Metamorfosis

En la quietud espectral de un amanecer mexicano, en este julio de 2025, el Partido Acción Nacional (PAN) yace en su lecho, envuelto en un sudario de sombras, como Gregor Samsa en aquella madrugada maldita de La metamorfosis de Kafka, no es un insecto de caparazón grotesco, no, es una entidad política que se retuerce en un cuerpo desfigurado, un alma que ya no se reconoce en el espejo del tiempo, sus alas, que antaño batían con la furia de los ideales, con la promesa incandescente de libertad y democracia, están ahora marchitas, quebradas, cubiertas de un polvo gris que el viento de los años ha acumulado, sus escamas, que alguna vez destellaban bajo el sol de la esperanza, se han agrietado, desgarradas por decisiones que pesan como cadenas, por traiciones que sangran en silencio, tanto propias como ajenas, desde mi ventana, como un espectador que no lleva su bandera, que no ha jurado lealtad a sus colores ni ha cantado sus himnos, contemplo este drama con el corazón apretado, con una mezcla de fascinación, desconcierto y una melancolía que se cuela como el frío del alba, ¿qué es hoy el PAN?, ¿qué queda de aquel coloso que, con lanza en ristre, desafió al dragón priista?, ¿es esta metamorfosis su sentencia final, su caída en el olvido o el preludio de una resurrección que aún no puedo imaginar?

El alba de un sueño ardiente

Corría el año 1939 cuando el PAN abrió los ojos al mundo, un ser frágil, casi un suspiro, nacido en el crisol de las mentes febriles de hombres como Manuel Gómez Morín que soñaban con un México donde el alma humana no fuera aplastada por el yugo del poder, era un partido puro, un caballero errante que cabalgaba en un desierto de autoritarismo, armado con un escudo de valores cristianos, democracia y subsidiariedad que relucía como acero bajo el sol, como Gregor Samsa, que día tras día cargaba con el pan de su familia, el PAN asumió una carga titánica: ser la voz de una nación asfixiada, el faro que guiara a un pueblo perdido en la noche del régimen priista, sus alas, aún tiernas, temblaban con la fuerza de la oposición y aunque apenas lograban alzarlo del suelo, cada batir era un grito de rebeldía, en las plazas polvorientas, en los discursos que ardían como antorchas, resonaba un propósito sagrado, un juramento que parecía tallado en piedra: construir un país donde el poder se arrodillara ante el hombre, donde la dignidad fuera el aire que todos respiraran.

No soy militante, no he marchado bajo su estandarte ni he llorado con sus victorias, pero desde mi distancia, desde este rincón donde observo el mundo, no puedo evitar sentir un respeto reverente por aquella chispa primigenia, el PAN era entonces como un joven poeta, con los ojos llenos de estrellas, movido por una pasión que lo hacía brillar en la penumbra, sus militantes, como profetas en un exilio político, predicaban la libertad y la justicia en un México donde esas palabras eran blasfemias susurradas, arriesgaban todo —sus nombres, sus hogares, sus vidas— por un sueño que parecía inalcanzable, eran los días en que el PAN no necesitaba el poder para ser grande, su grandeza vivía en su resistencia, en su desafío obstinado a un sistema que devoraba todo lo que tocaba, pero, como toda criatura marcada por el destino, el PAN no podía permanecer inmune al tiempo, al roce cruel del mundo que lo envolvía, el escultor del cambio, con su cincel implacable, comenzaría a tallar en su carne una transformación que nadie, ni él mismo, podía prever.

El amanecer de la metamorfosis

El año 2000 fue el umbral de su metamorfosis, cuando Vicente Fox, con su sombrero de ranchero y su voz que retumbaba como trueno, alzó la bandera del PAN y derribó las murallas de la hegemonía priista, el país entero contuvo el aliento, no era solo una victoria electoral, era un canto de redención, un amanecer que rompía la penumbra de siete décadas, las calles se desbordaron de rostros radiantes, de manos que se alzaban al cielo, de corazones que latían al unísono, como si el PAN en ese instante glorioso, hubiera arrancado las cadenas de un México encadenado, pero, como le ocurrió a Gregor al despertar en su forma monstruosa, el PAN descubrió que el poder no era el edén soñado, gobernar no es lo mismo que oponerse, el partido, que había danzado en la pureza de la resistencia, se encontró de pronto en una piel extraña, un cuerpo torpe, pesado, que debía navegar entre las trampas de un sistema político enquistado, las expectativas desmesuradas de una nación herida y las tentaciones del poder, que como un licor amargo, embriaga y corrompe a quien lo bebe.

Observe cómo el PAN intentó abrazar esta nueva forma, sus alas de idealismo, que antes se alzaban con la fuerza de los principios, chocaban ahora contra los muros de la realidad: un país fracturado por abismos de desigualdad, una burocracia que se aferraba a sus privilegios como un náufrago a su tabla, una ciudadanía que exigía milagros en un abrir y cerrar de ojos, las promesas de transparencia, de justicia, de un México renacido, comenzaron a desmoronarse bajo el peso de los escándalos, las decisiones pragmáticas que olían a traición, las alianzas que para alguien como yo, que observo desde la orilla, parecían una danza con el diablo, el PAN, que había forjado su alma en el rechazo al PRI, empezó a tejer pactos con él, como si Gregor, atrapado en su cuerpo de insecto, intentara hablar con su voz humana para no horrorizar a los suyos, las críticas caían como flechas envenenadas: ¿dónde estaba el partido de los valores?, ¿dónde el caballero que prometió salvarnos?, como la familia de Gregor, que lo encierra en su habitación con miedo y asco, muchos mexicanos comenzaron a mirar al PAN con una mezcla de decepción, desconfianza y un dolor que no se nombra.

El sexenio de Felipe Calderón (2006-2012) fue como un segundo acto en esta tragedia, su guerra contra el narcotráfico, un grito de valentía para algunos, un abismo de sangre para otros, dejó al PAN aún más desfigurado, la inseguridad se alzó como un monstruo que devoraba ciudades, familias, sueños y el país, como la familia Samsa, empezó a ver al partido como una carga, un ser que ya no cumplía con las promesas que había encendido en los corazones, desde mi posición, sin lealtades ni colores, no puedo evitar sentir la punzada de la ironía: el PAN, que nació para desafiar al sistema, parecía haberse fundido con él, sus escamas, que alguna vez reflejaron el sol de los ideales, se desprendían una a una y su cuerpo político, ahora torpe, contradictorio, parecía perdido en un laberinto de su propia hechura, un caballero que en su afán de salvar el reino, había olvidado quién era.

El aislamiento y la agonía

Hoy, en julio de 2025, el PAN yace en un aislamiento que corta el aliento, confinado en una habitación que él mismo ha construido con los escombros de su pasado, las derrotas electorales de 2012, 2018, 2024 y el papel de sombra frente al dominio abrumador de Morena, lo han sumido en una crisis existencial que recuerda al Gregor que agoniza, con el cuerpo roto, mientras su familia planea un futuro sin él, el PAN es un partido fracturado, un mosaico de voces que no logran cantar al unísono: los conservadores, aferrados a los valores tradicionales como si fueran un talismán contra el caos, los pragmáticos, que se arrastran en un juego político donde la supervivencia exige renunciar al alma y los soñadores, que anhelan una renovación que parece un espejismo en el horizonte, como Gregor, que intenta aferrarse a su humanidad en un cuerpo que lo traiciona, el PAN lucha por reconciliar su identidad fundacional con las demandas de un México que ha cambiado, un México que ya no lo mira con esperanza, sino con un escepticismo que pesa como plomo.

Desde mi ventana, veo a un PAN que no sabe si es un insecto o un hombre, un partido que ha perdido su reflejo, sus alianzas con el PRI y el PRD en las elecciones pasadas, aunque nacidas de la desesperación, han reforzado la percepción de que su brújula está rota, para alguien como yo, que no lleva su estandarte, estas decisiones parecen un grito ahogado, como si Gregor intentara cantar con una garganta que ya no es suya, pero el México de hoy, dominado por Morena, partido que ruge como un huracán y marcado por una polarización que divide almas y hogares, no parece dispuesto a escuchar, el PAN, como Gregor, es visto por muchos como una reliquia, un eco de un tiempo que ya no existe, sus esfuerzos por mantenerse relevante —sus discursos que suenan a eco, sus líderes que tropiezan y parasitando su cuerpo, sus propuestas que no prenden— parecen los estertores de un cuerpo que no sabe si puede volver a levantarse y sin embargo, en su agonía, hay algo que estremece, algo que me hace detener la mirada, porque en ese cuerpo desfigurado aún late un corazón, aunque débil, que alguna vez soñó con cambiar el mundo.

El umbral de un destino incierto

En La metamorfosis, la muerte de Gregor libera a su familia, que encuentra en su ausencia la fuerza para mirar hacia un nuevo amanecer, me pregunto, con el alma en vilo si el PAN enfrenta un destino similar, ¿es esta crisis el preludio de su fin, un sacrificio necesario para que México encuentre un nuevo equilibrio?, ¿o puede ser el umbral de una resurrección, un milagro que aún no logro vislumbrar?, desde la distancia, observo que el partido aún respira, aunque su aliento es frágil, hay quienes dentro de sus filas claman por un retorno a los principios de Gómez Morín, a esa visión de un México donde el individuo sea el centro, donde el poder sea un sirviente y no un amo, otros con la audacia de los que no temen al abismo, abogan por un PAN reinventado, un partido que hable el lenguaje de las nuevas generaciones, que cante sus anhelos de justicia social, igualdad, un mundo que no se ahogue en su propia codicia, un partido que no tema mirarse al espejo y aceptar que su cuerpo ha cambiado, que sus alas ya no son las de antaño, pero el camino es un sendero cubierto de niebla y el cuerpo transformado del PAN, con sus cicatrices que sangran, sus contradicciones que lo desgarran, sigue siendo un grillete que lo ata al suelo.

Como observador, no tengo un apego personal por el PAN, no me atan sus colores, no me queman sus derrotas ni me elevan sus glorias, pero su metamorfosis me atrapa, me estremece, porque es un espejo de algo eterno: la lucha desgarradora de cualquier ideal por sobrevivir en un mundo que exige adaptarse o perecer, el PAN de 2025 es un ser en el filo de la existencia, un Gregor que aún no sabe si morirá en su habitación, olvidado por un país que ya no lo reclama o si encontrará, en algún rincón de su alma rota, la fuerza para alzar el vuelo con unas alas nuevas, alas que quizás no brillen como las de 1939, pero que le permitan surcar los cielos de un México que cambia con cada latido, su destino dependerá de si puede reconciliar lo que fue —aquel joven poeta que desafió a los gigantes— con lo que necesita ser: una voz que despierte a un país desencantado, que le recuerde que los sueños, aunque heridos, no mueren, desde mi ventana, con el corazón suspendido, solo espero que, sea cual sea su final, esta metamorfosis sirva para fortalecer el México que todos compartimos, aunque el PAN, como Gregor, deba desvanecerse en la penumbra, sacrificándose en un acto final de amor, para que un nuevo día, más luminoso, más justo, amanezca sobre esta tierra que tanto ha sufrido.