La oposición de risa

La validación del INE a la elección judicial por voto popular me sacude con una mezcla de indignación, desencanto y profunda preocupación, no solo por la reforma en sí, que ya de por sí es un experimento riesgoso, sino por el camino de negligencia y oportunismo que los partidos de oposición han transitado, un camino que nos ha llevado a este punto sin que ellos, que se dicen defensores de las instituciones, hicieran nada para evitarlo y ahora, cuando el daño está hecho, levantan la voz con un lamento tardío que suena más a postureo que a convicción.

Desde mi postura, que valora las instituciones sólidas, la tradición y la estabilidad como cimientos de una sociedad ordenada, veo esta reforma como un salto al vacío, la justicia no es un juego de mayorías, no puede ser un escenario donde los jueces, que deberían ser faros de imparcialidad, se conviertan en figuras que cortejan el voto popular, expuestos a las presiones de campañas, redes sociales o intereses políticos, un juez electo por las urnas corre el riesgo de priorizar la popularidad o los favores de quienes lo encumbraron sobre el bien común, la balanza de la justicia no debe tambalearse ante el capricho de las masas o la polarización que nos carcome, pero lo que me indigna aún más es la absoluta inacción de la oposición, que permitió que este cambio se consolidara sin siquiera intentar detenerlo.

El partido en el poder, con su maquinaria implacable y su narrativa de transformación, empujó esta reforma con una claridad de propósito que la oposición nunca igualó, sabían que su mayoría en el Congreso les daba el control, y actuaron con precisión, sin titubeos, mientras tanto, la oposición se quedó de brazos cruzados, no cabildearon, no negociaron, no se sentaron a la mesa con el partido en el poder para explorar alternativas o mitigar el impacto, sabían que la reforma era un tren en marcha, que la correlación de fuerzas estaba en su contra, y aun así optaron por la pasividad, en lugar de sumar voluntades, construir puentes o proponer un modelo que preservara la independencia judicial, se dedicaron a gritar, a señalar, a publicar comunicados altisonantes en redes sociales que no cambiaban nada, su estrategia, si puede llamarse así, fue la del lamento estéril, la crítica cómoda que no arriesga ni construye.

Ahora, cuando el INE ha dado su aval al proceso, la oposición despierta de su letargo, clama al cielo por las irregularidades en la elección, desde los infames acordeones hasta otras anomalías que, según ellos, empañaron todo, anuncian con fanfarria su intención de impugnar, de llevar el caso a tribunales, de defender la democracia, pero, ¿dónde estaba esa energía cuando la reforma aún podía frenarse?, ¿dónde estaban sus propuestas para fortalecer la meritocracia judicial?, ¿dónde las campañas para explicar a los ciudadanos los peligros de politizar la justicia?, en lugar de actuar con inteligencia y previsión, prefirieron el ruido mediático, las marchas simbólicas, las acusaciones vacías, el daño no comenzó con los acordeones ni con las irregularidades del día de la votación, el daño se gestó mucho antes, cuando la oposición decidió que gritar era suficiente y que negociar era una rendición.

Como conservador, creo que las instituciones se defienden con estrategia, no con berrinches, la oposición tuvo la oportunidad de dialogar, de buscar consensos, de plantear un sistema que garantizara jueces competentes e independientes sin caer en el populismo, pero no lo hicieron, prefirieron atrincherarse en su narrativa de víctimas, dejando que el partido en el poder avanzara sin resistencia, ahora, sus impugnaciones parecen un intento desesperado por salvar la cara, un gesto tardío que no repara el verdadero error: su incapacidad para actuar cuando aún había tiempo.

La validación del INE es la crónica de una derrota anunciada, y la oposición es tan culpable como el partido en el poder, el riesgo de un Poder Judicial politizado, con jueces que podrían priorizar la popularidad o los intereses de sus patrocinadores sobre la justicia, es ahora una realidad palpable, y mientras los partidos opositores se desgarran las vestiduras, me pregunto: ¿qué harán cuando sus impugnaciones, como es previsible, no prosperen?, probablemente seguirán lamentándose, señalando, gritando, sin aprender la lección de que el silencio y la inacción tienen un costo devastador, como mexicano, me duele ver cómo llegamos a este punto, la justicia, que debería ser un faro de rectitud, está en riesgo de convertirse en un escenario más de la polarización que nos divide, el partido en el poder debe responder por su ambición desmedida, pero la oposición debe mirarse al espejo y asumir su complicidad por omisión, el tiempo de sumar, de cambiar, de negociar, pasó, y ahora, sus quejas no son más que ecos de una batalla que nunca quisieron pelear.