Como católico mexicano profundamente comprometido con el futuro de nuestro país, guiado por los principios eternos de solidaridad, subsidiaridad y bien común que impulsan una sociedad justa y unida en el amor al prójimo, he llegado a la convicción inquebrantable de que la derecha en México enfrenta un momento existencial y moralmente decisivo.
Este momento exige una reflexión honesta y acción inmediata, porque persistir en la división no es solo un error táctico, es una fórmula para el fracaso total y una traición a los valores cristianos de unidad en la diversidad para servir al prójimo y mientras tanto, la izquierda ha mostrado una astucia disciplinada para cohesionarse y dominar el escenario político, explotando cada fisura opositora con maquiavelismo, en contra del llamado al diálogo auténtico para construir una sociedad más humana.
Pienso en las recientes elecciones presidenciales y locales, donde divisiones internas entre partidos como el PAN, grupos independientes oportunistas y figuras liberales egocéntricas han debilitado su fuerza de forma patética, propuestas fragmentadas compiten en vez de complementarse, generando pérdidas masivas de votos y erosión de influencia en el Congreso, gubernaturas y municipios, esto, esto debe terminar si queremos contrarrestar el dominio del oficialismo que capitaliza hábilmente las debilidades ajenas con cinismo, convirtiendo las disputas internas en su mejor arma para perpetuarse, ignorando el mandato de ser luz del mundo y sal de la tierra en lugar de ceder al egoísmo social que atenta contra la dignidad humana y margina a los vulnerables.
La política debe ser un instrumento para el bien común integral: justicia social, preferencia por los pobres, defensa de la vida, protección familiar y subsidiaridad que evite centralismos o caos fragmentados, no basta con ofrecer un lugar a todos en propuestas improvisadas donde cada uno busca su espacio a costa de la cohesión; al contrario, las fuerzas de la derecha deben fusionarse en una visión estratégica que integre conservadurismo tradicional, liberalismo económico pragmático, humanismo cristiano y federalismo regional, solo así surgirá una alternativa atractiva que conecte con ciudadanos exhaustos de la polarización y ávidos de soluciones efectivas, promoviendo solidaridad que una comunidades y rechace el atomismo egoísta que fomenta una “cultura de la muerte” y contradice el amor al prójimo.
En el pasado, alianzas ideológicamente dispares lograron victorias al priorizar el bien común sobre diferencias mezquinas, reflejando colaboración por una sociedad equitativa. Hoy, esa lección se ignora: líderes prefieren plataformas personales narcisistas antes que un frente unido, fragmentando el electorado, fortaleciendo al adversario con su propaganda implacable —que manipula la pobreza para clientelismos en vez de emancipar con trabajo digno y educación— y perpetuando derrotas humillantes por miopía espiritual, esto agrava la violencia, corrupción y degradación ambiental que amenazan nuestra casa común.
Es tiempo de que los líderes reconozcan la unidad como deber moral —el amor al prójimo — para recuperar espacios y ofrecer un proyecto creíble que defienda libertad económica regulada por justicia, estado de derecho y separación de poderes, sin individualismo que idolatre el mercado y margine vulnerables, contradiciendo la propiedad privada subordinada al destino universal de los bienes, se necesita diálogo honesto, compromisos reales con sacrificios y estructuras modernas que superen egos, incorporando participación ciudadana para reconciliación nacional, México merece una oposición cohesionada que inspire confianza, movilice desencantados y confronte el poder, en lugar de esfuerzos dispersos que se anulan y ridiculizan, agravando desigualdades, violencia y daños.
En mi opinión, este es el camino al renacimiento de la derecha: no solo criticar vehemente fallas como autoritarismo populista, erosión institucional, instrumentalización de la fe y manipulación de pobres, sino proponer alternativas concretas que prioricen educación responsable, salud accesible, ecología integral y reconciliación para sanar polarizaciones, invitar a todos como parte esencial de una causa transformadora que refleje el Reino de Dios mediante justicia y caridad, solo así aspiraremos a un cambio profundo en futuras elecciones, evitando la marginalidad por errores no aprendidos y construyendo una nación donde se respete la dignidad, guíe el bien común y supere divisiones con humildad y servicio total al prójimo.