La Injusticia Profunda de un Término que Ofende y Divide
Como un ciudadano profundamente enamorado de esta gran Ciudad de México, que valora por encima de todo la dignidad inherente de cada persona y el respeto mutuo que debe unirnos como hermanos en una misma comunidad, no puedo quedarme callado ante el uso cada vez más extendido y descarado del término “iztapalización”, palabra que se ha convertido en un arma verbal para criticar desaciertos en la gestión urbana, no es más que un velo para el clasismo más rancio y la discriminación social que tanto daño hace a nuestra sociedad, es indignante ver cómo se emplea con ligereza para denigrar no solo políticas o decisiones administrativas, sino a toda una demarcación vibrante y llena de vida como Iztapalapa, convirtiéndola en sinónimo de fracaso, caos y degradación, en mi opinión, como conservador que soy, esto atenta directamente contra los valores fundamentales que nos definen: el respeto por el trabajo honrado, la solidaridad entre vecinos y la preservación de la dignidad humana, especialmente para aquellos que han sido marginados por décadas de indiferencia, este término no solo ignora la riqueza cultural y humana de Iztapalapa, sino que perpetúa una visión estrecha que divide a la ciudad en “nosotros” y “ellos”, socavando el tejido social que tanto esfuerzo cuesta tejer.
Permítanme ser más crítico y directo: aquellos que utilizan este término con tanta facilidad seguramente jamás han puesto un pie en Iztapalapa, no conocen a sus vecinos, gente humilde y trabajadora que se levanta cada día con esfuerzo y esperanza, construyendo comunidades sólidas a pesar de las adversidades, ignoran las iglesias centenarias que son faros de fe y consuelo para miles, donde se reúnen familias enteras para orar y fortalecer sus lazos espirituales, recordándonos que la verdadera fuerza de un pueblo radica en su arraigo espiritual y moral, no han paseado por sus centros comerciales y mercados bulliciosos, que representan el dinamismo económico local y el ingenio de los emprendedores que luchan por un futuro mejor, demostrando que el progreso nace del esfuerzo individual y colectivo, desconocen los centros comunitarios de asociaciones civiles que sirven como núcleos de apoyo mutuo, donde se ofrecen servicios educativos, culturales y de salud para elevar a la población, fomentando una educación integral que prepara a las nuevas generaciones para contribuir al bien común y mucho menos han recorrido sus calles zigzagueantes, llenas de historia y vitalidad, sí con problemas como el tráfico, la falta de mantenimiento o las inundaciones estacionales —problemas que, por cierto, aquejan a todas las alcaldías de la CDMX, desde las más adineradas hasta las periféricas, revelando que las fallas urbanas son un desafío compartido, no un estigma local—, Iztapalapa es digna y orgullosa, como todas las demarcaciones de esta ciudad, con una resiliencia que nace de la unidad y el amor por lo propio, no de la resignación y que se manifiesta en tradiciones ancestrales como las procesiones religiosas o los mercados tradicionales que preservan nuestra identidad cultural.
Este uso peyorativo de “iztapalización” no solo es injusto, sino que revela una hipocresía profunda arraigada en una desconexión social. ¿Cómo se atreven a estigmatizar a un barrio entero por baches en las calles o ambulantaje descontrolado, cuando estos males son síntomas de desigualdades sistémicas que afectan a toda la metrópoli, heredadas de políticas pasadas que priorizaron el centro sobre la periferia? En lugar de promover el bien común y buscar soluciones que beneficien a todos, este término fomenta la división, pintando a Iztapalapa como el “otro” indeseable, el chivo expiatorio de los fracasos colectivos y olvidando que la verdadera justicia social exige reconocer el valor igual de cada ser humano, es un clasismo disfrazado de crítica política, que ignora que los iztapalapeños contribuyen diariamente al tejido social de la ciudad: son com9 muchos otros de todas las alcaldías, los que construyen, trabajan por toda la ciudad, educan y mantienen viva la cultura popular, enriqueciendo la diversidad que hace de la CDMX un mosaico único de experiencias y aportes, como alguien que cree en la importancia de preservar las tradiciones y el orden social basado en el respeto, rechazo rotundamente esta narrativa que margina a los más vulnerables, en vez de extender una mano solidaria para elevarlos, promoviendo un desarrollo que integre a todos en lugar de excluir.
Además, este concepto distrae de los debates reales que deberíamos sostener como sociedad, desviando la atención de problemas estructurales hacia juicios superficiales, en redes sociales y medios, se repite ad nauseam para asociarlo con vandalismo en protestas, deterioro de parques o ineficiencias en el transporte, como si estos fueran exclusivos de Iztapalapa, cuando en realidad reflejan fallas en la planificación urbana que requieren colaboración interalcaldías y un compromiso genuino con el progreso equitativo, la verdad es que estos desafíos requieren un enfoque integral, no etiquetas superficiales que perpetúan prejuicios y alimentan el resentimiento. ¿Por qué no hablamos de invertir en infraestructura equitativa que conecte mejor las periferias con el centro, de fomentar el empleo digno en todas las alcaldías mediante incentivos para pequeñas empresas locales o de promover la educación y la cultura como pilares para el progreso común, inspirados en el valor de la formación integral del ser humano? Usar “iztapalización” es elegir la vía fácil del desprecio, en lugar del camino arduo pero noble de la colaboración, que exige escuchar las voces de los afectados y construir soluciones desde la base y lo peor es que quienes lo propagan, desde sus cómodos enclaves en zonas privilegiadas, demuestran una desconexión total con la realidad: no han compartido una comida con una familia iztapalapeña en sus hogares modestos pero cálidos, no han asistido a sus fiestas patronales llenas de devoción y alegría que celebran la fe compartida, ni han visto el orgullo en los ojos de sus habitantes al defender su hogar contra la adversidad, ni han apreciado los murales callejeros que narran historias de lucha y esperanza, ni conocen la rica historia de la demarcación.
En última instancia, invito a una reflexión profunda sobre el tipo de legado que queremos dejar: ¿qué sociedad queremos construir, una donde palabras como esta dividen y humillan, erosionando la confianza mutua o una donde prevalezca el respeto por la dignidad de cada persona, reconociendo que el bienestar de Iztapalapa es el bienestar de toda la CDMX y que solo en la unidad podemos superar las divisiones históricas? Rechazo con vehemencia este término porque ofende el alma misma de nuestra ciudad, socavando el esfuerzo colectivo por un futuro más justo, unido y porque contradice el principio de que toda comunidad merece oportunidades para florecer, es hora de dejar atrás los prejuicios clasistas y enfocarnos en acciones concretas que honren el legado de esta capital diversa y resiliente, como impulsar programas de integración urbana que valoren el potencial de cada barrio, elevando a todos sin excepciones, con la convicción de que solo en la solidaridad verdadera, inspirada en el amor al prójimo, encontraremos la paz y el progreso que anhelamos para generaciones venideras.