¡Ah, el Consejo Nacional de Morena, ese torbellino de desengaños y fingimiento que nos deja con el alma en vilo en este México nuestro! Vivo aquí en la CDMX, donde el ruido de las calles y las maniobras políticas se entremezclan para minar nuestra fe en un orden que ponga al ser humano en el centro y como conservador que soy, veo estos episodios con una indignación que me obliga a clamar por un regreso a los principios que respetan la dignidad de cada persona y usan el poder para servir al bien de todos, no para encubrir divisiones y ambiciones, desglosemos el consejo de 2024 frente a este desbarajuste del 2025 con una crítica punzante y detallada, porque si no ponemos el dedo en la llaga de estas incongruencias con toda la fuerza posible, ¿qué esperanza nos queda para una sociedad donde el liderazgo eleve a los humildes y fomente la responsabilidad compartida? En un país que necesita guías que prioricen la integridad de la vida cotidiana y el compromiso con los más necesitados, estos actos solo confirman lo extraviados que estamos, atrapados en un ciclo de promesas vacías y lealtades dudosas.
Pensemos en el 2024, esa época de espejismos donde Morena se pintaba como el guardián infalible de un cambio radical, aquel consejo de junio se enfocaba en dibujar reglas para candidatos, sumergido en una unidad aparente y arengas sobre no engañar, no saquear y no desertar, como si esos valores fueran pilares inamovibles. ¡Qué falacia tan cómoda!, todos en formación, tejiendo planes para apoderarse de las urnas con votos de moderación y equidad que se desvanecían como humo, y vaya que arrasaron: le entregaron la presidencia a Sheinbaum, se apoderaron del Congreso y se creían los mesías del pueblo, pero ya se filtraban las grietas profundas, con conversaciones sobre reelecciones y favoritismos familiares que se perdían en vaguedades, más como pretextos endebles que como barreras sólidas, una máscara de concordia que tapaba tensiones latentes, allanando el camino para las decepciones futuras en un partido que juraba renovación pero repetía vicios de opacidad y preferencias que tanto han erosionado la confianza en las instituciones, dejando a la gente común sin el apoyo que merece para prosperar en comunidad.
¡Y ahora, este 2025!, julio ha sido un alud de evasiones y afrentas que insulta a cualquiera que estime un mínimo de probidad en la vida pública, ya lejos de la alegría electoral, tenemos un consejo contaminado por fracturas, con personajes como Ricardo Monreal y Andrés Manuel López Beltrán –el tan mencionado “Andy”– que se esfuman, resguardados tras justificaciones de reposo que vejan la seriedad del deber nacional, ¿Reposar en tiempos de crisis? ¡Qué ofensa, cuando el país pide rendición de cuentas absoluta y un compromiso que ponga el bien colectivo por encima de caprichos personales! y la cima de la abyección: Adán Augusto López, salpicado por graves cargos de conexiones con el crimen organizado en su tiempo en Tabasco, recolectando un “respaldo” que apesta a connivencia total, entra entre tropiezos y unos cuantos claman “¡No estás solo!”, como si eso lavara las manchas indelebles, ¡Qué fingimiento tan grotesco!, miren esa foto que se esparce por todas partes, la que finge solidaridad: allí está él, arrinconado como un desterrado al final del grupo, con un semblante pensativo y desamparado que desmiente la charada entera, mirada vaga, baja, envuelta en un aislamiento obvio pese al enjambre de micrófonos y luces, proclama una soledad aplastante, como un individuo marcado por oscuridades que ningún grito puede borrar, un apestado en su propio terreno, abandonado en el núcleo de la multitud, con una expresión que rezuma desazón y derrumbe interior, exponiendo la falsedad cruda de un partido que predica hermandad mientras deja a sus iconos a la merced de su ruina ética, esta imagen no es un mero detalle; es un ícono brutal de cómo Morena vocifera cohesión pero permite que sus líderes se desintegren en un vacío moral, anteponiendo la fachada al sustento real y al servicio genuino que debería nutrir a los vulnerables.
La pantomima no se detiene: crean comisiones para escrutar a nuevos adherentes y reforzar normas contra campañas tempranas o transmisiones de puestos, todo para “salvaguardar ideales” frente a las tormentas. ¿Salvaguardar ideales?, ridículo cuando atestiguamos a mandatarios malgastando lo público en autoalabanzas, violando el corazón de una sobriedad que debería beneficiar al pueblo y no a codicias individuales, en 2024 eran los soñadores ávidos conquistando el mando; en 2025 ya atrincherados, se destrozan por el dominio, ciegos a que el liderazgo verdadero debe alimentar a los desprotegidos y promover la subsidiariedad, donde cada esfera de autoridad impulse el desarrollo de la sociedad completa, en vez de acumular ventajas en clanes partidistas, las llamadas a una “Revolución de las Conciencias” retumban como ecos inertes cuando son los prófugos y los sospechosos quienes guían el desfile, traicionando la visión de una transformación que levante la nobleza de todos.
Pero vayamos al grano de las presencias y ausencias que he verificado, porque estas revelan la hipocresía en toda su crudeza y ahondemos en los dichos de Gerardo Fernández Noroña, que destilan una defensa ciega y excusas que ofenden la inteligencia, entre los presentes, allí estaba Adán Augusto López, reapareciendo con fanfarria pese a las sombras que lo envuelven, como si su mera llegada borrara las acusaciones graves; Gerardo Fernández Noroña, presidente del Senado, no solo asistió sino que se erigió en vocero de la negación, desmintiendo rumores y justificando ausencias con argumentos que reducen el deber público a un pasatiempo; Luisa María Alcalde, como líder del partido, marcando el tono de una unidad forzada; Alfonso Durazo, presidiendo el consejo con llamados huecos a la cohesión; gobernadoras como Mara Lezama y Rocío Nahle, sumándose al coro sin cuestionar las grietas evidentes; Clara Brugada, como jefa de Gobierno de esta CDMX que tanto padece, presente pero más como figura de obediencia que como voz de cambio real para los capitalinos que claman por seguridad y apoyo cotidiano; y Epigmenio Ibarra, ese productor controvertido, rondando el evento con entrevistas que solo amplifican la propaganda, contaminando el ambiente con una retórica que confunde el debate genuino con lealtades serviles, degradando lo que debería ser un espacio para el pensamiento libre y el avance colectivo, en cuanto a Paco Taibo, codo a codo, representando esa pseudointelectualidad que ahoga la disidencia y traiciona el ideal de una cultura que eleve el espíritu en lugar de someterlo a agendas facciosas.
Por el lado de las ausencias, que gritan división y evasión, destaca Andrés Manuel López Beltrán, “Andy”, quien brilló por no aparecer, supuestamente en vacaciones, como si el cargo de secretario de organización fuera un hobby descartable; Ricardo Monreal, coordinador en la Cámara de Diputados, ausente por un “compromiso familiar” que Noroña disfrazó de descanso merecido, pero que huele a huida de las tensiones internas; Marcelo Ebrard, el eterno aspirante ahora en Economía, no se dejó ver, refugiándose en las sombras de su puesto como si el escrutinio partidista no fuera parte de su obligación moral con el país; Mario Delgado, exdirigente nacional y actual secretario de Educación, tampoco figuró, permitiendo que el barco se deshilache sin su intervención, en un claro abandono de la responsabilidad que tanto pregonaba antes; y aunque no hay menciones explícitas que confirmen ausencias masivas, el silencio sobre otros nombres clave pinta un panorama de desinterés o conflicto latente, donde el partido prioriza apariencias sobre la presencia real de quienes deberían unir fuerzas para el bien cuando menos de este impresentable partido.
Y ahora, los dichos de Noroña, que merecen una disección implacable porque encapsulan la defensa a ultranza que ignora la gravedad ética: justificó la ausencia de “Andy” con un “la gente tiene derecho a descansar”, rebajando la seriedad del liderazgo a un capricho vacacional, como si el servicio al pueblo no demandara sacrificio constante por los más desamparados; sobre Monreal, pidió no especular, alegando que se fue de vacaciones con su propio dinero, tapando la evasión con una excusa que ofende a quienes trabajan sin descanso para sobrevivir; desmintió la carta de renuncia de Adán Augusto como “falsa y apócrifa”, llamándola “Es falsa la carta de una supuesta renuncia de mi compañero y amigo”, cerrando filas sin abordar las acusaciones subyacentes; tildó la situación de Adán Augusto como “golpeteo mediático”, victimizándolo y comparándolo absurdamente con Genaro García Luna, insistiendo en que no hay evidencia contra él y que Bermúdez Requena no ha sido juzgado aún, evadiendo la necesidad de transparencia que un verdadero compromiso con la justicia exigiría, declaraciones que no son defensa; son un escudo para la impunidad, que pisotea la idea de que los líderes deben rendir cuentas para fomentar una sociedad donde cada persona sea tratada con dignidad y el poder sirva al progreso compartido, no a egos protegidos.
Desde mi rincón en esta revuelta pero vital CDMX, anhelo dirigentes que vivan valores perdurables: una honradez que resguarde al frágil, un mando practicado con modestia para alentar el despliegue de cada alma y grupo. ¿Morena se convertirá en otro gigante administrativo que asfixia las ilusiones del pueblo?, con estampas como la de Adán Augusto –símbolo de unión ficticia– y consejos saturados de ausencias notorias, presencias dudosas y dichos como los de Noroña que excusan lo inexcusable, el fallo es devastador: más fraude, menos corazón verdadero, insisto en exigir a quienes entiendan que la majestad real nace de servir con limpieza absoluta, alzando la nobleza humana sobre todo, en vez de fingir apoyo mientras el tejido social se ajara en el vacío de las juras quebrantadas.