Política con Fe

Al sumergirme en las palabras del Evangelio según San Juan, siento un torrente de vida que me sacude el alma, un llamado ardiente que resuena en lo más profundo de mi ser, aquí, en la Ciudad de México, donde el pulso de la urbe late con una mezcla de caos, esperanza y desafío, Jesús nos habla con una claridad que atraviesa el ruido de las avenidas y el clamor de las multitudes, nos dice que si lo amamos guardaremos sus mandamientos y para mí, con un corazón conservador que late al ritmo de los valores que han forjado nuestra identidad mexicana, la familia, la vida, la comunidad, estas palabras no son un susurro lejano, sino un rugido que nos convoca a vivir la fe con una pasión que transforme cada rincón de esta metrópoli, especialmente en la política, donde las decisiones que tomamos como sociedad dibujan el futuro de millones, ser conservador en la CDMX no es aferrarse a un pasado nostálgico, es encarnar la Palabra de Dios como una antorcha que ilumina las calles de Tepito, las plazas de Coyoacán, los pasillos del poder en el Zócalo.

En esta capital, donde la modernidad a veces se empeña en desdibujar nuestras raíces cristianas, donde las luces de neón y las promesas de progreso intentan opacar la verdad eterna, el Evangelio nos recuerda que el amor a Dios no es un sentimiento efímero, sino un compromiso que se prueba en la obediencia, en la política conservadora, esto se traduce en una lucha incansable por una ciudad que honre la dignidad de cada persona, desde el niño que aún no ha nacido hasta el anciano que recorre con pasos lentos las banquetas de Insurgentes, Jesús nos promete al Espíritu Santo, nuestro Defensor, para guiarnos y mantenernos firmes en sus enseñanzas y en una metrópoli donde la desigualdad corta como navaja, donde la inseguridad acecha en las esquinas y el juego político a veces sofoca los sueños de los más humildes, este don es nuestro faro, nuestra fuerza para actuar con justicia, como conservadores, debemos irrumpir en los espacios donde se toman las decisiones, en las alcaldías, en el Congreso local, en los debates que definen el rumbo de la ciudad, necesitamos políticas que fortalezcan a la familia como el corazón de la sociedad, que defiendan la vida en cada una de sus etapas, que impulsen una economía que no aplaste a los trabajadores, sino que les dé trabajos dignos, salarios justos, oportunidades para construir una vida mejor, combatir la pobreza en la CDMX no puede ser solo un eslogan, debe ser un compromiso real, con proyectos que levanten a las personas, que les devuelvan la esperanza, no con promesas huecas que se disuelven en el aire.

Cuando Jesús nos dice que si lo amamos guardaremos su palabra y que Él y el Padre harán morada en nosotros, nos regala una promesa que es también una misión, en la Ciudad de México, esto nos llama a tejer comunidades donde la fe sea un motor de cambio, en las parroquias que resuenan con cantos y oraciones, en las escuelas donde se forman las nuevas generaciones, en los barrios donde los vecinos se miran a los ojos y se tienden la mano, debemos ser un refugio para los vulnerables, para las madres solteras de Iztapalapa, para los jóvenes atrapados en las redes de la violencia de todas las alcaldías, para los migrantes que cruzan esta ciudad buscando un futuro, en la política, esto significa actuar con coherencia, apoyar a líderes que vivan estos valores, exigir gobiernos que no se pierdan en la corrupción, promover leyes que refuercen la justicia social, que garanticen seguridad en las colonias, que ofrezcan una educación que forme en la verdad, no en ideologías que confunden y dividen, frente a las corrientes que en la CDMX empujan el relativismo, que pretenden reducir la fe a un asunto privado o borrar los principios que nos han sostenido por siglos, nuestra fe nos da un cimiento de roca para resistir, para alzar la voz por la familia tradicional, por el derecho a la vida, por una ciudad que no confunda la libertad con el caos.

Llevar esta forma de vivir a la política es más que una opción, es una urgencia, porque la política no es solo un juego de poder, es un acto de servicio, un espacio sagrado donde podemos moldear una sociedad más justa, más humana, en la CDMX, esto significa participar con pasión y responsabilidad, ir a las urnas con un voto que refleje nuestra fe, apoyar a candidatos que no se doblen ante las presiones de lo políticamente correcto, e incluso, para los que se sientan llamados, dar el paso hacia adelante y buscar cargos públicos, ser la voz de los valores cristianos en los salones donde se escribe el destino de la ciudad, en esta capital, donde cada decisión reverbera en la vida de millones, los conservadores debemos ser un dique contra la marea de la secularización, un puente que conecte la fe con la actividad, vivir nuestra fe con obras que transformen, desde combatir la corrupción que carcome la confianza hasta tender la mano a los más necesitados, desde las familias que luchan por salir adelante en Xochimilco hasta los comerciantes que sostienen la economía en La Merced.

El Evangelio nos pide ser luz en la oscuridad y en la CDMX eso significa no rendirnos, no callarnos, no ceder ante las voces que quieren apagar la verdad, significa defender con valentía los principios que han dado vida a México por generaciones, que el Espíritu Santo nos inunde con su fuego, nos dé el coraje para irrumpir en la política con la fuerza de nuestra fe, para trabajar por una capital donde la paz no sea un anhelo lejano, sino una realidad que construimos juntos, donde la fraternidad sea el fruto de nuestro amor a Dios, así lo creo, así lo vivo, con la pasión de un conservador que ama esta ciudad, que sueña con verla florecer y que, bajo la mirada amorosa de la Virgen de Guadalupe, se compromete a hacer de la Ciudad de México un lugar donde la fe y los valores no solo sobrevivan, sino que brillen con una fuerza que inspire a todos.

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