Los ciclos de la gentrificación y el camino hacia un desarrollo urbano sostenible en la Ciudad de México
Paseo por las calles empedradas de la Colonia Roma, donde las casonas porfirianas susurran ecos de un pasado opulento y siento que estas calles son un lienzo vivo, transformado una y otra vez por los ciclos de la ciudad, hace décadas, la Roma, Santa María la Ribera, Juárez, Condesa, San Rafael, Guerrero, Industrial y Del Valle fueron escenario de la gentrificación inversa, un proceso que convirtió barrios de élite y clase media en refugios de clases trabajadoras, hoy, esas colonias vibran con la gentrificación clásica, mientras protestas, como la de ayer en la Juárez y la Roma contra los extranjeros que las habitan, revelan tensiones, pero también una mano que busca oportunidad política sin importar realmente la gentrificación, como habitante de esta urbe, con raíces en su historia, me pregunto: ¿puede el desarrollo urbano sostenible romper este ciclo de exclusión y ofrecer una oportunidad para todos?
Mis padres son parte de esta danza urbana, mi padre creció en la Colonia Industrial, un barrio obrero de los años 50 y 60, lleno de familias trabajadoras cerca de las fábricas del norte, mi madre vivía en un departamento en la Colonia Del Valle, un fraccionamiento de clase media con edificios y jardines cuidados, no eran élites, sino parte de la vibrante clase trabajadora y media que animaba la ciudad, se conocieron en Santa María la Ribera, quizás en una tarde en la Alameda junto al Kiosco Morisco, cuando el barrio ya no era un enclave de élite, sino un espacio de vecindades y vida popular, como muchas familias, buscaron mejores horizontes y se mudaron primero a la Nochebuena, luego a Polanco y finalmente a Tecamachalco, siguiendo el flujo hacia barrios modernos del poniente, su historia refleja una transformación más amplia que dejó atrás colonias céntricas, marcando la gentrificación inversa en lugares como la Roma o la Industrial, inclusive mi abuelo paterno migró hacia Ciudad Satélite.
En los años 40 y 50, la Roma, Juárez y Santa María la Ribera eran el orgullo de la burguesía, mis abuelos contaban de paseos en la Plaza Río de Janeiro, cuando la Roma simbolizaba elegancia, pero el congelamiento de rentas de 1942, pensado para proteger a los inquilinos durante la crisis de la Segunda Guerra Mundial, trajo abandono, los propietarios, sin incentivos, dejaron deteriorarse las casonas o las dividieron en vecindades, migrantes del campo y otras pequeñas ciudades que venían a la metrópoli en busca de oportunidades llenaron esos espacios, la Roma, la Juárez, Santa María la Ribera—donde mis padres se encontraron entre fondas y risas infantiles—y la Industrial, donde mi padre creció entre talleres y mercados populares, se volvieron refugios asequibles, era la gentrificación inversa: barrios exclusivos transformados en hogares de clases trabajadoras.
En los años 80, caminé por la Guerrero, donde las casonas de la Plaza de San Fernando albergaban familias numerosas en vecindades abarrotadas, la Del Valle, donde mi madre vivía en un departamento también cambió, de un barrio de clase media pasó a recibir más familias trabajadoras en departamentos subdivididos, mientras familias como la de mis padres, buscando mejores condiciones, se mudaban a la Nochebuena, Polanco o Tecamachalco, atraídas por la modernidad, la falta de inversión pública en las colonias céntricas, el enfoque en nuevos fraccionamientos y la regulación laxa del uso de suelo permitieron esta transformación, las alamedas, antes espacios de la alta sociedad, se llenaron de tianguis, había vida, pero también deterioro: calles sin repavimentar, drenajes colapsados, un abandono que contrastaba con los nuevos barrios del poniente.
La ciudad, sin embargo, no se detiene, a finales del siglo XX, la gentrificación clásica revitalizó estas colonias, en la Condesa, las casonas se convirtieron en lofts y cafeterías, la Roma atrajo galerías y restaurantes de autor, la Juárez, con su Zona Rosa, se volvió un centro de vida nocturna, incluso la Del Valle, con sus departamentos, comenzó a revalorizarse, pero este cambio trajo un costo, ayer, en las calles de la Juárez y la Roma, vi pancartas de protesta, vecinos exigiendo que los extranjeros, muchos nómadas digitales, no encarezcan más sus barrios, “La Roma no es Airbnb”, decía un cartel, pero entre las voces genuinas de los residentes, también se percibía una mano que busca oportunidad política, usando la gentrificación como bandera para ganar visibilidad sin abordar sus raíces, los residentes de vecindades y departamentos, que sostuvieron estas colonias en sus años de declive, ahora enfrentan el desplazamiento por rentas inalcanzables, un eco inverso del movimiento de mis padres.
En Santa María la Ribera, donde se conocieron, bajo el Kiosco Morisco pienso en el futuro, ¿se acerca una nueva gentrificación inversa? Una crisis económica o políticas urbanas mal planeadas podrían hacer que estas zonas pierdan su brillo, imagino edificios modernos en la Roma deteriorándose, cafés en la Condesa reemplazados por fondas, familias trabajadoras, como las de la Industrial o el departamento de mi madre en la Del Valle, regresando a espacios vacíos por los altos costos, la historia de la ciudad, con sus ciclos de abandono y renacimiento, sugiere que no es imposible, pero estos vaivenes muestran que las políticas urbanas populistas, como el congelamiento de rentas que desencadenó la gentrificación inversa, pueden tener consecuencias imprevistas, las políticas urbanas deben estar por encima de la política, siendo una verdadera administración para el bien de todos, equilibrando las necesidades de los residentes históricos con el desarrollo, sin caer en medidas cortoplacistas que generan abandono o desplazamiento.
El desarrollo urbano sostenible ofrece una salida a estos ciclos, se trata de planificar ciudades que integren crecimiento económico, inclusión social y preservación cultural, sin sacrificar a las comunidades que las sostienen, políticas que promuevan vivienda asequible, como fideicomisos que pueden garantizar que familias trabajadoras permanezcan en barrios revitalizados, la inversión en transporte público y espacios verdes accesibles, como los corredores peatonales del Centro Histórico, conecta comunidades sin desplazarlas, la regulación estricta del uso de suelo, con incentivos para restaurar edificios patrimoniales sin convertirlos en lujo, preserva la identidad de colonias como la Roma o Santa María la Ribera, estas estrategias, aplicadas con visión a largo plazo, podrían evitar que la gentrificación clásica expulse a los vecinos o que la inversa traiga abandono, en la Ciudad de México, donde mis padres encontraron hogar y amor, el desarrollo sostenible es la clave para que los barrios sean de todos, no de unos pocos.
Como mexicano, con raíces en la Industrial, Del Valle, Nochebuena, Polanco y Tecamachalco, siento nostalgia y esperanza, la gentrificación inversa permitió a mis padres, clase trabajadora que se conoció en un Santa María la Ribera lleno de vida popular, encontrar un lugar en la ciudad, pero trajo precariedad, la gentrificación clásica de hoy, que despierta protestas como la de ayer, donde algunos buscan rédito político más que soluciones, devuelve el brillo a estos barrios, pero desplaza a comunidades enteras, ¿qué traerá el próximo ciclo? La respuesta está en un desarrollo urbano sostenible que preserve la diversidad, invierta en infraestructura sin expulsar a los residentes históricos, celebre la riqueza de vecindades y departamentos tanto como las casonas restauradas, la ciudad sigue viva, cambiante, contradictoria, y yo hijo de sus barrios, solo puedo observar, aprender y soñar con un futuro donde los ciclos de la gentrificación no signifiquen exclusión, sino un abrazo a todos los que, como mi familia, hemos llamado a estas calles de la hermosa y bella Ciudad de México hogar.