El vacío de la oposición y la trampa de los nuevos actores
Como mexicano que sigue el pulso de la política con una mezcla de esperanza, frustración y un dejo de impotencia, no puedo evitar sentirme desconcertado ante el espectáculo que ofrece la oposición en su autoproclamada gran cruzada contra Morena, este movimiento, presentado como una gesta épica para unir fuerzas y desafiar al oficialismo, no es más que un espejismo, un esfuerzo desarticulado que carece de dirección, sustancia y una visión capaz de rivalizar con el proyecto que domina el panorama político de México, esta cruzada, lejos de ser un faro que inspire, es un grito vacío que no encuentra eco, porque en esencia, no tiene ni pies ni cabeza, los nuevos actores, que podrían haber inyectado vitalidad y frescura a esta lucha, se han convertido en parte del problema al abrazar una narrativa maniquea que pinta a todos como malos y a ellos como los únicos buenos, a todos como demonios y a ellos como santos, este discurso no solo refuerza la polarización que tanto critican, sino que perpetúa las dinámicas que condenan a la oposición a la irrelevancia, desglosemos con ejemplos concretos y detallados, explorando las razones profundas de este fracaso, las oportunidades perdidas y el papel contraproducente de los nuevos actores, con un enfoque en cómo esta cruzada podría transformarse si lograra superar sus defectos estructurales.
El núcleo del problema radica en la obsesión de la oposición, tanto tradicional como emergente, por derribar a Morena sin ofrecer una alternativa sólida que conecte con las aspiraciones de los mexicanos, la política no se sostiene solo con el rechazo, los ciudadanos, aunque desencantados con el gobierno en muchos casos, no se movilizan únicamente por el enojo, necesitan una visión que les dé esperanza, un proyecto que les haga sentir que su voto o su apoyo valdrá la pena, pero esta cruzada carece de eso, no hay un programa político claro que articule un futuro diferente, tomemos el caso de la inseguridad, un tema que toca a millones de mexicanos diariamente, la oposición critica la estrategia de abrazos no balazos, señalando su incapacidad para reducir los índices de violencia, pero no presenta un plan detallado que explique cómo abordaría el problema, por ejemplo, en 2023, se organizó un foro sobre seguridad en Nuevo León, pero las propuestas se quedaron en generalidades como fortalecer a las fuerzas del orden, sin especificar cómo lidiar con la corrupción en las policías locales, cómo financiar la capacitación de agentes o cómo implementar programas de prevención que ataquen las causas estructurales de la delincuencia, como la pobreza y la falta de oportunidades, esta vaguedad no inspira confianza en una población que vive con miedo en regiones como Michoacán o Guerrero, donde los cárteles siguen dominando amplios territorios.
En el terreno económico, la desconexión es aún más evidente, Morena ha sabido capitalizar su conexión con los sectores populares a través de programas sociales como la pensión para adultos mayores o las becas que apoyan a estudiantes de escasos recursos, estos programas, aunque criticados por su implementación o por casos de mal manejo, han creado un vínculo tangible con comunidades que históricamente se sentían ignoradas por el Estado, la oposición, en cambio, no ha presentado una alternativa que compita en impacto social, durante las elecciones, los partidos tradicionales se enfocaron en criticar el costo de estos programas, argumentando que eran insostenibles, pero no ofrecieron un modelo económico que equilibrara disciplina fiscal con apoyo a los más vulnerables, ¿cómo financiarían un sistema de bienestar que no dependa solo de transferencias directas?, ¿qué harían para impulsar el empleo formal en un país donde el 56% de la fuerza laboral, según el INEGI, trabaja en la informalidad?, se prometió crecimiento económico sin detallar cómo apoyaría a sectores como los pequeños comerciantes o los campesinos, dejando a los votantes con la sensación de que la oposición no entiende sus necesidades cotidianas.
Los actores históricos de la oposición, figuras desgastadas de los partidos tradicionales, parecen atrapados en una cápsula del tiempo, actúan como si el México de 2025 fuera el mismo que gobernaron en las décadas pasadas, sin reconocer que el hartazgo contra el viejo régimen, con su historial de corrupción y elitismo, fue el motor que llevó a Morena al poder, su estrategia de comunicación refleja esta desconexión, en lugar de aprovechar plataformas digitales para conectar con audiencias jóvenes, que representan más del 30% confían en métodos obsoletos como spots de televisión o mítines en plazas públicas que no logran movilizar a las nuevas generaciones, se gastan millones en anuncios televisivos que repeten mensajes genéricos sobre la necesidad de cambio, pero no resonaron con una población que consume información principalmente en redes sociales como TikTok o Instagram, esta falta de adaptación se vio también en un evento de campaña en la Ciudad de México en donde los oradores, todos de generaciones mayores, hablaron de temas como la reforma energética sin conectar con las preocupaciones de los jóvenes, como el cambio climático o el acceso a empleos tecnológicos.
Aquí es donde los nuevos actores podrían haber marcado una diferencia, pero, lejos de aportar soluciones, han caído en una trampa aún más peligrosa, su narrativa maniquea de nosotros los buenos contra ellos los malos simplifica la complejidad de los problemas nacionales y refuerza la polarización que tanto critican, estos nuevos rostros, que incluyen influencers, activistas y figuras emergentes, se presentan como la salvación de México, pero su discurso se queda en la superficie, un grupo lanzó una campaña viral con hashtags como #MéxicoSinMorena, que acumuló millones de vistas en plataformas como YouTube, pero los videos se limitaban a denunciar al gobierno con imágenes dramáticas y frases como Morena destruye México, sin ofrecer una sola propuesta concreta, ¿cómo abordarían la desigualdad regional, que deja al sur del país rezagado frente al norte, donde el PIB per cápita es hasta tres veces mayor?, ¿qué harían para mejorar el acceso a la salud en comunidades marginadas, donde el 40% de la población no tiene acceso a servicios médicos básicos?, en lugar de respuestas, estos actores alimentan el enojo con eslóganes que no construyen puentes, esta actitud aleja a sectores moderados que podrían estar abiertos a una oposición constructiva, pero que se sienten atacados por un discurso que los tacha de cómplices si no se alinean completamente con la cruzada.
La marcha de noviembre de 2022 es un ejemplo emblemático de las oportunidades perdidas, esta protesta, que reunió a miles en las calles de la Ciudad de México, fue convocada en gran parte por los nuevos actores a través de redes sociales, logrando movilizar a un espectro diverso, desde empresarios hasta estudiantes, indignados por las reformas electorales de Morena que amenazaban la autonomía del INE, pero el evento se quedó en un destello efímero, no hubo un plan para capitalizar ese momento, los organizadores, tanto tradicionales como nuevos, no crearon una plataforma común que diera continuidad al descontento, no se formaron redes de activismo local, no se propusieron iniciativas legislativas para contrarrestar las reformas, no se establecieron canales de diálogo con los asistentes para convertirlos en una fuerza organizada, en contraste, Morena ha demostrado una capacidad notable para transformar momentos de indignación en movimientos duraderos, tras las elecciones de 2006, organizó asambleas populares en todo el país, creando una estructura que mantuvo viva la resistencia hasta su triunfo en 2018, la oposición de hoy, en cambio, parece incapaz de aprender de ese ejemplo, un caso concreto fue la falta de seguimiento tras la marcha, en estados como Veracruz o Puebla, donde hubo protestas simultáneas, no se crearon comités ciudadanos que mantuvieran el impulso, dejando a los participantes sin un canal para seguir activos.
La fragmentación es otro obstáculo insalvable, los partidos tradicionales no logran alinearse entre sí y los nuevos actores solo añaden caos, las negociaciones para formar una coalición opositora se derrumban en medio de disputas públicas, los partidos tradicionales discutían quién controlaría las candidaturas clave, mientras los nuevos movimientos exigían un liderazgo limpio de cualquier pasado político, un grupo ciudadano emergente en Jalisco, por ejemplo, se negó a colaborar con los partidos tradicionales, argumentando que todos eran parte del problema, pero su campaña, basada en denuncias genéricas contra la corrupción, no presentó un plan electoral viable, este grupo organizó mítines que atrajeron a cientos, pero no lograron traducir ese apoyo en una estructura política que compitiera en las urnas, en Chiapas, un intento similar en 2024 colapsó cuando un nuevo movimiento se retiró de las negociaciones por desacuerdos sobre la selección de candidatos, dejando el terreno libre para Morena, esta falta de unidad refleja una ausencia de liderazgo capaz de trascender las ambiciones personales y articular una visión compartida.
Morena, a pesar de sus fallas, ha sabido construir una narrativa clara que conecta con el México profundo, sus programas sociales, como Sembrando Vida, han llegado a comunidades rurales donde los partidos tradicionales apenas tienen presencia, el gobierno reportó que este programa beneficiaba a más de 400 mil agricultores, muchos de los cuales nunca habían recibido apoyo estatal antes, en regiones como Oaxaca o Chiapas, esto ha creado una lealtad que la oposición no ha sabido contrarrestar, en lugar de proponer mejoras o alternativas, los partidos tradicionales y los nuevos actores se limitan a descalificar estos programas como populistas, un influencer con miles de seguidores llamó a las becas para estudiantes un desperdicio de recursos, sin sugerir cómo apoyaría a los jóvenes en contextos de pobreza, este tipo de discurso no solo aliena a los beneficiarios, sino que refuerza la percepción de que la oposición no entiende las necesidades reales, en contraste, Morena ha sabido presentarse como el defensor de los olvidados, incluso si su ejecución deja mucho que desear.
El intento de unir a los partidos tradicionales con los nuevos movimientos es un reflejo más de esta falta de rumbo, en 2024, las negociaciones para una gran coalición electoral se estancaron porque los intereses eran irreconciliables, los partidos querían priorizar sus bastiones electorales, como las zonas urbanas de Nuevo León o Querétaro, mientras los nuevos actores exigían un liderazgo que representara un rompimiento total con el pasado, esta dinámica recuerda a la alianza fallida de 2010 en estados como Oaxaca, donde la unión de fuerzas opuestas ideológicamente colapsó por falta de cohesión, los nuevos actores, con su narrativa de santos contra demonios, no facilitan la unidad, al descalificar a cualquiera que no comparta su visión, sabotean cualquier posibilidad de un frente común, un caso reciente en Guadalajara mostró cómo un movimiento ciudadano se desmarcó de los partidos tradicionales, pero su campaña, basada en ataques genéricos contra la corrupción, no logró movilizar a los votantes más allá de las redes sociales, en las elecciones locales de 2024, este movimiento apenas obtuvo el 3% de los votos, demostrando que la indignación digital no se traduce automáticamente en apoyo electoral.
La oposición, tanto vieja como nueva, ignora una verdad fundamental, no ha sabido conectar con el México que no está en las ciudades ni en las redes sociales, Morena ha consolidado su apoyo en comunidades rurales y sectores populares, mientras la oposición sigue hablando desde las élites urbanas, en 2023, un intento de movilización en un municipio de Guerrero fracasó estrepitosamente, los organizadores, incluidos influencers que se presentaban como la nueva cara de la oposición, llegaron con un mensaje de todos son corruptos que no resonó con una comunidad que, aunque crítica del gobierno, valora los apoyos sociales que recibe, en lugar de proponer soluciones a problemas locales, como la falta de infraestructura o el acceso al agua potable, que afecta al 30% de los hogares rurales, se limitaron a denuncias genéricas que no conectaron con las preocupaciones de la gente, en otro caso, en un pueblo de Oaxaca, se convocó a una protesta contra Morena, pero apenas reunió a unas decenas de personas porque su mensaje no abordó las necesidades específicas de la comunidad, como el acceso a mercados para los productores locales, este desencuentro es un recordatorio de que la política no se hace solo en Twitter o en las plazas de las grandes ciudades.
¿Qué necesita esta cruzada para dejar de ser un espejismo?, un proyecto que no solo critique, sino que proponga, un plan contra la inseguridad que detalle cómo fortalecer instituciones, capacitar a las policías y prevenir el crimen desde sus raíces sociales, una estrategia económica que combine crecimiento con justicia social, ofreciendo alternativas a los programas de Morena sin despreciar a sus beneficiarios, una narrativa que hagas sentir a los mexicanos que hay un futuro mejor posible, los nuevos actores deben abandonar su lógica de santos contra demonios y aprender a dialogar con sectores diversos, incluso con aquellos que no comparten su visión al cien por ciento, la oposición necesita líderes que no busquen solo reflectores, sino que estén dispuestos a ceder por un bien mayor y sobre todo necesita escuchar al México profundo, el de las comunidades marginadas, los trabajadores informales, los jóvenes que no ven su realidad reflejada en los discursos de las cúpulas, sin esto, la oposición seguirá atrapada en su propio vacío, los nuevos rostros, lejos de ser la solución, seguirán alimentando una polarización que solo fortalece a Morena, hasta que no construyan desde abajo, con humildad, empatía y una visión clara, esta cruzada seguirá siendo un eco sin sustancia, condenada a desvanecerse en la irrelevancia.