Dignidad

La dignidad es una verdad que resuena en lo más hondo del alma, un susurro que no calla, que nos recuerda que cada persona, sin excepción, lleva un valor único, irrepetible, algo que no se toca, no se negocia, no se pierde, no importa si tienes el mundo a tus pies o si apenas puedes levantarte del suelo, no importa si el éxito te abraza o si las caídas te han marcado, hay algo en cada uno de nosotros que pide a gritos respeto, cuidado, amor, un algo que no depende de lo que hacemos, de lo que tenemos, de lo que los demás piensan de nosotros. Desde pequeño, me enseñaron a mirar a las personas no por lo que aparentan, no por lo que poseen, sino por lo que son, mi abuela, con sus manos gastadas por el tiempo y su voz suave como un arrullo, me decía que todos —el que pide una moneda en la esquina, el que corre con un maletín por la ciudad, el que brilla y el que se esconde— son un tesoro, no porque se lo ganen, sino porque lo son, porque nacen con eso, porque es parte de lo que nos hace humanos. Esa idea se clavó en mí como una raíz, pero con los años he visto cómo el mundo a veces la pasa por alto, nos encasilla, nos pone etiquetas, nos reduce a números, a problemas, a cosas, como si la dignidad pudiera encerrarse en una caja, como si fuera algo que se compra, se vende o se pierde, cuando en realidad es algo que simplemente es, como el aire que llena los pulmones, como la luz que se cuela por la ventana al amanecer.

He visto esa dignidad brillar en los lugares más inesperados, en los ojos de quienes enfrentan el dolor con una valentía que no se explica, en los que se levantan una y otra vez después de caer, en los que pelean por seguir adelante aunque el mundo los empuje al olvido, he visto a personas rotas por la vida, marcadas por el sufrimiento, y aun así, en ellas hay algo que no se quiebra, algo que resiste, que sigue siendo sagrado. Pero también he sentido el peso de un mundo que parece empeñado en aplastar esa dignidad, me parte el alma pensar en los niños que, aún en el vientre de su madre, son arrancados de la vida, descartados como si su latido, su comienzo, su posibilidad de ser no fueran ya un milagro, un misterio inmenso con un valor que no se mide, me duele el abandono de los ancianos, dejados en un rincón, olvidados, como si sus años, sus risas, sus lágrimas, su sabiduría no valieran nada, como si el paso del tiempo les quitara su lugar en el mundo, me duele ver a hombres y mujeres que deambulan como sombras, invisibles para un mundo que los desprecia porque son pobres, porque son alcohólicos, porque son adictos, como si sus luchas, sus heridas, sus caídas les arrancaran ese valor que llevan dentro, como si dejaran de ser personas por no encajar en el molde de lo que el mundo considera “útil” o “digno”. ¿Cómo llegamos a esto, cómo se nos olvida que cada vida, desde el primer instante en el vientre hasta el último aliento, tiene un valor que no se toca, que no se negocia, que no se apaga?

Pero la dignidad no camina sola, va de la mano con la justicia social, como dos hilos que se tejen juntos en un mismo tapiz, si la dignidad es ver el valor inmenso de cada persona, la justicia social es el compromiso de construir un mundo donde ese valor no sea solo una idea bonita, sino una realidad que se viva, que se respire, que se toque, no puedo pensar en una sin la otra, porque pasar por alto la dignidad de alguien —sea un niño que no llega a nacer, un anciano olvidado, un marginado que vaga sin rumbo— es una injusticia, y cualquier esfuerzo por la justicia se queda vacío si no pone a la persona, con todo su valor, en el centro de todo. La justicia social se juega en lo cotidiano, en las cosas que parecen pequeñas pero no lo son, en no permitir que nadie sea tratado como menos por su origen, su pobreza, su edad, su condición, en asegurarnos de que todos tengan lo que necesitan para vivir con dignidad —un plato de comida, un techo que los resguarde, una escuela que los forme, un trabajo que los honre—, en tumbar los muros de la indiferencia, de la discriminación, del abandono, en escuchar a los que no tienen voz, en darles un lugar, en abrir caminos para que puedan brillar, desde el niño que late en el vientre hasta el anciano que cuenta sus últimos días, desde el adicto que busca redención hasta el pobre que lucha por ser visto, porque la justicia social no es solo dar cosas, es reconocer que cada persona merece ser tratada como un fin, no como un medio, como un alguien, no como un algo.

La dignidad no me deja quedarme quieto, me empuja a preguntarme por qué unos tienen todo mientras otros no tienen nada, por qué algunos son escuchados y otros callados, por qué dejamos que tantos sean tratados como desechos, como si no valieran, la justicia social es mi respuesta a esa dignidad, es trabajar por un mundo donde nadie sea invisible, donde ningún niño sea descartado antes de nacer, donde ningún anciano sea olvidado, donde ningún hombre o mujer sea reducido a su pobreza, su adicción, su dolor, es soñar y pelear por un mundo donde las oportunidades no sean un lujo reservado para unos pocos, sino algo que brota del simple hecho de ser humano, del simple hecho de estar vivo. En mis propios días, cuando he tropezado, cuando he sentido que no doy la talla, cuando el mundo me ha hecho dudar de mi propio valor, siempre hay una voz suave, firme, que me dice que sigo siendo digno de amor, de respeto, de una nueva oportunidad, esa voz no viene de lo que he logrado, de lo que tengo, de lo que los demás piensan de mí, viene de algo más grande, algo que me envuelve, que me da sentido, y estoy convencido de que esa voz susurra en cada persona, desde el niño que aún no ha visto la luz hasta el anciano que ya casi la deja atrás, desde el que anda perdido en las calles hasta el que lucha por salir adelante, recordándonos que somos más, mucho más de lo que el mundo dice de nosotros.

Por eso elijo vivir honrando esa dignidad, la mía, la de todos, elijo mirar a cada persona como un misterio, como alguien que lleva una historia sagrada, aunque esté rota, aunque esté a medio escribir, elijo pelear por un mundo donde nadie tenga que probar su valor para ser amado, donde nadie sea solo lo que produce, lo que consume, lo que sufre, porque la dignidad no es una idea bonita para guardar en un cajón, es una forma de vivir, de amar, de ser, y la justicia social es su latido en el mundo, el esfuerzo diario, incansable, para que cada persona —desde el no nacido hasta el olvidado, desde el marginado hasta el herido— pueda vivir plenamente como lo que es: un tesoro único, irrepetible, desde el primer latido hasta el último suspiro.