Un México que se pierde en el ruido y olvida a sus verdaderos héroes
Me siento frente al televisor , con el corazón inquieto y la mente revuelta, preguntándome cómo fue que nos desviamos tanto del camino, cuándo dejamos de mirar con orgullo a esos compatriotas que cruzan fronteras con una maleta llena de sueños y el alma cargada de esperanza, esos mexicanos que con trabajo honesto, sudor en la frente y dignidad inquebrantable se levantan cada día para superarse, para construir un futuro mejor no solo para ellos sino para sus familias y las comunidades que dejaron atrás, ellos, los migrantes, son el rostro vivo del espíritu mexicano, resilientes, incansables, capaces de florecer en los suelos más hostiles, pero dónde quedó nuestra admiración por ellos, por qué nos hemos perdido en un torbellino de falsos patriotismos, símbolos profanados, discursos irresponsables y un caos que nos aleja de lo que realmente importa. Nos dejamos seducir por un patriotismo ruidoso que agita banderas pero no siembra esperanzas, nos atraparon los cuentos de tierras recuperadas, narrativas vacías que inflan el pecho con glorias pasadas que nunca fueron tan gloriosas como nos quieren vender, ese supuesto amor por México que grita sobre territorios perdidos y se aferra a mitos que nos dividen no es más que una ilusión que nos distrae, no recuperamos nada cuando nos enredamos en esas fantasías, menos aún cuando son alimentadas por políticos irresponsables que en lugar de unirnos siembran discordia, líderes que con discursos populistas y promesas huecas de recuperar lo que nunca volverá avivan divisiones, nos enfrentan entre nosotros y desvían la mirada de los verdaderos desafíos que enfrenta nuestra nación, su retórica no construye, solo destruye, polariza y nos aleja de un México unido.
Mientras nos perdemos en esos espejismos hemos permitido que los símbolos patrios, nuestra bandera tricolor, nuestro escudo, nuestro himno, sean usados como herramientas de división, como trapos para limpiar las ambiciones de unos pocos, me duele en el alma ver cómo la bandera de México, que debería ser un emblema de unión, de orgullo por nuestra historia y diversidad, es ondeada en actos de vandalismo, en protestas que destruyen en lugar de construir, en manos de quienes la usan para justificar el desorden, esa bandera no está hecha para ser pisoteada en las calles, ni quemada en el caos, ni blandida como excusa para el odio, está hecha para recordarnos quiénes somos, un pueblo que ha superado tormentas, que ha sabido levantarse, que lleva en la sangre la fuerza de sus raíces y la mirada puesta en un futuro digno, profanar esos símbolos es profanar nuestra propia identidad, y eso no lo podemos tolerar.
La profanación no se queda en nuestra tierra, me indigna ver cómo algunos en países extranjeros donde han encontrado oportunidades que México no les dio se atreven a pisotear o quemar la bandera de los Estados Unidos, una nación que con todas sus imperfecciones les abrió las puertas para trabajar, crecer, soñar, destruir propiedad, faltarle al respeto a los símbolos de un país que te dio refugio, es una bofetada a los valores que nos definen como mexicanos, porque ser mexicano lleva una placa grabada en el pecho: la gratitud, somos un pueblo que sabe dar las gracias, que reconoce el valor de una mano extendida, que no paga con desprecio las oportunidades recibidas, quemar una bandera extranjera o vandalizar un lugar que te acogió no es rebeldía, es ingratitud, y eso no tiene cabida en el corazón de un mexicano verdadero.
Aquí en nuestra tierra nos hemos dejado arrastrar por el griterío de los revoltosos, esos que se han acostumbrado a vivir del caos, que confunden la lucha con el destrozo, que creen que la justicia se alcanza rompiendo vidrios o incendiando esperanzas, no buscan superarse, no aspiran a un México mejor, se conforman con perpetuar el desorden, alimentando las llamas de la discordia, y nosotros, los mexicanos que permanecemos de este lado de la frontera, nos hemos enredado en sus redes, amplificadas por políticos que con su irresponsabilidad avivan las divisiones en lugar de sanarlas, nos hemos perdido en posturas políticas que nos enfrentan, en debates estériles que nos dividen, cuando lo que deberíamos tener es claridad: unión para defender a los nuestros, pero también firmeza para condenar el vandalismo, la ingratitud, el mal uso de nuestros símbolos, aquí y allá.
No se trata de romantizar la migración ni de cerrar los ojos ante las heridas que empujan a millones a dejar su hogar, la pobreza, la violencia, la falta de oportunidades, esas son las batallas que debemos librar en México, y los políticos que se llenan la boca con promesas de recuperar tierras deberían enfocarse en recuperar la dignidad de los mexicanos que viven aquí, en construir un país donde nadie tenga que irse para sobrevivir, pero mientras trabajamos por ese México soñado no podemos ignorar la grandeza de quienes han emigrado y han encontrado con su trabajo honesto una forma de salir adelante, ellos no solo sostienen a millones de familias con sus remesas, que son el latido de tantas comunidades, también nos recuerdan que el espíritu mexicano no conoce fronteras, son ellos quienes con su ejemplo silencioso pero poderoso nos enseñan que la verdadera conquista no es recuperar territorios, sino abrirse paso en un mundo que a veces les da la espalda, demostrando que el trabajo digno y la gratitud son las banderas más altas que podemos ondear.
Y nosotros, dónde quedamos en todo esto, nos quedamos atrapados en un patriotismo de fachada, en discursos que exaltan símbolos mientras olvidan a las personas, en promesas vacías de políticos que solo buscan el aplauso fácil, nos perdemos en discusiones sobre quién es más mexicano, en lugar de unirnos para defender los derechos de nuestros migrantes, para exigir un trato justo para ellos, para alzar la voz contra la discriminación que enfrentan, nos quedamos enredados en la polarización, señalando culpables sin mirarnos al espejo, es hora de recuperar el rumbo, dejemos de lado los mitos de tierras recuperadas, los gritos patrioteros, las palabras irresponsables de quienes nos dividen, enfoquémonos en lo que realmente importa: nuestra gente.
Defendamos a los migrantes, no solo con palabras sino con acciones que honren su sacrificio, apoyemos sus derechos, su dignidad, su lugar en el mundo, ya sea en México o en cualquier rincón donde lleven el nombre de nuestra nación en alto, condenemos sin titubeos el vandalismo, el uso indebido de nuestros símbolos patrios, la ingratitud hacia las tierras que les dieron oportunidades, la irresponsabilidad de los políticos que siembran discordia en lugar de soluciones, porque ser mexicano no es solo cantar el himno o enarbolar una bandera, es llevar en el pecho el compromiso de trabajar por un país unido, por un futuro digno, por una nación que no se pierda en el ruido de las consignas vacías, las divisiones estériles o la profanación de sus valores.
Que nuestra bandera tricolor vuelva a ser un símbolo de esperanza, no de discordia, que la gratitud, esa placa que todos los mexicanos llevamos, sea nuestra guía, que nuestro orgullo mexicano se refleje en el apoyo a quienes con su esfuerzo demuestran la grandeza de México, y en el rechazo a quienes nos hunden en el caos, la ingratitud o la polarización, que no se nos olvide quiénes somos ni hacia dónde queremos ir, que no se nos pierda México en el desorden, sino que lo encontremos en el corazón de cada migrante, en la fuerza de cada trabajador, en nuestra capacidad de unirnos como pueblo, sabiendo que nuestra verdadera grandeza no está en el pasado ni en las promesas vacías, sino en el futuro que construimos juntos, con honor, con trabajo, con gratitud y con la certeza de que la unión, no la división, es nuestro verdadero destino.