Tomar la Cruz, no el bando.

Una Reflexión Católica frente a un Mundo en Guerra

“¿Quién dicen ustedes que soy?”, Pedro, iluminado por el Espíritu, proclama, “Tú eres el Mesías de Dios”, pero Jesús no busca alabanzas vacías, nos desafía con una verdad que ilumina nuestro camino en un mundo herido, “Si alguno quiere venir en pos de mí, niéguese a sí mismo, tome su cruz cada día y sígame”, estas palabras, vivas y exigentes, nos llaman a ser discípulos auténticos en medio de la violencia y la división, como los recientes bombardeos de instalaciones nucleares en Irán por parte de Estados Unidos y las acciones militares de Israel en la región, bajo la luz de la doctrina católica y desde una perspectiva conservadora, reflexionemos, ¿por qué no podemos tomar partido, especialmente cuando algunos justifican estas acciones bajo la excusa de la “protección” o la “no proliferación de armas”?, la respuesta es clara, Cristo nos llama a un camino más alto, un camino de verdad, amor y sacrificio que trasciende las lógicas humanas.

Vivimos en un mundo donde las naciones alzan banderas de seguridad y poder, justificando la violencia con argumentos que suenan nobles, “proteger a nuestra gente”, “evitar la proliferación de armas nucleares”, “garantizar la estabilidad”, pero la doctrina católica nos exige mirar estas excusas con los ojos de la fe, el Catecismo establece que cualquier acción militar debe cumplir con los principios de la guerra justa, necesidad absoluta, proporcionalidad, discriminación para evitar daños a civiles, probabilidad razonable de éxito, los bombardeos a instalaciones nucleares en Irán, aunque no involucren armas nucleares, plantean dudas éticas, ¿se agotaron las alternativas diplomáticas?, ¿se minimizó el riesgo de contaminación radiactiva o víctimas civiles?, ¿se consideró el impacto de una escalada regional?, sin evidencia de una amenaza inminente ni justificación detallada, estas acciones difícilmente cumplen con los criterios católicos, desde una perspectiva conservadora que valora la prudencia y la estabilidad, estos ataques son problemáticos, los conservadores apoyamos la defensa nacional, pero exigen decisiones basadas en pruebas sólidas y estrategias que eviten conflictos mayores, bombardear instalaciones nucleares puede provocar represalias, inestabilidad regional, incluso una guerra más amplia, contradiciendo el principio conservador de evitar escaladas innecesarias, quienes justifican estos ataques bajo la “no proliferación” omiten las consecuencias, radicalización, terrorismo, fortalecimiento de regímenes hostiles, la falta de evidencia concreta sobre la amenaza iraní hace que estas acciones parezcan impulsadas por intereses políticos más que por una defensa ética.

La doctrina católica reconoce la legítima defensa, pero la somete a condiciones estrictas, la respuesta debe ser proporcional, responder a una amenaza inmediata y verificable, afirmar que Irán es una “amenaza nuclear viva” o que “el diálogo se agotó” suena convincente, pero sin inteligencia específica que demuestre un ataque inminente, estas afirmaciones son insuficientes, la fe católica nos llama a la prudencia, no a la precipitación, los conservadores también exigimos evidencia sólida antes de apoyar un ataque preventivo, frases generales sobre las intenciones de Irán, como “borrar a Israel del mapa”, no bastan para justificar una acción militar sin un análisis detallado de la situación actual, tomar partido bajo estas premisas es ceder a una retórica que puede encubrir ambiciones de poder más que una defensa legítima.

Peor aún es la retórica que acompaña estas justificaciones, algunos defienden los bombardeos con un lenguaje belicista y deshumanizante, tildando a los críticos de “zurdos”, “parásitos”, “tibios”, este tono contradice el mandato de Cristo de amar al prójimo, incluso a los enemigos (Mateo 5:44), la doctrina católica, en Gaudium et Spes, enseña que la paz se construye con justicia, diálogo, respeto, no con insultos ni polarización, glorificar la acción militar como base de la “paz verdadera” ignora la enseñanza de la Iglesia de que la paz es fruto del amor y la reconciliación, no de la fuerza bruta, desde el conservadurismo, este lenguaje divisivo es inaceptable, los valores conservadores promueven la unidad social, el debate racional, no la descalificación de quienes piensan diferente, dividir el mundo en “nueva derecha” contra “falsa derecha” o “ingenuos” debilita la cohesión que el conservadurismo busca preservar, esta retórica aleja a aliados, fomenta un clima de hostilidad que contradice la misión cristiana de ser constructores de puentes y más importa tener el valor de cruzarlos.

Aún más grave es el uso de la religión para justificar la violencia, invocar a Dios, a Cristo Rey, a la Virgen de Guadalupe para respaldar bombardeos militares es una instrumentalización de la fe que la Iglesia condena, llamar a una “contrarrevolución” o a los cristianos “soldados” de una causa distorsiona la misión pacífica del Evangelio, Jesús, el Príncipe de la Paz, nos llama a ser instrumentos de reconciliación, no de destrucción, la doctrina católica promueve la oración por la paz, no su uso como herramienta para glorificar la guerra, desde una perspectiva conservadora, integrar la fe en la política es válido, pero usarla para justificar ataques sin un fundamento ético sólido es un abuso que aleja a la comunidad, contradice el equilibrio entre fe y razón.

Tanto la doctrina católica como el conservadurismo valoran la prudencia y la razón, sin embargo, las justificaciones para los bombardeos carecen de detalles concretos, no hay evidencia verificable de la amenaza nuclear iraní, ni análisis del impacto humanitario o geopolítico, ni pruebas de que se agotaron las alternativas diplomáticas, afirmaciones como “el operativo fue un éxito” o “Irán llevaba cuatro décadas amenazando” son vagas, no cumplen con el estándar de decisiones informadas que exigen la fe y la razón, como cristianos, estamos llamados a discernir con cuidado, no a aceptar narrativas simplistas, como conservadores, debemos exigir estrategias que promuevan la estabilidad, no el caos.

Jesús nos dice, “El que quiera salvar su vida, la perderá, pero el que pierda su vida por mí, la salvará”, en un mundo que justifica la violencia con excusas de “protección” o “no proliferación”, tomar la cruz significa rechazar la lógica del poder, abrazar la lógica del Reino de Dios, la paz, según Pacem in Terris, no es la ausencia de conflicto, sino el fruto de la justicia, el respeto por la dignidad humana, la cooperación internacional, los bombardeos, lejos de construir paz, pueden exacerbar tensiones, fomentar terrorismo, desestabilizar regiones enteras, contradiciendo la visión católica y conservadora de un orden estable, no caigamos en la trampa de tomar partido, cada vida perdida en Irán, Israel, o en cualquier rincón del mundo es un hijo de Dios por quien Cristo murió, nuestra misión es ser profetas de esperanza, orar por las víctimas, condenar la injusticia sin importar su origen, trabajar por un mundo donde la paz sea más que una victoria militar, rechacemos la retórica belicista que deshumaniza, la instrumentalización de la fe que traiciona a Cristo, las excusas vacías que perpetúan la violencia, en lugar de bandos, elijamos la cruz, que María Reina de la Paz, nos guíe para ser luz en la oscuridad, proclamando con nuestras vidas que Cristo, el Mesías, es el único camino hacia la paz verdadera.