Franeleros , valet parking, puestos en banquetas, corrupción y un espacio público secuestrado – Hacia una CDMX renovada en el contexto de la economía informal en México, inspirada en el Camino de la Dignidad
Las calles de la Ciudad de México, que alguna vez vibraban con el pulso cálido de una convivencia ordenada y solidaria, se han ido deslizando poco a poco hacia un mercado de extorsión a plena luz, donde franeleros, valet parking y puestos en banquetas se han autoproclamado dueños del asfalto, transformando aceras y cajones de estacionamiento en sus territorios privados, cobrando cuotas a su antojo, intimidando a los conductores con amenazas que van desde lo sutil hasta lo descarado y apropiándose de un espacio que por derecho, debería ser el corazón compartido de todos nosotros, la iniciativa de la jefa de Gobierno, que sugiere hasta 36 horas de arresto para quienes reserven lugares en la vía pública, llega como un intento tardío por poner freno a un problema que no solo enciende la frustración y el enojo de los habitantes, sino que desnuda la complicidad arraigada de un gobierno que, entre una corrupción que parece incurable y una indiferencia que se siente estructural, ha dejado que el espacio público se degrade hasta convertirse en un botín al alcance de los más atrevidos o bien conectados, este desorden, sin embargo, no puede cargarse solo a franeleros, valet parking o puestos en banquetas, pues es el espejo de una sociedad que ha perdido de vista el valor del bien común y de un Estado que incapaz de trazar un rumbo claro o ofrecer soluciones reales, ha abandonado a su suerte a quienes la habitan.
¿De dónde viene esta crisis que parece tragarnos?, en esta urbe tan viva pero tan rota, el espacio público se ha convertido en un campo de batalla económica donde se cruzan franeleros pidiendo entre 50 y 250 pesos por un lugar, valet parking operando sin control y cobrando tarifas desproporcionadas por servicios cuestionables, puestos en banquetas que invaden el paso con mercancías desbordadas, restauranteros que extienden sus mesas sin pedir permiso y hasta autoridades que, con un gesto cómplice, miran hacia otro lado a cambio de algún beneficio, en barrios como Roma, Condesa o Coyoacán, estos “guardianes informales” funcionan como redes organizadas, con líderes que reparten el territorio como si fueran señores feudales, respaldando sus exigencias con amenazas, rayones en los autos o incluso agresiones cuando alguien se atreve a plantarse, la corrupción, que corre como un río oculto desde el policía que recoge su “mordida” diaria hasta las alcaldías que toleran el desorden por un favor, es el motor que mantiene vivo este sistema torcido, al mostrar cómo los patrulleros pasan a reclamar su parte mientras alguien como un empleado, paga por miedo a represalias o daños peores, ¿cuántas veces hemos tenido que caminar por el arroyo porque las banquetas están tomadas por puestos improvisados, autos de valet parking mal estacionados, coches abandonados o mercancías desparramadas?, lo que debería ser un espacio de encuentro, de intercambio y de unión, se ha vuelto un campo de lucha donde solo sobrevive el más audaz, dejando a la mayoría atrapada entre la impotencia y la resignación.
Desde una mirada conservadora, este caos brota de un Estado debilitado que ha dejado de lado su deber sagrado de imponer orden y ley, pilares que siempre han sostenido a las sociedades estables y prósperas, franeleros, valet parking y puestos en banquetas no solo rompen las reglas, sino que desafían la idea misma de que el espacio público es un legado colectivo que todos debemos cuidar, la solución, según esta visión, va más allá de sanciones aisladas y pide recuperar la autoridad legítima del gobierno, desmantelar con decisión las redes corruptas que operan en la sombra y aplicar la justicia sin excepciones, desde el extorsionador de la esquina, el valet parking sin licencia o el vendedor ambulante hasta el funcionario que lo protege con su silencio o su complicidad, solo así se puede devolver la confianza en las instituciones y detener la anarquía urbana que va desgastando el tejido social día a día.
Pero este reto pide una perspectiva más amplia y humana, el espacio público trasciende ser solo un recurso físico para convertirse en un escenario vivo donde se teje la comunidad, un lugar que debe dar cabida a todos sin distinción, muchos franeleros, trabajadores de valet parking y vendedores de puestos en banquetas, lejos de ser simples transgresores, actúan desde la necesidad, atrapados en la informalidad por la falta de opciones dignas, lo que nos empuja a buscar soluciones que mezclen disciplina con la apertura de caminos hacia una vida mejor, la propuesta de Brugada, aunque nace con buena intención, se queda corta si se queda en castigar sin tocar las causas profundas que alimentan el problema, ella misma admite que muchos son víctimas de la exclusión social y aunque su plan de empleo y capacitación despierta algo de esperanza, su eco de promesas pasadas que no se cumplieron deja un sabor a escepticismo difícil de sacudir, para que funcione de verdad, debe ir de la mano con una cruzada firme contra la corrupción que se cuela en las instituciones y una estrategia integral que saque a las personas de la economía informal, dándoles un futuro con propósito.
Aquí es donde se alza una visión transformadora para una CDMX renovada, una propuesta que pone la dignidad humana como la brújula de todo progreso y cambio, inspirada en los principios del Camino de la Dignidad, que nos llama a edificar una ciudad donde la vida sea sagrada, las familias se fortalezcan y la libertad se ejerza con responsabilidad, imagina una urbe donde el espacio público no solo se recupere con multas o arrestos, sino que se transforme con soluciones que den vida a una nueva realidad, un transporte digno con un metro que funcione, autobuses limpios y seguros, ciclovías protegidas y trenes interurbanos que unan a trabajadores y estudiantes, derribando las barreras que los hunden en la precariedad, una infraestructura bien pensada desde el inicio, con captadores de agua para enfrentar la sequía, redes eléctricas confiables, plantas solares que apunten a la sostenibilidad y calles pavimentadas que faciliten el movimiento, todo eso creando empleo local y sentando bases para un desarrollo que dure, una policía local profesional, equipada con tecnología de punta y sueldos justos, como verdadera guardiana de la paz, dejando que los militares vuelvan a su rol de defensores de la soberanía mientras la ciudad se levanta como un actor respetado y digno en el mundo.
Esta visión, alineada con el Camino de la Dignidad, corta de raíz con los males del pasado, rechazando con fuerza el despilfarro de recursos en caprichos privados que llenan los bolsillos de unos pocos y el asistencialismo que mantiene a la gente atrapada en la dependencia, proponiendo en cambio redirigir cada peso del erario hacia el bienestar real de la gente, una educación llena de civismo y valores que forme ciudadanos conscientes y orgullosos de su identidad, una salud al alcance con hospitales modernos, clínicas bien surtidas y campañas preventivas que cuiden a las comunidades, una ciencia y tecnología que pongan a la ciudad a la vanguardia global, atrayendo alianzas y talento joven, un mercado libre que impulse el emprendimiento con microcréditos accesibles y menos trabas para pequeños negocios, liberando a las familias de la miseria informal y un gobierno transparente que, con auditorías ciudadanas y un sistema judicial honesto, siembre justicia y paz como frutos de una sociedad reconciliada, el Camino de la Dignidad también aboga por un transporte eficiente que conecte a las familias, una infraestructura sostenible que preserve la creación para las futuras generaciones y fuerzas de seguridad locales que garanticen la paz sin depender de militares, todo ello mientras se posiciona a la CDMX como un faro de dignidad en el mundo.
La responsabilidad, claro, no cae solo en las autoridades, desde el vecino que guarda su lugar con una cubeta hasta el empresario que extiende su terraza sin consultarle a nadie, pasando por los restaurantes que sueltan el caos con valet parking sin control y los vendedores que abarrotan las banquetas con sus puestos, todos hemos puesto nuestro granito de arena, consciente o no, en tejer esta cultura de abuso y apropiación, la transformación que soñamos pide un cambio colectivo, un despertar que devuelva el respeto por lo común y reconozca que la libertad de cada uno tiene un límite en el bienestar del otro, esta CDMX renovada no se quedará en sancionar a franeleros, valet parking irregulares o vendedores ambulantes, les tenderá una mano con capacitación, empleos estables y cooperativas reguladas que incluyan incentivos fiscales, mientras desmantela con decisión la corrupción que los sostiene como piezas de un sistema podrido, ideas como presupuestos participativos, donde las comunidades decidan cómo invertir en sus barrios, o centros comunitarios con guarderías, talleres de oficios y espacios de aprendizaje, podrían abrir el camino hacia ese futuro que anhelamos.
En este contexto, la economía informal en México añade otra capa a este desafío, un fenómeno que en 2025 sigue siendo una realidad dominante, con más de la mitad de la población ocupada, alrededor del 54.5% según el INEGI para el cuarto trimestre de 2024, atrapada en condiciones precarias sin seguridad social ni derechos laborales, lo que incluye a millones de franeleros, valet parking y vendedores de puestos en banquetas que, a menudo por necesidad, se suman a esta dinámica, el valor de esta economía ha crecido hasta representar cerca del 24.8% del PIB en 2023, con un aumento del 4.2% en el último trimestre de 2024, impulsado por pequeños negocios familiares y actividades no reguladas, aunque este crecimiento no se traduce en bienestar, ya que los ingresos son bajos y la falta de beneficios perpetúa un ciclo de vulnerabilidad, particularmente para mujeres, personas con poca escolaridad y trabajadores del campo o el hogar, el Camino de la Dignidad propone rescatar a estas personas de la informalidad miserable con mercados libres éticos, microcréditos y empleos dignos, priorizando la educación, la salud y la infraestructura que fortalezcan a las familias.
La informalidad no solo es un reto económico, sino también social y fiscal, que limita el crecimiento sostenido al reducir la base tributaria y complica las políticas públicas, además, la inseguridad percibida y la corrupción, que van desde policías que cobran “mordidas” hasta autoridades que toleran el desorden, convierten la informalidad en una salida frente a un mercado laboral rígido, políticas como la afiliación al IMSS para trabajadoras del hogar o la prohibición de la subcontratación han tenido resultados modestos, mientras que el aumento del salario mínimo a 278.80 pesos diarios en 2025 podría incentivar mejoras, aunque su efecto en el sector informal aún es incierto, una visión transformadora, guiada por el Camino de la Dignidad, podría integrar transporte accesible, infraestructura sostenible y programas de capacitación que lleven a estos trabajadores al sector formal sin estigmatizarlos, equilibrando orden y oportunidades dignas, desmantelando la corrupción que sostiene esta economía paralela y fomentando un respeto renovado por el espacio público.
Las calles de esta ciudad no le pertenecen a franeleros, valet parking descontrolados, puestos en banquetas que tapan el paso, ambulantes ni policías corruptos que lucran a su sombra, son un patrimonio nuestro, un legado que debemos cuidar y preservar con orgullo, para rescatarlas se necesita un gobierno firme y justo que actúe con transparencia y compromiso, junto a una sociedad dispuesta a dejar de ver el espacio público como un botín personal y a tomar su lugar en la construcción de un bien mayor, esta visión de una CDMX renovada, anclada en la dignidad, el orden y las oportunidades, inspirada en el Camino de la Dignidad, no es un sueño lejano ni una utopía imposible, es un llamado urgente a construir una urbe justa, libre y próspera, lista para brillar con orgullo y esperanza en el siglo XXI, dejando atrás las cadenas del pasado y abriendo las puertas a un futuro que todos merecemos.