Hoy, profundizando aún más en mi reflexión sobre cada domingo, incorporo una mirada crítica hacia la política en México, como conservador que soy, veo en esta parábola del SantonEvangelio no solo una advertencia personal contra la codicia, sino un llamado urgente a examinar cómo las estructuras sociales y políticas de nuestro país fomentan o perpetúan un sistema que prioriza el acumular bienes materiales por encima de la dignidad humana y el bien común, todo esto, sin olvidar que nuestra vida es un don pasajero, y que lo que verdaderamente perdura es cómo vivimos en relación con Dios y con los demás.
Recordemos el pasaje: un hombre pide a Jesús que intervenga en una herencia familiar, pero Él responde con una advertencia contra toda forma de avaricia, afirmando que la vida no depende de la abundancia de posesiones, luego, la parábola del rico insensato: un hombre cuya tierra produce en abundancia decide derribar sus graneros para construir otros más grandes, planeando disfrutar de sus bienes por muchos años, pero esa misma noche, Dios le reclama el alma, preguntándole para quién quedará todo lo acumulado, es una lección demoledora: la riqueza sin Dios y sin consideración por el prójimo es ilusión vana, un castillo de arena ante la inevitabilidad de la muerte.
En México, esta enseñanza resuena con fuerza en un panorama marcado por profundas desigualdades, somos una nación bendecida con recursos naturales, historia y fe, pero también azotada por la pobreza extrema, la violencia y la corrupción que parecen enquistadas en el tejido social, el rico insensato podría ser el espejo de muchos que, en su afán por acumular, ignoran que sus bienes podrían servir para aliviar el sufrimiento ajeno, pero vayamos más allá: esta parábola me invita a criticar la política actual, que en tantos aspectos parece promover precisamente esa mentalidad egoísta y materialista que Jesús condena y me lleva a reflexionar sobre por qué nunca tenemos políticos que llamen la atención por hacer el bien, aquellos que brillen por su integridad y servicio desinteresado, en cambio, siempre parecen tener sobre sí la sombra de la riqueza mal habida y la corrupción de sus conciencias, quizá porque el sistema político, alejado de principios morales eternos, atrae a quienes buscan poder como un fin en sí mismo, no como un medio para el bien común, en un entorno donde la ambición personal se disfraza de ideales y donde la ausencia de una formación espiritual sólida permite que la tentación de la codicia domine, convirtiendo a los líderes en modernos ricos insensatos que acumulan no solo bienes, sino influencias y privilegios a costa del pueblo, olvidando que un día se les pedirá cuentas por cómo usaron su autoridad, esta realidad nos duele como mexicanos, porque revela una desconexión profunda con los valores que nos definen: la honestidad, la solidaridad y el respeto a lo sagrado, valores que, si se vivieran auténticamente, generarían líderes que inspiran por su rectitud, no por sus escándalos.
Pienso, por ejemplo, en cómo ciertas políticas gubernamentales, bajo el pretexto de “progreso” o “redistribución”, en realidad perpetúan un ciclo de dependencia y clientelismo que no resuelve las raíces de la pobreza, en lugar de fomentar la iniciativa personal, el trabajo digno y la familia como pilares de la sociedad —valores que considero esenciales para una nación fuerte y moral—, se opta por programas asistencialistas que, si bien ayudan en lo inmediato, no forman personas autónomas ni promueven la verdadera justicia, esto me recuerda al rico que acumula para sí mismo: ¿no es similar cuando el Estado se erige como el gran “acumulador” de recursos, prometiendo seguridad futura a cambio de lealtades políticas, pero olvidando que la verdadera riqueza de un pueblo radica en su virtud, en su fe y en su capacidad para crecer en libertad?
Además, no puedo dejar de criticar la corrupción rampante que infecta a todos los niveles de la política mexicana, líderes que prometen cambio, pero que en la práctica acumulan poder y riquezas personales, construyendo “graneros” de influencia y dinero ilícito, mientras el pueblo sufre, ¿cuántos políticos, como el insensato del Evangelio, planean su retiro en opulencia, ignorando que un día se les pedirá cuentas no solo ante la ley humana, sino ante Dios? Esta corrupción no es solo un fallo individual, es un sistema que ha sido tolerado y hasta incentivado por ideologías que priorizan el poder estatal sobre la subsidiariedad, donde las comunidades locales y las familias deberían ser las primeras en resolver sus problemas, con el Estado como apoyo, no como controlador absoluto.
Desde mi perspectiva conservadora, veo con preocupación cómo políticas que promueven el secularismo agresivo o la disolución de valores tradicionales —como el respeto a la vida desde la concepción, el matrimonio natural y la educación enraizada en principios morales— alejan a México de su herencia católica, que ha sido fuente de cohesión y esperanza, en lugar de eso, se fomenta una cultura del “yo primero”, donde el aborto se presenta como “derecho”, la familia se redefine caprichosamente y la economía se somete a agendas globales que benefician a elites transnacionales, no al mexicano común, esto es el colmo de la insensatez: acumular “progresos” materiales o ideológicos que dejan el alma vacía, ignorando que, como dice el Evangelio, lo que hemos juntado ¿para quién será si no lo orientamos hacia el bien eterno?
En este contexto, la parábola nos urge a una política diferente: una que valore la propiedad privada como fruto del esfuerzo honrado, pero siempre subordinada al bien común, una que promueva la solidaridad genuina, no la imposición estatal, una que defienda la vida, la familia y la fe como fundamentos innegociables, como mexicanos, debemos exigir líderes que no sean como el rico insensato, obsesionados con acumular votos o recursos para su propio provecho, sino que busquen ser “ricos para con Dios”, invirtiendo en educación de calidad, en seguridad basada en el orden moral, en economía que respete la dignidad del trabajador y en un Estado que sirva, no que domine.
En mi oración de hoy, pido al Señor que ilumine a nuestros políticos y a nosotros mismos para que no caigamos en la trampa de la avaricia disfrazada de política, que nos dé la valentía para criticar lo que está mal, desde una fe viva y unos principios conservadores que prioricen lo eterno sobre lo efímero, que México, con su rica tradición mariana y su pueblo noble, se convierta en un ejemplo de cómo vivir esta enseñanza evangélica: acumulando no tesoros en la tierra, donde la polilla y el óxido destruyen, sino en el cielo, a través de la justicia, la caridad y el amor fraterno, solo así construiremos un futuro verdaderamente próspero, no para unos pocos, sino para todos.