Tu y yo somos parte del pueblo, ¿sabes? y cuando hablo de “el pueblo”, a veces me dejo llevar por esa ilusión colectiva que tanto usan los políticos de todos los colores, como si fuéramos un ente único, una masa homogénea que piensa igual, que anhela lo mismo y que actúa solo por un impulso compartido, pero detengámonos un momento, ¿quién es realmente este “pueblo” del que tanto se habla en discursos inflamados, en campañas electorales y en los titulares de los periódicos?
No es un monolito, no es una entidad abstracta que se mueve al ritmo de un solo tambor, somos millones de individuos, cada uno con su propio latido, sus ilusiones fragmentadas, sus pensamientos revueltos y sus sueños que a menudo chocan entre sí, imagina por un segundo, yo aquí en mi rincón del mundo podría estar soñando con un futuro donde la educación sea accesible para mis hijos, donde no tenga que preocuparme por si el salario alcanza para el mes ni por cómo cuidar a los más vulnerables en mi familia, pero al lado mío mi vecino podría estar obsesionado con la seguridad en las calles, con el miedo a que la delincuencia le robe la tranquilidad que tanto ha construido, mientras que otro podría estar buscando consuelo en su fe diaria, en rituales que le dan sentido a la existencia
Más allá, una joven en la ciudad podría estar luchando por derechos que a lo mejor para mí son secundarios, como la igualdad de género en el trabajo o la libertad de expresión en las redes sociales y en el campo un agricultor podría clamar por subsidios que protejan sus cosechas de la sequía, mientras que un empresario urbano sueña con menos regulaciones para expandir su negocio y entre ellos hay quienes se congregan en procesiones devotas invocando a figuras protectoras como la La Santísima Virgen María de Guadalupe, esa madre espiritual que para muchos de nosotros representa la unidad en la adversidad, pero que en realidad abarca devociones personales tan variadas como las vidas que la honran, ¿ves? no hay una sola demanda, no hay un solo grito unificado, el pueblo no “quiere” una cosa única, quiere miles que se entrecruzan en un entramado de necesidades humanas profundas, donde la búsqueda de justicia va de la mano con el anhelo de fraternidad y respeto por la singularidad de cada ser
Los políticos con su retórica pulida nos pintan como un bloque sólido para simplificar sus agendas, “el pueblo exige justicia” dicen, como si todos estuviéramos de acuerdo en qué significa esa justicia, ¿justicia para quién? para el trabajador explotado en la fábrica, para la familia que perdió su hogar por un desalojo injusto o para el inmigrante que cruza fronteras en busca de una oportunidad, pero también para aquellos que encuentran en su fe católica un llamado a la compasión que no se reduce a banderas partidarias, sino a actos concretos de ayuda al prójimo, lo reducen todo a consignas, a banderas que ondean en mítines, ignorando que detrás de cada rostro en la multitud hay una historia personal, un dolor único, una aspiración que no encaja en sus moldes prefabricados y ahí es donde entra el abuso del “pueblo católico”, ese que los políticos invocan como si fuera un rebaño uniforme guiado por una sola doctrina moral, cuando en verdad somos creyentes con interpretaciones diversas, algunos priorizando la defensa de la vida en todas sus etapas, otros enfocados en la solidaridad con los pobres y marginados, y muchos equilibrando fe con dudas cotidianas sin que nadie pueda arrogarse representar esa totalidad espiritual
Es cómodo hablar del pueblo como si fuera un coro afinado, pero en realidad somos un caos armónico, voces que se superponen, que discuten, que evolucionan y no solo eso, el pueblo no actúa solo en relación a una cosa, como si nuestra existencia girara alrededor de elecciones, protestas o crisis económicas, vivimos vidas complejas llenas de matices cotidianos, yo por ejemplo me despierto pensando en el café de la mañana, en el abrazo de mi familia, en ese libro que dejé a medias anoche o en una oración silenciosa que me da fuerzas para el día
Hay días en que el pueblo –o sea nosotros– solo quiere reírse con amigos, celebrar un cumpleaños o simplemente descansar de tanto ruido, participando en fiestas patronales que unen comunidades no por ideología, sino por tradición compartida, pero los que nos representan prefieren vernos como engranajes de una máquina política, activados solo por sus llamados a la acción, olvidan que somos humanos con contradicciones, uno puede votar por un cambio radical y al mismo tiempo añorar la estabilidad del pasado, otro puede protestar en la calle y luego volver a casa a preocuparse por pagar las cuentas, mientras reza por guía en tiempos inciertos
Esta simplificación no es inocente, sirve para dividirnos en bandos, “nosotros contra ellos”, “el pueblo verdadero contra los traidores”, pero ¿quién decide quién forma parte de este pueblo idealizado? ¿los que gritan más fuerte? ¿los que tienen micrófonos en las manos? no, el pueblo real es inclusivo, diverso, multicultural, incluye al indígena que defiende su tierra ancestral, al estudiante que sueña con innovar en tecnología, a la madre soltera que equilibra dos trabajos, al jubilado que recuerda tiempos mejores y al devoto guadalupano que ve en esa imagen mariana no solo un símbolo nacional, sino un refugio personal contra las injusticias diarias, pero los políticos lo usan como un estandarte homogéneo para movilizar votos, invocando un “pueblo guadalupano” unido en fe y patriotismo, ignorando que esa devoción se manifiesta de formas tan variadas como peregrinos que buscan milagros para enfermedades familiares, otros que piden por paz en barrios violentos y algunos que cuestionan cómo su fe choca con realidades sociales complejas, reduciéndolo todo a una narrativa simplista que ignora la riqueza de interpretaciones individuales
Somos ricos en diferencias de edad, de origen, de creencias, de orientaciones y esa riqueza es nuestra fuerza, no nuestra debilidad, porque en ella radica la posibilidad de un bien compartido, donde cada persona es valorada en su dignidad inherente, donde las decisiones se toman considerando al más débil primero, fomentando una unión que no aplasta las particularidades, sino que las eleva en un conjunto armónico, por eso como parte de este pueblo variopinto llamo a romper con esa visión miope, dejemos de aceptar que nos hablen como si fuéramos una mente colmena, exijamos que se reconozcan nuestras pluralidades, que las políticas se diseñen pensando en las múltiples caras de la sociedad, no en un promedio ficticio, que se escuchen las voces marginadas, las que no llenan plazas pero sí llenan vidas con sus testimonios de resiliencia y esperanza
Porque al final el verdadero poder del pueblo radica en su diversidad, en cómo a pesar de nuestras diferencias podemos encontrar puntos de encuentro si nos miramos de verdad, reconociendo que la verdadera justicia surge de tratar a cada uno con el respeto que merece, como seres únicos e interconectados en una red de responsabilidades mutuas, yo soy el pueblo, tú eres el pueblo y juntos somos un tapiz infinito de historias, no dejemos que lo reduzcan a un solo hilo y aquí es donde entra la crítica a todas las fuerzas políticas, porque no es solo un lado del espectro el que comete este error
La izquierda con su romanticismo revolucionario nos ve como una clase obrera unificada lista para derrocar sistemas opresivos, ignorando que dentro de ese “proletariado” hay emprendedores, conservadores, religiosos y escépticos que no comparten su visión utópica, reducen nuestras luchas a un marxismo reciclado donde todos somos víctimas idénticas sin reconocer las aspiraciones individuales que no encajan en su narrativa colectiva, ni cómo muchos encuentran en su fe católica un marco para la equidad social que trasciende ideologías seculares
La derecha por su parte nos pinta como un pueblo emprendedor amante de la libertad individual y el mercado libre, ignorando las desigualdades estructurales que dejan a muchos atrás, nos venden el sueño del “self-made man” como si todos empezáramos desde el mismo punto, obviando las barreras de clase, raza y género que hacen que para algunos el éxito sea un lujo inalcanzable, reducen el pueblo a consumidores racionales olvidando que somos seres emocionales con necesidades colectivas como salud pública y educación universal, y que para el pueblo católico la verdadera libertad incluye el deber moral hacia los demás, no solo el beneficio personal
Los centristas, esos supuestos moderados nos tratan como un electorado voluble que solo busca estabilidad y pragmatismo sin pasiones ni ideales, nos ofrecen reformas tibias que no resuelven nada profundo, pintándonos como un pueblo cansado de extremos, pero en realidad ignoran que esa “fatiga” viene de promesas incumplidas de todos lados y que muchos anhelamos cambios reales, no parches cosméticos, cambios que respeten la integridad de cada persona y promuevan una convivencia basada en principios de solidaridad genuina
Los populistas de cualquier signo nos manipulan con discursos antiélite proclamando que hablan en nombre del “pueblo real” contra los corruptos, pero terminan creando sus propias élites, dividiendo al pueblo en “nosotros” los puros y “ellos” los traidores, simplificando problemas complejos a chivos expiatorios como inmigrantes o minorías sin abordar las raíces sistémicas de la desigualdad y explotando devociones como la guadalupana para unir bajo una bandera emocional que oculta divisiones internas
Incluso los ecologistas o los movimientos verdes aunque con buenas intenciones a veces nos ven como un pueblo unificado en la lucha por el planeta, ignorando que para muchos la supervivencia diaria prima sobre el cambio climático y que imponer transiciones rápidas sin apoyo social puede alienar a quienes más sufren los costos, especialmente a aquellos cuya fe les insta a cuidar la creación, pero también a priorizar la dignidad humana inmediata
Y no olvidemos a los nacionalistas que nos reducen a una identidad cultural homogénea exaltando un “pueblo” puro y unido contra amenazas externas, borrando la diversidad interna y fomentando el miedo en lugar de la inclusión, a menudo invocando un pueblo católico o guadalupano como esencia nacional, ignorando cómo esa fe trasciende fronteras y llama a una hermandad universal que no se confina a banderas, todas estas fuerzas políticas cometen el mismo pecado, tratar al pueblo como un instrumento para sus agendas en lugar de como un mosaico vivo de individuos con agencia propia, cada uno merecedor de ser visto en su totalidad con sus creencias profundas que inspiran acciones de compasión y justicia más allá de las urnas
Es hora de que el pueblo –nosotros– reclamemos nuestra complejidad, rechacemos las narrativas simplistas y exijamos líderes que nos vean tal como somos, un entramado de sueños contradictorios pero interconectados, solo entonces podremos construir una sociedad que honre a cada uno de sus miembros no como partes de una máquina, sino como hilos únicos en un tejido colectivo, donde el bien de todos se logra respetando el valor intrínseco de cada uno, ¿Y cuál es ese valor?, como ya lo he escrito en otras opiniones es la dignidad, fomentando una unión que surge de la base de las comunidades reales y no de imposiciones desde arriba.