Sin unidad no hay nada

Rompiendo el Silencio por un México de Esperanza

Como mexicano que lleva en el alma el sueño de un país más justo, unido y profundamente arraigado en sus raíces, creí con toda mi fe que unir las corrientes conservadoras en un solo partido político sería el camino para forjar un movimiento poderoso, capaz de dar voz y esperanza a millones, desde las sierras de Chihuahua hasta las costas de Yucatán, desde los mercados de Oaxaca hasta las avenidas de Monterrey.

Soñé con un proyecto que no solo tuviera la fuerza para superar los obstáculos maquiavélicos que el régimen impone con astucia para sofocar nuevas fuerzas políticas, sino que también acogiera a los olvidados: esos millones de mexicanos que no encuentran representación en los partidos actuales, que ven con escepticismo los proyectos nacientes y que desencantados, rechazan una política de promesas vacías y liderazgos que no escuchan, este empeño por la unión nace de una convicción urgente: dudo que los proyectos conservadores por separado, puedan convertirse en partidos políticos.

El reloj está corriendo en nuestra contra y la necesidad de sumar mil afiliados diarios hasta la fecha límite es una meta que exige la fuerza de la unidad, este movimiento, en mi corazón, encarnaría los principios más profundos de nuestra fe: el amor al prójimo que nos une como hermanos, la búsqueda incansable del bien común que eleva a toda la sociedad y el respeto inquebrantable por la dignidad de cada persona, valores que nos llaman a defender nuestras tradiciones, la vida, la familia y la libertad económica sin apagar la iniciativa personal, pero al compartir esta visión con la militancia, enfrenté un rechazo que dolió, agravado por el silencio ensordecedor de los dirigentes, un silencio que no solo desanima, sino que paraliza, que apaga la esperanza de un México unido.

Al dialogar con militantes y líderes conservadores, anhelaba encontrar una chispa de unidad para inspirar a campesinos, estudiantes, artesanos, empresarios y sobre todo, a esos mexicanos que, hartos de la política tradicional, no ven en los partidos un reflejo de sus luchas, de sus anhelos, de sus esperanzas de un país mejor, pero para mi sorpresa hallé una fragmentación profunda: la idea de un partido unificado fue rechazada con rapidez y en su lugar me tildaron de “masón” y “no católico” unos, como si proponer unidad fuera traicionar la fe que nos da fuerza; otros me acusaron de ser un “patiño” de un dirigente, un peón en juegos de poder que nunca busqué, en lugar de abrirse al diálogo, cada parte optó por descalificarme, cegada por sus certezas, mientras los dirigentes, en un silencio que pesa, no alzaron la voz para liderar, reconciliar o inspirar.

Ese silencio no es neutral; es un vacío que amplifica la desconfianza, que desanima a los militantes, que aleja a los desencantados que ya no creen en la política, que cede terreno al régimen y que al no ofrecer liderazgo, condena nuestros esfuerzos a la impotencia, como si los líderes, en su mutismo, hubieran olvidado que el tiempo apremia y que México, con su pueblo desencantado y su juventud ansiosa por un cambio real, no puede esperar, si con los que pensamos de forma similar somos incapaces de dialogar, de sentarnos a buscar coincidencias, de construir puentes entre nosotros, ¿qué nos quedará cuando enfrentemos a fuerzas políticas completamente opuestas, aquellas que no comparten nuestros valores ni nuestras metas? Si no podemos hablar entre nosotros, ¿cómo pretendemos negociar, convencer o construir consensos con quienes ven el mundo desde una perspectiva radicalmente distinta?

Por qué nos cerramos a lo que nos une, si los valores que defendemos —la vida, la verdad, la justicia, el amor— no se negocian ni se renuncian, sino que nos obligan a dialogar, a reconciliarnos, a unirnos para superar las trampas que el régimen pone para mantenernos divididos.

Es legítimo preguntarnos si nuestras posturas reflejan lo que realmente queremos, de dónde vienen quienes las sostienen, cuál es su pasado y cómo han actuado a lo largo de los años, pero ese análisis debe incluirnos a todos, porque nadie está exento de fallas, nadie es inmune al error, sabemos que Dios nos llama a amarnos los unos a los otros, a trabajar por un mundo donde cada persona sea valorada como hijo suyo, pero no lo vivimos: hablamos de proteger la familia, pero nos cerramos a quienes piensan diferente, como si solo nosotros tuviéramos la verdad; defendemos los valores que nos han sido confiados, pero juzgamos sin caridad a quienes proponen nuevas formas de avanzar; proclamamos nuestra fe, pero actuamos con arrogancia, indiferencia o intereses mezquinos que traicionan lo que decimos abrazar, ¿Creemos que gritar en los congresos, megáfono en boca, es hacer política?, los apóstoles nos muestran que ellos nunca juzgaron si sus interlocutores eran dignos, si eran tramposos, ladrones o asesinos; sabían que para Dios no hay distinción y que a todos, sin excepción, había que ofrecerles la oportunidad de redimirse, de encontrar un nuevo camino, ¿No somos todos como Mateo, pecadores llamados a algo mayor, imperfectos pero convocados a transformar el mundo con humildad y amor?, si queremos representar a los desencantados, a los que no encuentran voz en los partidos actuales ni en los que están naciendo, debemos empezar por escucharlos, por incluirlos, por mostrarles que este movimiento es diferente, que no es solo otro grupo de poder, sino un hogar para sus esperanzas, un espacio donde sus luchas sean valoradas y sus sueños tengan eco.

No podemos entender si no escuchamos con el corazón abierto; nuestra resistencia a la unión nace de no vivir lo que predicamos y el silencio de los dirigentes agrava esta fractura, dejando a los desencantados sin esperanza y al movimiento sin fuerza, como un barco a la deriva en un mar de retos, mientras el régimen se aprovecha de nuestra desunión para perpetuar su poder, si no podemos dialogar entre nosotros, buscando lo que nos une, ¿cómo enfrentaremos a fuerzas políticas opuestas? ¿Cómo negociaremos con quienes no comparten nuestra visión? Si caemos en la misma cerrazón que criticamos en quienes gobiernan, señalándonos unos a otros como traidores o cómplices, ¿entonces para qué?, ¿Queremos un partido político para imponer o para resolver? Creí en un solo partido porque, con el tiempo en contra y la meta de mil afiliados diarios por cada proyecto, solo uniendo fuerzas podemos vencer las barreras del régimen y construir un México mejor, un México que no deje fuera a los que ya no creen en los partidos, que les ofrezca un espacio donde sus voces sean escuchadas, sus sueños valorados, sus luchas abrazadas, pero si imponemos nuestra visión sin escuchar, sin analizar, sin incluir, somos iguales a los que señalamos, si queremos resolver los desafíos de México —la inseguridad que roba la paz de nuestras comunidades, la pobreza que lacera a millones, la desconfianza que nos divide como sociedad—, debemos vivir la caridad que ve al otro como hermano, la humildad que nos enseña a aprender, la solidaridad que nos impulsa a trabajar juntos por un país donde todos puedan florecer, sin importar su pasado o sus errores.

Aún hay esperanza, porque esta decepción es un llamado a renacer, a despertar, a ser mejores, un conservadurismo verdadero, arraigado en los valores que nos sostienen como nación, empieza por el diálogo: escuchar es un acto de valentía, analizar es un ejercicio de sabiduría, vivir nuestra fe es encarnarla en cada gesto, en cada decisión que tomamos, somos como Mateo: imperfectos, pero llamados a algo grande y si queremos un partido político que no solo represente a México, sino que lo inspire, que dé esperanza a los que ya no creen, que sea un hogar para los desencantados, debemos romper el silencio con un grito de unidad, construir puentes sobre nuestras coincidencias y no solo eso, los conservadores estamos llamados a tener la valentía de cruzarlos, dialogar incluso con las fuerzas políticas opuestas, porque solo a través del diálogo podremos construir consensos que transformen, que sanen, que eleven, desde los campos de Yucatán hasta las calles de Monterrey, desde las comunidades indígenas de Guerrero hasta las aulas de la Ciudad de México, México está en juego y no podemos apagar su esperanza con nuestra cerrazón o el silencio, es hora de levantarnos, de unirnos, de ser la luz que nuestra nación necesita para brillar, porque juntos, con fe, valentía y un corazón abierto, podemos superar cualquier obstáculo, vencer las trampas del régimen y forjar el México que soñamos: un país donde la verdad, la justicia y el amor sean nuestra bandera, un faro de esperanza para las generaciones que vienen, un hogar que todos, incluso los que hoy no encuentran representación puedan llamar suyo con orgullo, un México que no solo sobreviva, sino que prospere, que inspire, que nos haga sentir orgullosos de ser parte de su historia.

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