Cuando la muerte irrumpe en las más altas esferas de gobierno como ha sucedido con los colaboradores cercanos a la Jefa de Gobierno de la Ciudad de México, el impacto sacude los cimientos de nuestra confianza colectiva y resuena en cada rincón de esta urbe incansable. No puedo hablar de esta pérdida sin mirar también a quienes caen cada día en manos de la delincuencia, víctimas de una violencia que no distingue entre los salones del poder y las calles polvorientas de nuestras colonias. Hablo desde el dolor compartido, desde la rabia, desde la impotencia de saber que la muerte ya sea en un despacho o en una esquina nos despoja de algo irreemplazable y nos enfrenta a una verdad cruda: nuestras políticas de seguridad han fallado y urge ahora más que nunca reflexionar, replantear, actuar con un compromiso político que priorice la seguridad de todos por encima de cualquier bandera.
La pérdida de un colaborador clave en el gobierno no es solo un duelo institucional, es un recordatorio de que el sistema por imponente que parezca es tan frágil como la vida misma. En una ciudad como la nuestra donde el caos y la esperanza libran una batalla diaria, la muerte de alguien en las altas esferas reverbera como un eco de las innumerables vidas segadas por la criminalidad. Lloramos a quienes toman decisiones desde un escritorio pero no podemos ignorar a los taxistas, las estudiantes, los comerciantes, los padres y madres de familia que en un instante son arrancados de sus vidas por la violencia que acecha nuestras calles. Cada pérdida sea un atentado contra un servidor público o un asalto que termina en homicidio, es una herida abierta en el alma de esta ciudad, un recordatorio de que nadie estamos a salvo.
Hablo desde la empatía por quienes en los pasillos del poder enfrentan el luto de un colega, pero también por las familias que entierran a sus seres queridos sin reflectores, sin titulares, con el peso de una justicia que rara vez llega. La muerte de un funcionario sacude la estructura del gobierno, la muerte de un ciudadano común sacude la confianza de una sociedad entera. Ambas tragedias se entrelazan, se alimentan de las mismas grietas de un sistema que no ha sabido protegernos. ¿Cómo es posible que en una de las ciudades más vibrantes del mundo la muerte violenta sea una sombra que persigue tanto a los que gobiernan como a los que solo buscamos sobrevivir?
Esta doble tragedia nos obliga a detenernos, a mirar de frente lo que evitamos ver, no basta con lamentar las pérdida, encender velas, guardar minutos de silencio, debemos preguntarnos con honestidad ¿por qué seguimos atrapados en este ciclo de violencia?, las políticas de seguridad actuales, con sus operativos discursos promesas no funcionan, los partidos en el poder no tienen la verdad absoluta y las pruebas lo demuestran: carecen de la solución necesaria, pero la oposición tampoco está exenta de responsabilidad, pues en su afán de señalar errores, rara vez propone cambiar esta situación sin caer en el juego fácil de denostar a los que gobiernan, ¿No es tiempo de dejar atrás las disputas estériles y trabajar por una visión compartida, una solución conjunta por el bien de todos?
Urge un replanteamiento: estrategias que no solo reaccionen al crimen sino que lo prevengan, políticas que ataquen las raíces de la desigualdad, la impunidad, la corrupción que alimentan la delincuencia, necesitamos un enfoque que escuche a las víctimas, que fortalezca a las comunidades, que restaure la confianza en las instituciones, porque la seguridad no es solo patrullas en las calles, cámaras en las esquinas, es la certeza de que todos, desde el funcionario hasta el vecino podemos caminar sin miedo y esto no se logrará si los actores políticos siguen enfrascados en sus agendas particulares, es tiempo de un compromiso político genuino con la seguridad de todos, un pacto que trascienda colores partidistas, que reconozca que la violencia nos lastima a todos y que solo juntos podremos enfrentarla.
Hablo desde la exigencia como ciudadano que recorre estas calles, que siente el peso de la incertidumbre y exijo que el duelo por los caídos en el gobierno, no opaque el clamor por los que mueren a manos de criminales, exijo que la maquinaria del gobierno sacudida por sus propias pérdidas no se paralice, sino que se transforme, que la memoria de los que ya no están sean de las altas esferas o de las colonias olvidadas, se convierta en un compromiso inquebrantable para replantear la seguridad de esta hermosa y bella ciudad, no podemos seguir normalizando la muerte como parte de nuestra rutina, no podemos aceptar que la violencia sea el precio de vivir aquí.
Hablo también desde la esperanza, porque esta ciudad con su caos, su grandeza, su resistencia merece más, espero que este dolor compartido nos una, nos despierte, nos empuje a construir una ciudad donde la muerte no tenga la última palabra, una ciudad donde la seguridad no sea un privilegio de unos pocos sino un derecho de todos, la Ciudad de México late en cada uno de nosotros, en los que toman decisiones desde las alturas en los que luchan por sobrevivir en las profundidades. Reflexionemos replanteemos actuemos por los que ya no están por los que seguimos aquí por una capital que a pesar de todo no deje de latir. Que los políticos de una vez por todas se sienten a la mesa dejen de lado sus diferencias y trabajen por una solución compartida porque el tiempo de las excusas se acabó y la ciudad no puede esperar más.