La Tormenta Perfecta que Azota a México
Tengo profunda preocupación por el panorama que enfrentamos en este 2025, este ha sido un año marcado por el peligro constante, donde las sombras de la incertidumbre se ciernen sobre cada hogar, cada comunidad y cada rincón de nuestro querido México, no se trata de alarmismo, sino de una realidad palpable que amenaza la dignidad de las personas y el futuro de generaciones enteras, hemos visto cómo el crimen organizado, la inacción gubernamental, las presiones arancelarias y políticas de Estados Unidos, el resquebrajamiento del partido en el poder, la crisis institucional, la economía estancada y la inflación galopante se entrelazan para formar una tormenta perfecta, esta no solo pone en jaque la cohesión social y el progreso moral de nuestra sociedad, sino que también erosiona los lazos comunitarios, la confianza en las instituciones y la capacidad de las familias para prosperar en un entorno de paz y justicia, es un momento crítico que exige una reflexión más amplia sobre cómo hemos llegado aquí y qué caminos podemos tomar para recuperar el rumbo, priorizando siempre el bien de los más vulnerables y la solidaridad entre todos, sin embargo, en medio de esta crisis, los reclamos vacíos de la oposición y de los partidos en formación no hacen más que agravar la desorientación, al carecer de propuestas efectivas, viables y visibles que pudieran ofrecer una dirección clara al país y a la sociedad, dejando a los ciudadanos sin alternativas reales que fomenten la unidad y el esfuerzo colectivo.
El flagelo más visible y doloroso: el crimen organizado, en este año, la violencia ha escalado a niveles alarmantes, no solo en términos de cifras de homicidios y desapariciones, sino en su impacto profundo en la vida cotidiana de millones, grupos delictivos controlan vastos territorios, extorsionan a familias trabajadoras, trafican con sustancias que destruyen comunidades enteras y siembran el terror en pueblos y ciudades, dejando un rastro de vidas truncadas, hogares destrozados y sueños aplastados, esta plaga no solo atenta contra la seguridad física, sino contra la dignidad humana inherente a cada persona, privando a los más vulnerables —los pobres, los campesinos, las madres solteras, los jóvenes en busca de oportunidades, los ancianos— de la oportunidad de vivir con paz, esperanza y libertad, ¿cómo podemos hablar de un México próspero cuando el miedo impide que los niños jueguen en las calles, que los emprendedores inviertan en sus sueños o que los agricultores cultiven sus tierras sin temor a represalias?, es un asalto directo al valor sagrado de la vida y al derecho de cada persona a contribuir al bien común sin temor, además, esta violencia se extiende a dimensiones menos visibles, como el reclutamiento forzado de jóvenes en regiones marginadas, el desplazamiento interno de comunidades indígenas y el colapso de economías locales que dependen de la tranquilidad para florecer, en un país con una rica tradición de solidaridad vecinal, esta desintegración social nos obliga a cuestionar si hemos perdido de vista los principios que nos unen como pueblo.
Y aquí entra la dolorosa inacción del gobierno, que agrava esta crisis de manera multifacética, en lugar de actuar con firmeza para proteger a los ciudadanos, hemos visto una pasividad que raya en la complicidad, permitiendo que el crimen se expanda sin freno y que la impunidad se convierta en norma, políticas que priorizan el diálogo sobre la aplicación estricta de la ley han fallado estrepitosamente, dejando a las fuerzas del orden desmoralizadas, subfinanciadas y expuestas, mientras la sociedad queda vulnerable, creo en un gobierno que subsidie la iniciativa local, fortalezca las instituciones a todos los niveles y cumpla su rol primordial en la defensa del orden público, fomentando la participación de comunidades y familias en la solución de problemas, pero cuando el Estado central abdica de su responsabilidad —proteger la vida, la propiedad y la dignidad de cada individuo—, se rompe el pacto social que une a las familias, las iglesias y las organizaciones civiles, esta negligencia no solo agrava la violencia, sino que fomenta una cultura de impunidad que corroe los valores morales que tanto hemos defendido, como el respeto mutuo, la honestidad y la responsabilidad personal, además, se extiende a otros ámbitos: la falta de inversión en educación y programas de prevención para jóvenes, la corrupción en las instancias de seguridad y la ausencia de coordinación entre niveles de gobierno, todo lo cual perpetúa un ciclo de desconfianza y desamparo.
A esto se suman las presiones externas de Estados Unidos, que en 2025 han intensificado la vulnerabilidad de México de maneras interconectadas, las políticas arancelarias impuestas, como aumentos significativos en tarifas sobre autos, acero, productos agrícolas y otros bienes mexicanos, no son meras medidas comerciales; son golpes directos a nuestra soberanía económica, a la estabilidad laboral y a la solidaridad que debería regir las relaciones entre vecinos con una historia compartida, estas tarifas, junto con las presiones políticas por el control de la migración, el tráfico de fentanilo y hasta intervenciones en asuntos internos, han generado una incertidumbre que ahuyenta inversiones extranjeras, desestabiliza cadenas de suministro vitales y afecta a sectores enteros de la economía, desde la manufactura en el norte hasta la agricultura en el sur, como alguien que valora la tradición de cooperación binacional basada en el respeto mutuo, me entristece ver cómo estas acciones externas, combinadas con nuestra propia debilidad interna, castigan a los trabajadores mexicanos que dependen de un comercio justo para sostener a sus familias y comunidades, es un recordatorio de que la verdadera independencia surge de la fortaleza interna, no de la dependencia de aliados caprichosos y nos obliga a diversificar nuestras alianzas globales, fortalecer el mercado interno y promover políticas que protejan a los pequeños productores y emprendedores, esta presión también se manifiesta en el ámbito humanitario, con flujos migratorios forzados por la pobreza y la violencia, que a su vez generan tensiones diplomáticas y sociales en ambos lados de la frontera.
Dentro de nuestras fronteras, el resquebrajamiento del partido en el poder, agrava esta tormenta de forma sistémica, lo que alguna vez se presentó como un movimiento unificado ahora muestra fisuras profundas, con disputas internas entre facciones, escándalos de corrupción que involucran a figuras clave y una pérdida de cohesión que pone a prueba su capacidad para gobernar efectivamente, esta fragmentación no es solo política; refleja un alejamiento de los principios éticos que deberían guiar a cualquier liderazgo, priorizando el poder personal, el clientelismo y las agendas ideológicas sobre el servicio genuino al pueblo y el bien común, creemos en instituciones sólidas que trasciendan partidos y en una política que fomente la unidad nacional, pero cuando el gobernante en turno erosiona esa base mediante divisiones internas y ataques a la oposición, se socava la confianza colectiva y se abre la puerta a mayores polarizaciones sociales, esto se extiende a la base electoral: desilusión entre votantes tradicionales, protestas en regiones clave y un debilitamiento en la implementación de políticas públicas, lo que deja vacíos que el crimen organizado y otros actores negativos aprovechan.
En este contexto de desintegración, no puedo dejar de mencionar los reclamos vacíos de la oposición y de los partidos en formación, que en lugar de ofrecer soluciones, contribuyen a la confusión general, figuras de la oposición tradicional y nuevos agrupamientos que buscan consolidarse, repiten críticas genéricas contra el gobierno —sobre corrupción, inseguridad o economía— sin respaldarlas con propuestas efectivas, viables y visibles que guíen al país hacia un futuro mejor, sus discursos se limitan a denuncias superficiales, marchas simbólicas y promesas vagas de “cambio” o “restauración”, pero carecen de planes concretos para fortalecer la familia como núcleo social, promover empleos dignos en comunidades locales o restaurar la moral en las instituciones, ¿dónde están las iniciativas detalladas para capacitar a jóvenes en oficios útiles, para subsidiar la agricultura familiar o para fomentar alianzas con el sector privado que respeten la dignidad del trabajador?, en su lugar, vemos un oportunismo que explota el descontento popular sin asumir la responsabilidad de construir alternativas reales, dejando a la sociedad sin una dirección clara que inspire confianza y movilice el esfuerzo colectivo, anhelo una oposición que no solo critique, sino que proponga con humildad y visión, priorizando el bien común sobre el cálculo electoral, pero estos reclamos huecos solo perpetúan la división y el escepticismo, alejándonos de la solidaridad que México tanto necesita.
La crisis institucional es el eje de esta vorágine, afectando todos los pilares de nuestra democracia, reformas recientes, como las que han alterado el equilibrio en el Poder Judicial mediante nombramientos partidistas y la concentración de autoridad en el ejecutivo, representan un asalto a la separación de poderes, al estado de derecho y a la independencia de las instituciones, jueces y magistrados seleccionados por afinidad política en lugar de por mérito generan un vacío que favorece la impunidad, la arbitrariedad y la erosión de la justicia, esta crisis no se limita al ámbito judicial; se ve en la extinción de organismos autónomos como el INAI, que ya no existe y la debilidad de otros como el INE o la CNDH, que han sido socavados por recortes presupuestales, intervenciones políticas y narrativas que los deslegitiman, defiendo un sistema donde cada institución cumpla su función específica, fomentando la solidaridad entre todos los mexicanos, la transparencia y la responsabilidad, en lugar de la concentración de autoridad que invita al autoritarismo y a la corrupción, esta erosión institucional no solo debilita la democracia, sino que atenta contra la justicia social, dejando a los más humildes sin protección ante abusos de poder y afecta áreas como la educación, la salud y el medio ambiente, donde la falta de supervisión y plantación con conocimiento permite decisiones caprichosas que ignoran el impacto en las comunidades.
Finalmente, la economía y la inflación cierran este círculo vicioso, con ramificaciones que tocan todos los aspectos de la vida diaria, con un crecimiento económico estancado en niveles mínimos, una deuda pública en ascenso que limita el gasto social, la desaparición de fondos de estabilización y una dependencia excesiva de remesas y exportaciones vulnerables, México enfrenta un panorama de inestabilidad que golpea duramente a las familias y a los sectores productivos, la inflación, impulsada por los aranceles estadounidenses, la volatilidad en precios de energía, alimentos y políticas internas que no priorizan la productividad, encarece lo básico: la canasta alimentaria, la vivienda, la educación y el transporte, esto no es solo un problema numérico; es una afrenta a la dignidad de los trabajadores honestos que ven diluirse su esfuerzo diario, obligándolos a sacrificar necesidades esenciales o a endeudarse, en un país donde la familia es el pilar fundamental, esta presión económica fractura hogares, obliga a migraciones forzadas, aumenta la desigualdad regional y erosiona los valores de esfuerzo, responsabilidad y ahorro que tanto atesoramos, además, se interconecta con otros problemas: el desempleo juvenil fomenta la emigración o el reclutamiento criminal, la inflación reduce el poder adquisitivo de pensiones y salarios mínimos y la falta de inversión en infraestructura deja rezagadas a regiones enteras, perpetuando ciclos de pobreza.
Esta tormenta perfecta no es inevitable; surge de decisiones que han priorizado el poder sobre el pueblo, el corto plazo sobre la sostenibilidad moral y la ideología sobre la realidad, creo en un México donde la solidaridad con los más necesitados, el respeto a la vida desde la concepción hasta la muerte natural, la promoción del bien común y el fortalecimiento de las estructuras locales guíen nuestras acciones, es hora de que recuperemos el rumbo, fortaleciendo instituciones independientes, combatiendo el crimen con mano firme pero justa y humana, diversificando nuestras alianzas económicas para reducir dependencias, restaurando la ética en la política mediante líderes que sirvan con humildad y exigiendo a la oposición propuestas concretas que unan en lugar de dividir, solo así saldremos de este peligro, no como víctimas divididas, sino como una nación unida en sus principios eternos, donde cada persona pueda florecer en libertad y paz, que Dios bendiga a México y nos dé la sabiduría, el coraje y la unidad para navegar esta crisis y construir un futuro más justo y próspero para todos.