de cada persona, solo así demostrará un compromiso genuino con el pueblo, elevando la voz de las familias y comunidades por encima de cualquier estructura intermediaria.
En última instancia, esta revolución democrática sería un acto de justicia restaurativa, que devuelve el poder a quienes lo merecen: el pueblo mexicano, con su rica herencia de resiliencia y generosidad, no es un sueño utópico, sino una llamada práctica a actuar con coraje y prudencia, priorizando el futuro de nuestras generaciones sobre las comodidades del statu quo, creo firmemente que, al refundar nuestro sistema electoral desde el ciudadano, México no solo sanará sus heridas políticas, sino que florecerá como una nación donde cada persona contribuya a un tapiz de prosperidad compartida, es tiempo de avanzar con fe en lo que somos capaces de lograr juntos, construyendo un legado digno de nuestra historia y de nuestras aspiraciones.