Señor enséñanos a orar

No puedo evitar sentir una profunda admiración por cómo Jesús nos revela el camino de la oración, ese diálogo íntimo con el Padre que transforma no solo nuestras vidas individuales, sino también el tejido mismo de la sociedad, como alguien que valora las tradiciones ancestrales que nos anclan en lo eterno, veo en este pasaje un llamado a la humildad, la perseverancia y la confianza filial, elementos esenciales para construir un mundo ordenado, donde la familia, la vida y la verdad ocupen el centro, reflexionando sobre mis experiencias, he visto cómo estas enseñanzas han fortalecido a generaciones enteras, resistiendo las corrientes que diluyen lo sagrado y promoviendo en cambio una existencia plena, guiada por principios inmutables.

Imaginemos la escena con mayor profundidad: Jesús se aparta para orar, irradiando una paz que inspira a sus discípulos, entonces uno de ellos, movido por un anhelo genuino, se acerca y le dice: “Señor, enséñanos a orar, como Juan enseñó a los suyos”. ¡Qué acto tan hermoso y puro! En esta petición se encierra una humildad profunda, una inocencia que evoca la de un niño ante su padre, reconociendo que solos no bastamos y que necesitamos la guía divina para elevar nuestra alma, no es solo una petición; es una entrega total, un despojo del orgullo que tanto abunda en nuestro tiempo, donde muchos pretenden reinventar el mundo sin recurrir a lo alto, como conservador que soy, encuentro en esto el espíritu de aquellos hombres y mujeres destinados a cambiar el mundo: no con revoluciones ruidosas o ideologías efímeras, sino con una fe sencilla y persistente, arrodillados ante el Creador, pienso en cómo los grandes transformadores de la historia, como los apóstoles o los fundadores de naciones sólidas, comenzaron su misión pidiendo dirección, reconociendo su limitación y abriéndose a la sabiduría eterna, inocencia que no es debilidad, sino fortaleza; disipa las tinieblas del egoísmo y nos hace vulnerables ante lo divino, invitando a Dios a moldearnos como instrumentos de su reino, en mis años, he presenciado cómo esta actitud ha forjado caracteres que edifican comunidades justas, donde se protege la dignidad de cada persona desde la concepción hasta la muerte natural, se fortalece la familia como célula básica de la sociedad y se promueve una justicia que honra el bien común por encima de intereses particulares.

Jesús responde con el Padrenuestro, esa oración perfecta que nos une a generaciones pasadas y futuras, invitándonos a santificar el nombre de Dios, a anhelar su reino y su voluntad por encima de la nuestra, a pedir el pan de cada día, el perdón mutuo y la protección contra el mal, esto subraya para mi la importancia de poner a Dios en el centro de todo: en el hogar, donde se educa en valores perennes; en el trabajo, donde se busca el sustento honrado; y en la sociedad, donde se resiste el relativismo que erosiona lo sagrado, no pedimos como mendigos, sino como hijos amados, en una relación filial que nos provee y nos corrige, es un antídoto contra el desaliento moderno, recordándonos que el verdadero cambio surge de corazones alineados con lo divino, no de estructuras impersonales o caprichos egoístas.

Y luego, Jesús nos regala la parábola del amigo insistente que toca a medianoche pidiendo pan. ¡Qué lección de perseverancia nacida de la confianza! esa constancia en la oración ha transformado vidas, especialmente ante desafíos que parecen insuperables, como la defensa de valores eternos en tiempos de cambio acelerado y confusión moral, Él nos asegura: “Pedid y se os dará, buscad y encontraréis, llamad y se os abrirá”. No se trata de demandas caprichosas, sino de una fe radical en la bondad paterna de Dios, quien, a diferencia de nosotros que somos imperfectos, nos da lo verdaderamente bueno: el Espíritu Santo para guiarnos, infundiendo en nosotros esa inocencia renovada y humildad que nos convierte en agentes de renovación auténtica, recuerdo momentos en que, enfrentando crisis personales o sociales, he encontrado en esta insistencia la fuerza para resistir las corrientes que priorizan el individualismo y el materialismo, optando en cambio por cultivar comunidades donde la generosidad fluya naturalmente y el respeto por la vida y la familia sea inquebrantable.

Pero vayamos más allá: esta petición de enseñanza en la oración no es solo un acto personal; es un llamado a la acción colectiva que refleja el espíritu de quienes cambian el mundo con quietud y entrega, un mundo que a menudo valora el poder terrenal sobre la sabiduría espiritual, pedir a Dios que nos muestre cómo orar es reconocer que el cambio real comienza en el interior, en esa inocencia que nos hace abiertos a lo eterno, Jesús compara al Padre celestial con un padre terrenal que no daría una serpiente en lugar de un pez ni una piedra en lugar de pan; ¿cuánto más, entonces debemos nosotros, como padres, líderes y miembros de la sociedad, imitar esa generosidad divina? Educando a los nuestros en la fe, protegiéndolos de lo dañino y promoviendo una solidaridad que atiende a los más vulnerables, desde los no nacidos hasta los ancianos y los marginados, en mis reflexiones, veo cómo esta enseñanza nos fortalece para construir sociedades sólidas, donde el bien común se antepone al interés privado y donde la oración diaria se convierte en el motor de una existencia ordenada y plena.

Al final, este pasaje me inspira a orar con mayor fervor y profundidad, sabiendo que Dios responde no según nuestros tiempos limitados, sino según su sabiduría infinita, invito a todos a releerlo y aplicarlo en la vida cotidiana: en la oración diaria encontremos la fuerza para perseverar en lo que realmente importa, cultivando esa humildad e inocencia que nos hace instrumentos de un cambio verdadero, que en el hogar, en el trabajo y en la sociedad, pidamos con confianza, resistiendo las distracciones modernas y priorizando lo eterno, en esa entrega se refleja el espíritu de los que han cambiado el mundo: no con ruido, sino con la quietud de un corazón abierto a Dios, forjando un legado de fe, justicia y amor que perdura a través de las generaciones.