Xóchitl 2.0 de Polanco

Como observador conservador que ha seguido con preocupación los giros de la política mexicana, siempre priorizando la defensa inquebrantable de la vida, la familia y los principios que sostienen una sociedad justa y ordenada, no puedo más que alertar sobre el engaño que se está tejiendo alrededor de Alessandra Rojo de la Vega. Yo, que valoro la coherencia moral por encima de las estrategias electorales, veo en este montaje del Partido Acción Nacional —con Jorge Romero como principal artífice— un intento descarado de vendernos una ilusión: convertirla en la versión 2.0 de Xóchitl Gálvez, pero con el barniz de Polanco, como si fuera un avance positivo para la derecha tradicional. En realidad, es un fraude ideológico, un lavado de imagen que pretende disfrazar un pasado incompatible con nuestros valores más profundos, engañándonos para que aceptemos lo inaceptable bajo el pretexto de unidad opositora.

Jorge Romero, con su astucia panista, la ha catapultado como la alcaldesa victoriosa de Cuauhtémoc, pintándola como la sucesora refinada de Xóchitl: no la de origen humilde y popular, sino la de apellidos ilustres y entornos de lujo, lista para combatir a Morena con un toque urbano. Pero esta “Xóchitl 2.0 de Polanco” no es más que un producto fabricado para el consumo conservador, uno que ignora deliberadamente su historial de activismo que ha promovido divisiones profundas en temas sagrados como la protección de la vida desde su concepción y el rol central de la familia. Alessandra ha sido una voz estridente en causas que defienden elecciones individuales por encima de la dignidad inherente de todo ser humano, apoyando el aborto sin reservas y un feminismo que a menudo ha fragmentado la sociedad en lugar de unirla. ¿Y ahora? El PAN nos la quiere vender como aliada, como si un par de gestos simbólicos bastaran para borrar esa huella.

Mírenlos en acción: la envían a posar en momentos de respeto ante lo sagrado, como si una oración pública pudiera exorcizar su defensa pasada de lo que atenta contra la vida inocente. O la aplauden por retirar las estatuas de Fidel Castro y el Che Guevara en un parque de Cuauhtémoc, alegando irregularidades en su colocación, pero en el fondo usando eso como cortina de humo para proyectar un anticomunismo que distraiga de sus posiciones “woke”. Es un truco barato, uno que pretende limpiar el espacio público de símbolos opresores —lo cual es loable en sí mismo, ya que esas figuras representan regímenes que han destruido familias y sofocado la libertad verdadera— pero que no toca el meollo: su adhesión a ideas que siguen priorizando lo individual por sobre el bien común y la sacralidad de la existencia. No es un cambio de corazón; es marketing político, un engaño para que la derecha conservadora, esa que defiende la vida sin excepciones y la unión familiar como base de todo, trague el anzuelo y la acepte como propia.

Este lavado no es genuino; es oportunismo puro. Alessandra sigue siendo la misma activista que marchaba por causas que ignoran la vulnerabilidad de los no nacidos y promueven una visión de la sociedad fragmentada por modas ideológicas. El PAN, con Romero al timón, nos quiere convencer de que esto es progreso, que su sofisticación polanquita une a la oposición sin compromisos morales. Pero ¿a qué costo? Engañarnos así erosiona la confianza en líderes que deberían encarnar principios inmutables, no adaptarse al viento electoral. Si cedemos a esta farsa, perdemos la esencia de lo que nos define: el compromiso con la vida, la familia y un orden basado en verdades eternas, no en ilusiones temporales.

Al final, como conservador que no se deja seducir por fachadas, exijo autenticidad. Alessandra podría tener potencial si su transformación fuera real, pero mientras sea un engaño para ganar votos, solo divide más. México merece líderes que no nos vendan mentiras envueltas en simbolismo; merece quienes defiendan la vida y la unión con honestidad absoluta. Y eso, queridos amigos, es lo que este montaje panista nos niega.