La defensa desvirtuada

Amarillismo en Lugar de Fe y el Verdadero Humanismo Conservador

En estos tiempos de confusión moral y ruido mediático incesante, me duele profundamente ver cómo la defensa de la fe, esa noble vocación que debería elevar el alma humana y promover las verdades eternas, se rebaja con frecuencia a un mero amarillismo que prioriza el escándalo sobre la edificación espiritual, valoro las raíces profundas de nuestra tradición y me identifico con una visión conservadora del mundo, no puedo sino lamentar que, en el afán de una supuesta vigilancia, se termine propagando chismes infundados, exageraciones sensacionalistas y ataques personales que erosionan la confianza en la comunidad y alejan a las almas en busca de luz, la Fe no es un instrumento para el espectáculo efímero ni para la división partidista; es una luz que ilumina la dignidad inherente a cada persona, recordándonos que todos somos llamados a una vida de respeto mutuo, responsabilidad compartida y amor al prójimo, incluso cuando discrepamos.

Reflexiono sobre cómo este fenómeno no se limita a un ámbito aislado, sino que permea diversas esferas de la vida pública: desde los debates en redes sociales hasta los foros políticos, culturales y educativos, bajo el pretexto de proteger lo sagrado, algunos caen en la trampa de lo superficial, con titulares impactantes que dividen familias y sociedades en lugar de unirlas, acusaciones sin base que fomentan el resentimiento en vez de la reconciliación y un enfoque obsesivo en lo negativo que ignora el potencial redentor del ser humano, esto, no solo desvirtúa la esencia de la fe —que invita a la conversión interior, al perdón generoso y al servicio desinteresado—, sino que también repele a aquellos que anhelan un camino auténtico de esperanza, justicia y paz. ¿No hemos aprendido, a través de la historia y la experiencia colectiva, que la verdadera defensa de la fe surge de la humildad, del diálogo paciente y de la promoción incansable del bien común? Es en este contexto donde cada individuo debe ser visto no como un enemigo potencial, sino como un hermano o hermana con una dignidad inalienable, merecedor de compasión, guía y no de un juicio apresurado que ignora la complejidad de la condición humana.

Pero este malentendido va más allá: radica en no reconocer que ser conservador, en su sentido más genuino y profundo, es ser profundamente humanista, no se trata de una rigidez anacrónica o un rechazo ciego al progreso, sino de preservar y promover aquellos principios eternos que protegen la vida en todas sus etapas —desde la concepción hasta la muerte natural—, que fortalecen los lazos familiares como cimiento irremplazable de la sociedad y que defienden una libertad auténtica, aquella que se ejerce con responsabilidad hacia los demás y no como un capricho individualista, ser conservador significa abrazar una visión integral del mundo donde el ser humano no es reducido a un mero consumidor económico, un peón en juegos de poder ideológico o un ente aislado en un relativismo que todo lo disuelve, al contrario, es optar por un humanismo que valora la solidaridad entre generaciones, el trabajo digno que dignifica al trabajador, el cuidado amoroso de los más vulnerables —los pobres, los enfermos, los marginados— y la subsidiariedad que empodera a las comunidades locales en lugar de centralizar el poder en estructuras impersonales.

En mi experiencia personal y en las observaciones de la vida cotidiana, he visto cómo este conservadurismo humanista transforma realidades concretas: comunidades que se unen para asistir al necesitado sin esperar recompensas, familias que educan a sus hijos en valores perdurables como la honestidad, el respeto y la gratitud, líderes que gobiernan con sabiduría y prudencia en lugar de oportunismo populista y sociedades que priorizan la educación integral sobre el adoctrinamiento ideológico, pienso en ejemplos históricos donde esta visión ha prevalecido: naciones que han florecido al equilibrar la tradición con la innovación, reconociendo que el progreso verdadero no destruye lo bueno del pasado, sino que lo construye sobre él, sin embargo, cuando la defensa de la fe se contamina con amarillismo —ese veneno que transforma la verdad en espectáculo y la caridad en confrontación—, perdemos esa perspectiva holística, alimentando divisiones que debilitan el tejido social, fomentan el cinismo en las nuevas generaciones y permiten que ideologías deshumanizantes ganen terreno, como aquellas que promueven el aborto como un “derecho”, el relativismo moral que socava el matrimonio natural o el consumismo que explota al trabajador y al medio ambiente.

Este amarillismo no solo afecta la esfera religiosa; se extiende a la política, la cultura, la economía y hasta la ecología, donde el sensacionalismo reemplaza el debate racional y la búsqueda de la verdad, en política, vemos cómo campañas conservadoras se desvirtúan al enfocarse en ataques personales en lugar de propuestas que defiendan la vida, la familia y la libertad económica responsable, con énfasis en mercados que sirvan al bien común y no al revés, en la cultura, el arte, la literatura y la educación se trivializan con contenidos vacíos que priorizan el shock sobre la belleza, la formación moral y la transmisión de un patrimonio que enriquece el alma, en la economía, el humanismo conservador —que aboga por un mercado al servicio del hombre, con énfasis en la propiedad privada accesible a todos, el emprendimiento ético y la protección social sin paternalismos asfixiantes— se diluye en narrativas que solo ven ganadores y perdedores, ignorando la interdependencia humana y la necesidad de una distribución justa que reconozca el esfuerzo personal mientras cuida del débil y en lo ecológico, esta visión nos recuerda que el cuidado de la creación no es una moda ideológica, sino una responsabilidad inherente al respeto por la vida y las generaciones futuras, promoviendo un desarrollo sostenible que integre la técnica con la ética.

En última instancia, esta visión no es solo conservadora; es universal, porque responde a las aspiraciones más profundas del corazón humano, anclado en principios que han resistido el paso del tiempo y que, si los abrazamos con convicción, pueden renovar el mundo desde sus fundamentos, reconstruyendo un orden social donde la dignidad de cada persona sea el eje central de toda acción, decisión y estructura.