Las cadenas que caen

Esta mañana, en la calidez de mi parroquia, con la luz colándose por los vitrales y el murmullo de los fieles llenando el aire, escuché el pasaje de Hechos 12:7 en la primera lectura de la misa: “entonces las cadenas que le sujetaban las manos se le cayeron” esas palabras, cargadas de un milagro antiguo, se me grabaron en el alma como un mensaje vivo y urgente para el México de hoy, soy conservador, arraigado en una tierra donde la fe, la familia y la tradición son el pulso de nuestra identidad y al reflexionar sobre esas cadenas rotas me pregunto: ¿qué nos ata ahora? no hablo de hierros físicos como los de Pedro, sino de las cadenas del corazón: la soberbia que nos ciega, la falta de caridad que nos cierra, la incapacidad de escuchar, de entender, de comprender que sentarme con el que disiente no es una amenaza, sino una oportunidad para mostrarle la verdad y en la política, donde los gritos y los sombrerazos sustituyen al diálogo, esas cadenas son las mismas: la arrogancia que nos hace creernos superiores, la falta de empatía que nos impide sentarnos con los que piensan diferente y explicarles nuestra postura, lo que sabemos que es verdadero, lo que beneficia a todos, sin importar si somos de una línea o de otra, en esta misa, rodeado de rostros que comparten mi fe, siento que romper esas cadenas es vivir nuestros valores con plenitud, con una apertura que nos hace más fieles, más humanos, más mexicanos

El conservadurismo en México es un refugio para el alma, es la virgen de Guadalupe en los altares de nuestras casas, el rosario que se desliza entre los dedos, las familias que se reúnen para reír, rezar, resistir, es la certeza de que la vida es sagrada desde el vientre, que la familia es el cimiento de todo, que nuestra libertad de criar y creer no debe ser moldeada por el estado, en la misa estos valores cobran vida en cada oración, en cada palabra nos recuerda quiénes somos: un pueblo que encuentra en la fe su fuerza, en la comunidad su hogar, nuestra visión conservadora no nos encadena, al contrario, nos da raíces, nos da luz, pero al escuchar la historia de Pedro, liberado de sus cadenas, me doy cuenta de que hay ataduras que no vienen de nuestros valores, sino de nuestra humanidad caída: la soberbia que nos hace creernos dueños de la verdad, la falta de caridad que nos impide tender la mano, la cerrazón que nos roba la oportunidad de dialogar y compartir lo que sabemos que es verdadero.

México está herido lo siento incluso aquí, en la paz de la misa, mientras el sacerdote eleva la hostia y el silencio nos une, las marchas en las calles, los gritos en las redes, las discusiones sobre igualdad de género, aborto o el rol del gobierno no son solo debates: son grietas en el alma de un país que busca su camino, en la política, esas grietas se agrandan ¿de qué sirven los gritos, los sombrerazos, las descalificaciones, si somos incapaces de sentarnos con el que piensa diferente? como conservador, mi corazón se aferra a la defensa de la familia, de la vida, de la libertad de vivir según mi fe, pero veo que en la política como en la vida, nos atan cadenas que no son nuestras creencias, sino nuestras actitudes la soberbia que nos lleva a despreciar al adversario, la falta de caridad que nos hace atacar en lugar de convencer, la incapacidad de escuchar que nos impide explicar con respeto lo que sabemos que beneficia a todos, no importa de qué lado estén.

Aceptar que no todos piensan igual no es ceder, es un acto de fe, en este espacio sagrado, donde compartimos el pan y la palabra, me doy cuenta de que escuchar es parte de lo que nos hace católicos, mexicanos, humanos, hace unas semanas hablé con una amiga que defiende con pasión la igualdad de género, sus palabras, al principio me incomodaron, hablaba de derechos, de justicia, de un mundo donde nadie se quede atrás, yo desde mi visión conservadora, sentía que sus ideas desafiaban mi idea de familia, de orden, pero decidí escuchar, no para convencerla ni para cambiar mis creencias, sino para entenderla y en ese acto, algo cambió, la soberbia que me hacía querer tener la última palabra se desvaneció, la falta de caridad dio paso a la empatía, no renuncié a mis valores, los viví más plenamente, porque escuchar me permitió verla como persona, como hermana y me dio la oportunidad de compartir mi verdad con respeto, de mostrarle lo que creo que es verdadero, fue como si una cadena se rompiera: la de la cerrazón que me impedía acercarme a ella.

Escuchar es un mandato que resuena en la liturgia, cada lectura, cada salmo nos invita a abrir el corazón, pero en un México donde las redes sociales convierten las opiniones en armas, donde la política se ha vuelto un ring de insultos, escuchar es un acto de rebeldía, no significa estar de acuerdo con todo, significa confiar en que nuestros valores —la fe, la familia, la tradición— son lo bastante fuertes como para brillar en el diálogo, escuchar al activista que defiende causas que no comparto, al político de otra línea, a la joven que pregunta por qué su futuro debe encajar en moldes según el antiguos, escuchar no es abandonar la defensa de la vida, de la familia, de la libertad, es vivir esos valores con caridad, con la certeza de que sentarme con el que disiente me da la oportunidad de explicar con claridad y amor lo que sé que es verdadero, lo que beneficia a todos, sin importar si somos de esta línea o de aquella, en la misa, cuando compartimos la paz, siento que ese gesto nos llama a encontrar lo que nos une, sin borrar nuestras diferencias.

Y luego está la mano tendida, el gesto que da vida a nuestra fe, cuando nos damos la paz, compartimos más que un apretón de manos, compartimos un compromiso en un México donde la pobreza toca a millones, donde la violencia roba sueños, donde la desigualdad nos recuerda que no todos caminamos el mismo camino, tender la mano es romper la cadena de la indiferencia, el conservadurismo mexicano, con su amor por la comunidad, por la familia, tiene un poder inmenso para sanar, pienso en las madres solteras que luchan por sus hijos, en los niños que crecen en barrios marcados por el peligro, en los migrantes que llegan a nuestras fronteras buscando esperanza, nuestra fe, que celebramos en cada misa, nos llama a ser su refugio, no se trata de imponer nuestras creencias, sino de vivirlas: ser la mano que ayuda, el abrazo que sostiene, la comunidad que acoge en la eucaristía, compartimos el cuerpo de Cristo, fuera de la iglesia, compartimos su amor con los que más lo necesitan

En la política, esa misma lógica aplica ¿de qué sirve gritar si no sabemos dialogar? ¿de qué sirven los sombrerazos si no sabemos sentarnos con el que piensa diferente y explicarle, con paciencia y caridad, lo que creemos que es verdadero? la política mexicana está rota porque hemos olvidado el arte del diálogo, porque hemos cambiado la razón por la pasión desbordada, porque hemos preferido la soberbia a la humildad, pero en la misa, donde nos reunimos como hermanos, veo una lección: la verdad no se impone con gritos, se comparte con amor, sentarme con el que disiente no es una rendición, es una oportunidad para mostrarle lo que sé que beneficia a todos: una sociedad que protege la vida, que fortalece la familia, que respeta la libertad de cada persona, sin importar su bandera

Pedro no se liberó solo, un ángel lo guió, y su liberación fue para una misión mayor: llevar la buena noticia al mundo, siento que nosotros también tenemos una misión, romper las cadenas no es abandonar lo que somos —nuestra fe, nuestra defensa de la familia, nuestra lucha por la vida—, es abrirnos a vivirlo con mayor profundidad, es soltar la soberbia, la falta de caridad, la cerrazón y llevar nuestra identidad conservadora al terreno del diálogo, de la empatía, de la acción que es entender que la familia que valoramos no es solo la nuestra, sino la de todos, que la vida que protegemos incluye la de los más vulnerables, que la libertad que defendemos es para cada mexicano, no solo para los que piensan como nosotros, en la misa, donde nos unimos como comunidad, veo el reflejo de un México posible: uno donde la fe no divide, sino reúne, donde la tradición no aísla, sino invita.

No es fácil, México es un país de contrastes, de historias que chocan, de verdades que compiten, hay días en que las cadenas de la polarización, de la desconfianza, del dolor de ver a mi país dividido parecen demasiado pesadas, pero en la misa, entre el silencio de la oración y la voz de los fieles, encuentro esperanza, la liberación de Pedro me recuerda que los milagros son posibles, que las cadenas pueden caer, necesitamos esa guía divina, esa chispa de fe, para soltar la soberbia, la falta de caridad, la incapacidad de escuchar, necesitamos creer que nuestro conservadurismo puede ser más que una trinchera, puede ser un puente, un faro, una mano abierta, una oportunidad para compartir la verdad con amor

Hoy llevo conmigo esas palabras: “las cadenas se le cayeron” son un desafío, una invitación, una luz me piden mirar a México con ojos nuevos, preguntarme: ¿qué cadenas puedo romper? la de la soberbia, que me hace creerme superior, la de la falta de caridad, que me frena de acoger al otro, la de la cerrazón, que me impide escuchar y dialogar, romperlas no es renunciar a mi identidad conservadora, es vivirla con todo su potencial, con apertura, con amor, es hacer que mi fe, mi orgullo por México, se traduzcan en actos de escucha, de compasión, de unidad, elijo escuchar, no para cambiar mis creencias, sino para entender al otro y compartir la verdad con humildad elijo tender la mano, no para imponer, sino para acompañar, elijo romper las cadenas que me atan a la división y caminar hacia un México donde la fe y la tradición sean puertas abiertas, no muros cerrados, porque la verdadera libertad, la que celebramos en cada misa, no es solo estar sin cadenas, es usar esa libertad para que nadie más se sienta encadenado en este México, donde la escucha y el diálogo sean el milagro de cada día, encontraremos juntos el camino hacia la unidad, hacia un país que refleje el amor que compartimos.