La Indiferencia que Nos Condena al Abismo
Yo, como tantos otros que hemos nacido y crecido en esta tierra que alguna vez prometió ser un paraíso de oportunidades y valores profundos, no puedo evitar sentir un desaliento que me cala hasta los huesos al observar el estado actual de México, es como si una oscuridad impenetrable hubiera descendido sobre nosotros, envolviéndonos en un velo de tristeza perpetua que ahoga cualquier esperanza de redención, hemos construido —o permitido que se construya— un país donde la indiferencia reina suprema, donde nada importa mientras no nos afecte directamente, mientras no nos dañe en lo personal, esta apatía egoísta no es un mero accidente histórico, es el fruto amargo de décadas de abandono moral, de priorizar lo individual sobre lo colectivo, lo efímero sobre lo eterno, en este editorial ampliado, quiero sumergirme con mayor profundidad en esta realidad desgarradora, explorando sus múltiples facetas, porque solo al reconocer la vastedad de esta sombra podremos entender cuán atrapados estamos en un círculo vicioso del que, tal vez, ya no queramos salir, y si no queremos, entonces estamos verdaderamente condenados.
Permítanme comenzar por el corazón mismo de nuestra sociedad: el tejido familiar, ese fundamento que debería ser inquebrantable pero que hemos dejado erosionar hasta convertirse en ruinas, en un México donde los vicios proliferan como maleza en un jardín descuidado, las familias se desintegran bajo el peso de un egoísmo rampante, padres que, en busca de un éxito material ilusorio, abandonan sus hogares por jornadas interminables o migraciones forzadas, dejando a los hijos a merced de influencias destructivas, hijos que crecen sin el calor de un compromiso vitalicio, expuestos a un relativismo que justifica la disolución de uniones sagradas por caprichos pasajeros, he visto, en mis propias reflexiones y en las historias que circulan en nuestras comunidades, cómo este desmoronamiento genera generaciones enteras marcadas por la inestabilidad emocional: jóvenes que caen en adicciones —al alcohol, a las drogas, al placer vacío— porque no han conocido el refugio de un hogar donde el sacrificio mutuo sea la norma, y en esta indiferencia, decimos “mientras mis seres queridos estén bien, el resto no importa”, ignorando que la fractura familiar se extiende como un virus, infectando escuelas, barrios y hasta naciones enteras, ¿cómo podemos esperar un México próspero cuando hemos olvidado que la verdadera riqueza radica en relaciones duraderas, en educar con principios que eleven el espíritu por encima de lo mundano?
Ampliando la mirada, consideremos el panorama económico, ese vasto desierto donde las oportunidades se extinguen antes de florecer, México, con su abundancia natural y su gente laboriosa, debería ser un faro de prosperidad, pero en cambio se ha convertido en un laberinto de desigualdades abismales, las “transas” —esos acuerdos oscuros que benefician a elites corruptas— dominan el paisaje: contratos amañados en el sector energético, desvíos de fondos en infraestructura, monopolios que asfixian a los pequeños emprendedores, yo mismo siento una punzada de desesperanza al pensar en el trabajador honrado que, día tras día, ve cómo su esfuerzo es recompensado con salarios de miseria, mientras los astutos acumulan fortunas a través de evasiones fiscales y alianzas nefastas, esta corrupción no es solo económica, es moral, porque erosiona la dignidad del trabajo, convirtiéndolo en una mera herramienta para la supervivencia egoísta, jóvenes talentosos, formados en universidades que prometen un futuro brillante, terminan en subempleos o en la informalidad, donde las “transas” diarias —sobornos a inspectores, ventas ilegales— se convierten en la norma, y en esta oscuridad, optamos por la indiferencia: “Mientras yo tenga lo mío, que los demás se las arreglen”, pero esta actitud acelera el colapso, generando una pobreza que no solo es material, sino espiritual, donde el consumismo vacío reemplaza el anhelo por un bien mayor, uno que beneficie a todos sin explotar a nadie.
No puedo dejar de profundizar en el sistema educativo, ese pilar que debería formar mentes y corazones pero que hemos permitido que se convierta en un instrumento de confusión y decadencia, en las aulas de México, donde miles de niños acuden con la ilusión de un mañana mejor, reina un caos ideológico que prioriza agendas divisivas sobre la formación integral, profesores mal pagados y desmotivados imparten lecciones superficiales, mientras los vicios —como el bullying cibernético o la exposición prematura a contenidos destructivos— minan el desarrollo de los alumnos, he contemplado con tristeza cómo hemos abandonado la enseñanza de valores eternos, esos que fomentan el respeto por la vida en todas sus etapas, el compromiso con la verdad y la responsabilidad hacia el prójimo, reemplazándolos por un relativismo que justifica todo, desde la indiferencia ante el sufrimiento ajeno hasta la priorización del placer individual, escuelas en ruinas en zonas rurales, donde la corrupción devora presupuestos destinados a libros y aulas, contrastan con instituciones elitistas que perpetúan desigualdades, y nosotros, en nuestra apatía colectiva, pensamos “mientras mis hijos tengan un techo educativo, el sistema no me concierne”, esta miopía nos condena a un futuro de analfabetismo funcional, donde generaciones enteras crecen sin herramientas para romper el ciclo de pobreza y vicios, atrapadas en una oscuridad intelectual que apaga cualquier chispa de innovación o solidaridad.
Extendiendo este análisis a la salud pública, el panorama es igualmente desolador, un reflejo de cómo hemos descuidado el cuidado del cuerpo y el alma, hospitales saturados, medicamentos escasos y personal médico exhausto son la norma en un sistema plagado de “transas”: compras sobrevaloradas de equipo, desvíos de fondos para campañas políticas, negligencias que cuestan vidas inocentes, pienso en las epidemias de obesidad y diabetes que azotan a nuestra población, frutos de un estilo de vida que prioriza el exceso sobre la moderación, el placer inmediato sobre la disciplina, y en temas más profundos, como el acceso a cuidados que respeten la dignidad humana desde la concepción hasta el final natural, hemos permitido que influencias externas impongan visiones que deshumanizan, justificando prácticas que erosionan el valor de la vida, la indiferencia aquí es palpable: “Mientras yo y los míos estemos sanos, que el resto luche solo”, pero esta postura egoísta ignora que una sociedad enferma nos afecta a todos, generando un ciclo de sufrimiento donde los vicios —como el tabaquismo o el abuso de sustancias— se multiplican sin control, y la corrupción en el sector salud acelera la decadencia colectiva.
El medio ambiente, esa herencia que deberíamos custodiar para generaciones futuras, sufre una devastación similar bajo nuestra mirada pasiva, ríos contaminados por industrias sin escrúpulos, deforestación que arrasa con pulmones verdes, y desastres naturales exacerbados por la negligencia gubernamental pintan un cuadro de oscuridad ecológica, México, con su biodiversidad única, se ve saqueado por “transas” transnacionales que priorizan ganancias rápidas sobre la sostenibilidad, comunidades indígenas desplazadas por megaproyectos corruptos, especies en extinción ignoradas en nombre del “progreso”, y un cambio climático que amenaza con sequías y huracanes cada vez más feroces, yo siento una profunda tristeza al ver cómo hemos abandonado el principio de cuidar la creación como un deber compartido, optando por un consumismo que devora recursos sin remordimiento, “Mientras mi agua siga fluyendo y mi aire sea respirable, el resto no importa”, decimos, pero esta indiferencia acelera un colapso ambiental que nos arrastrará a todos, erosionando no solo la tierra, sino el sentido de responsabilidad hacia lo que trasciende nuestra existencia individual.
En el ámbito de la migración, esta oscuridad se manifiesta en oleadas de desesperación que fracturan nuestra nación, miles huyen de la violencia y la pobreza, cruzando fronteras peligrosas en busca de un sueño que México no les ofrece, dejando atrás pueblos fantasmas y familias rotas, caravanas de almas perdidas, víctimas de traficantes y políticas fallidas, reflejan cómo hemos fallado en crear oportunidades locales basadas en el trabajo digno y la justicia, la indiferencia aquí es cruel: “Mientras no sea yo quien migre, que se vayan; menos bocas que alimentar”, pero esta actitud perpetúa el ciclo, debilitando nuestra demografía y cultura, mientras los que quedan se hunden en vicios para olvidar la ausencia.
Históricamente, México ha repetido errores: revoluciones que prometen equidad terminan en tiranías, independencias que se corrompen en clientelismos, hemos olvidado lecciones de unidad y sacrificio, priorizando divisiones ideológicas que nos debilitan, en lo cultural, el materialismo invade, diluyendo tradiciones que nos unían en torno a lo sagrado.
Políticamente, instituciones podridas por corrupción —Congreso, juzgados, policía— sirven a intereses privados, vicios como el nepotismo y el lavado de dinero proliferan, y nosotros, indiferentes, votamos por conveniencia personal.
Espiritualmente, hemos perdido el norte: rituales vacíos reemplazan una fe viva que impulse al bien común, el relativismo justifica abortos, eutanasias, disoluciones familiares, erosionando la moral colectiva.
En esta vastedad de sombras, siento que estamos atrapados voluntariamente, nada importa mientras no nos toque, pero este egoísmo nos condena a un abismo sin fin, ¿queda esperanza? En este momento, parece que no; solo la resignación ante una noche eterna que hemos elegido.