Queridos amigos, mexicanos que cada día nos levantamos con la ilusión de ver un país mejor, un México que sea hogar para todos, hoy quiero hablarles con la franqueza de quien no puede quedarse callado, con la claridad de quien ve y siente lo que está pasando, porque hay algo que me pesa en el alma y que no podemos ignorar: la importancia de la coherencia, esa cualidad que debería ser la brújula de cualquier político, pero especialmente de los del PAN que tantas veces han dejado de lado los principios que juraron defender, girando como veletas al ritmo de los intereses del momento, de las presiones de los poderosos o de la tentación de un reconocimiento fácil y déjenme ser claro: esto no es un detalle menor, no es algo que podamos justificar con excusas de estrategia o pragmatismo, porque la coherencia es lo que da sentido a un liderazgo, es lo que hace que la gente confíe, es lo que nos permite creer que las palabras que escuchamos en una campaña no se van a perder en el aire cuando llegue la hora de gobernar.
Cuando pienso en coherencia, hablo de algo muy sencillo, tan sencillo que parece obvio, pero que en la práctica se ha vuelto un lujo: que un político actúe como dice que va a actuar, que sus decisiones reflejen los valores que promete defender, que no se doble ante la primera oferta de poder o ante el miedo de quedar mal, porque un político del PAN que históricamente ha levantado banderas como la defensa de la vida, el fortalecimiento de las familias, la libertad responsable, la justicia social, no puede permitirse el lujo de abandonar esos principios solo porque el ambiente se pone complicado o porque hay un beneficio a la vista, nosotros, los ciudadanos, los que caminamos las calles, los que pagamos impuestos, los que votamos, no somos ciegos, vemos cuando alguien traiciona lo que dijo, sentimos el vacío de cada promesa que se queda en palabras y cada incoherencia, cada giro de veleta, es un golpe directo a nuestra confianza, a esa esperanza que nos mantiene luchando por un México donde las cosas funcionen, donde la gente pueda vivir con dignidad, donde el futuro no sea una incertidumbre constante.
Desde una perspectiva que valora lo que dura, lo que nos da identidad como pueblo, la coherencia no es solo una virtud, es un deber, porque hay cosas que no se negocian: el respeto por cada persona, desde el que nace hasta el que envejece, la familia como el lugar donde crecemos y aprendemos a querer, la libertad que no es un permiso para hacer lo que sea, sino una responsabilidad para hacer lo bueno, el compromiso con un país donde nadie se quede atrás, donde las leyes sirvan para proteger, no para dividir, y los políticos del PAN, que desde su fundación hablaron de estos valores, que se presentaron como una opción para construir un México humano, justo, ordenado, tienen una responsabilidad enorme: no están ahí para improvisar, no están para seguir la corriente, están para ser fieles a una visión de país que no es solo suya, sino de todos nosotros, de los que vinieron antes, de los que estamos ahora, de los que vendrán después.
Pero y aquí viene lo que duele, ¿qué ha pasado con esos principios? ¿Dónde quedaron esas ideas que el PAN prometió defender? Porque lo que vemos con demasiada frecuencia, es a políticos que se olvidan de todo eso, que dejan a un lado la defensa de la vida cuando hay presión de grupos poderosos, que ignoran el valor de la familia cuando se trata de seguir una moda ideológica, que negocian la justicia social por un puesto más alto o un favor político y no, no estoy hablando de todos, pero sí de demasiados, de esos que han preferido ser veletas, girando al ritmo de lo que les conviene, en lugar de ser faros que iluminan el camino y cada vez que eso pasa, cada vez que un político del PAN abandona sus principios, no solo traiciona a los que lo votaron, traiciona al partido mismo, a su historia, a los hombres y mujeres que lo fundaron con la idea de que la política podía ser un medio para servir, no para servirse.
Ese abandono de los principios del PAN no es solo un error, es una herida profunda, porque cuando un político se desvía, no solo pierde su propia credibilidad, arrastra consigo la fe de un pueblo que quiere creer, que necesita creer, en un país como el nuestro, donde la desconfianza ya es una carga pesada, cada incoherencia es un paso atrás, es un mensaje que dice que los valores no importan, que las promesas son desechables, que la política es solo un juego de intereses, y eso, amigos, es lo que nos tiene hartos, lo que nos hace dudar, lo que nos roba la esperanza de que las cosas pueden cambiar, porque cuando los líderes del PAN, que deberían ser ejemplo de firmeza, de compromiso con la verdad, de lealtad a sus ideales, se dejan llevar por el viento, nos dejan a nosotros, los ciudadanos, solos, preguntándonos si todavía hay alguien en quien confiar, si todavía hay alguien que pelee por un México donde las familias puedan vivir sin miedo, donde los jóvenes tengan un futuro claro, donde el trabajo de cada día sea respetado.
Por eso, con toda la fuerza de mi corazón, quiero hablarles a los políticos del PAN: dejen de ser veletas, dejen de girar al ritmo de lo que les ofrece un beneficio rápido, dejen de abandonar los principios que les dieron sentido, porque ustedes no están ahí por casualidad, están porque nosotros creímos en ustedes, porque vimos en sus palabras una posibilidad, una luz en medio de tanta oscuridad, sean fieles a lo que el PAN representa, a esa idea de un México donde la dignidad de cada persona sea lo primero, donde la familia sea el centro, donde la justicia no sea una palabra vacía, tomen decisiones con valor, aunque no sean populares, aunque les cueste, porque un político que vive sus principios no solo cumple con su deber, inspira, da esperanza, nos recuerda que la política puede ser algo grande, algo que nos una, algo que nos ayude a construir un país mejor.
México no necesita más líderes que se dejen llevar por la corriente, que negocien sus valores, que se olviden de por qué están ahí, México necesita hombres y mujeres que sean un ejemplo, que nos muestren con hechos que los principios del PAN no son solo un discurso para ganar votos, sino una forma de vida, un compromiso que no se rompe, un faro que guía incluso en los momentos más difíciles, porque cuando un líder es coherente, no solo toma decisiones, transforma, no solo habla, construye, no solo ocupa un lugar, deja una huella y eso es lo que nuestro país pide a gritos: políticos que no se rindan, que no se vendan, que no se olviden de sus raíces, que nos ayuden a soñar con un México donde la verdad, el respeto y la justicia sean la base de todo, un México que no se doble ante los problemas, sino que los enfrente con la cabeza en alta, sabiendo quiénes somos y hacia dónde vamos.