La oposición, una traición que escupe en la cara del voto
Hace un año, las urnas rugieron con un mensaje que debió estremecer hasta los cimientos de la política: un bloque inmenso de votantes, hartos hasta el alma, le dieron un portazo al partido en el poder y a su ideología gastada, repetitiva, asfixiante, ese voto de rechazo, ese alarido de frustración y esperanza rota, fue un regalo divino, una oportunidad histórica para que la oposición y los partidos en formación demostraran que podían ser algo más que un eco del pasado, ¡qué maldita desgracia!, doce meses después, ese potencial ha sido pisoteado, escupido y arrojado al basurero sin el menor remordimiento, la oposición es un desastre grotesco, un circo de mediocres que han traicionado vilmente a los ciudadanos y los partidos en formación, con su ridícula fe en el big data y sus campañas de redes sociales, son una farsa patética que insulta la inteligencia de un pueblo que clama por algo mejor.
Como ciudadano, estoy furioso, desencantado, harto hasta el tuétano, no del oficialismo, que sigue su guion predecible, aferrado al poder con uñas y dientes, sino de una oposición que es una burla ambulante, un espectáculo de ineptitud que da vergüenza ajena, ¿Dónde está el liderazgo que inspire, que despierte, que haga que la gente crea de nuevo? ¿Dónde están las propuestas serias, las ideas que respondan al clamor de un país agotado por la polarización y la indiferencia? ¿Dónde está la unidad que ese voto de rechazo exigía a gritos? en su lugar, tenemos un puñado de políticos peleándose por un micrófono roto, hundidos en rencillas tan mezquinas que dan náuseas, atrapados en un juego de egos que no le importa a nadie más que a ellos mismos y los partidos en formación, ¡por favor!, son un chiste cruel, una caricatura de lo que debería ser la renovación política, creen que con sus tableros de big data, sus análisis de tendencias y sus tuits ingeniosos van a cambiar el rumbo de un país, ¡Qué ilusos! creen que un hashtag pegajoso, un reel bien editado o una campaña viral en redes sociales va a llenar el vacío de ideas, cuando lo que la gente clama a gritos es autenticidad, soluciones tangibles y líderes que no se ahoguen en su propia arrogancia ni se pierdan en espejismos digitales.
Ese porcentaje de votantes que dijo “¡basta!” no era un trofeo para alimentar sus egos inflados ni un numerito para engordar sus reportes de redes, era un mandato sagrado, un grito colectivo que exigía un cambio profundo, un proyecto que pusiera a las personas en el centro, que promoviera la justicia, la solidaridad, el bien común, una demanda de un futuro donde la dignidad de cada ciudadano fuera el cimiento, donde la política sirviera para unir y no para dividir, donde las necesidades de la gente pesaran más que los intereses de unos pocos, pero la oposición lo ha traicionado todo con una desvergüenza que indigna, se han dedicado a ladrar sin construir, a señalar los errores del oficialismo sin ofrecer una sola idea que valga la pena, sin esbozar un plan que inspire confianza, han confundido el hartazgo popular con un pase libre para su mediocridad, creyendo que basta con gritar más fuerte, repetir las mismas promesas vacías de siempre o subirse al tren de la indignación sin rumbo fijo y los partidos nuevos, con su fe ciega en algoritmos y métricas, se han perdido en un espejismo tecnológico, ignorando que la política no se gana con clics, likes o filtros de Instagram, sino con agallas, con cercanía, con un proyecto que huela a verdad, que responda al dolor de un pueblo y que trace un camino hacia un horizonte donde nadie quede rezagado.
Ante esta patética realidad, es urgente, imprescindible, que los partidos integren cuadros y líderes nuevos, auténticos, que traigan al escenario una verdadera propuesta de cambio para la política nacional, no más reciclaje de los mismos nombres desgastados, no más oportunistas que saltan de un partido a otro buscando reflectores, necesitamos figuras con visión, con compromiso, con la capacidad de articular un proyecto que no solo critique, sino que construya, que no solo prometa, sino que cumpla, líderes que entiendan que el cambio no se logra con tuits ni con encuestas, sino con un trabajo serio, con propuestas que respondan a las necesidades reales de la gente, que promuevan la justicia social, que fortalezcan la unidad y que devuelvan la confianza en una política que sirva al bien común, sin estos nuevos rostros, sin estas nuevas voces, la oposición seguirá siendo un cascarón vacío, incapaz de representar a los millones que rechazan el statu quo.
No hay forma de suavizarlo: la oposición es un fracaso estrepitoso, una afrenta al pueblo, un insulto a la esperanza de los millones que creyeron en un cambio, han tenido un año entero para ser la voz de los desencantados, para demostrar que podían estar a la altura del momento histórico y lo único que han ofrecido es un espectáculo de ineptitud que da asco, han convertido la esperanza en resignación, el potencial en un chiste cruel, la oportunidad en un eco de su propia incapacidad, mientras ellos se pelean por quién lidera el naufragio, se hunden en sus riñas estúpidas o se pierden en sus tableros de datos, el oficialismo se frota las manos, avanza sin un solo rival digno, riéndose de su torpeza, si la oposición y los partidos en formación no se despiertan ahora mismo, si no tiran al carajo sus egos, sus disputas absurdas y su fe idiota en las redes sociales como salvación divina, si no integran líderes que representen un cambio genuino, no solo van a perder la próxima elección: van a condenar al país a un infierno de estancamiento, a un ciclo interminable de lo mismo que todos repudiamos, los votantes que soñaron con un cambio merecen más que esta farsa de likes, promesas huecas y estrategias de pacotilla, merecen un proyecto que ponga a la persona en el centro, que fomente la unidad, que luche por un futuro donde la justicia y la solidaridad no sean solo palabras vacías, la pregunta no es si hay tiempo para rectificar; la pregunta es si estos supuestos “líderes” tienen las tripas, el cerebro o al menos un ápice de decencia para estar a la altura de lo que el país les exige, porque hasta ahora, han demostrado que no son más que una absoluta, patética, imperdonable nada.